Estimados lector@s y amig@s de latinoamerica.
Con alegría les quiero recordar para que pasen el dato a sus amigos, prim@s, herman@s, coleg@s en el hospital, la Universidad, Colegio, trabajo donde sea... que los días sabado 25 y domingo 26 de mayo del año 2013, estará este libro mio para descargar sin costo alguno a su PC, Smartphone, movíl, tarjeta digital y cualquier teléfono.
Quiero reiterar que los únicos legalmente autorizados ante el Gobierno de los USA y Canadá, para la Edición y Distribución mayorista y unidad a todo HIspanoamerica y el resto de países del Mundo y en las versiones de inglés y francés o un otro idioma y qué ya entran en unos días son: Amazon, CreateSpace Y kindle.
Cualquier otra edición en venta y a través del Internet es una edición pirata que ha violado las leyes de Propiedad intelectual y los ©Copyrights Y no debe ser comprada para evitar problemas ante la Ley de cada respectivo país.
Este libro y con propiedad intelectual a mi nombre desde el año 1996 fue otorgada por CIPO del Gobierno Canadiense se puede bajar sin costo alguno y para su extraordinario placer de lectura, en el enlace que aparece al final.
Un abrazo fuerte a todos aquellos que trabajan en la Dirección Nacional de Derechos de Autor en la Argentina en la sede Buenos Aires y oficina de la calle Moreno. Un abrazo fuerte a todos por su ética y profesionalismo.
El libro pueden bajar desde Amazon y Kindle en le siguiente enlace.
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Aqui le comparto un fragmento del libro.
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Juntos los dos
©Carlos Echeverry Ramírez Colombia-Canada
Carlos Echeverry Ramírez-ISBN: 978-0-9683701-0-1 del año 1996 otorgado poer CIPO
Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO desde el año 1996
Juntos los dos
-Jóvenes, usted señor Cato, les quiero comentar lo siguiente:
Hoy mi cansancio es mayor que en muchos años anteriores y muchísimo más que cuando estuve en la guerra.
Anoche
estando acostado tranquilo, quizás como siempre, después que mi esposa
Charlotte se fue a acompañar a Martina y su fiel perro, a la caminata
habitual, hora en que el can hace sus necesidades y Martina recoge en
bolsa plástica la mierda, yo me quedé leyendo tranquilo, acompañado de
un Cherry semiseco y las melodías del violonchelo de Pablo Casals.
Cansado,
por el duro trabajo del día anterior, dejé el libro sobre la mesa, fui a
mi habitación y al entrar en ella puse el termostato en dieciocho
grados, desnudo me metí debajo de las cobijas; allí en la comodidad de
la cama y después de poner mi postiza dentadura en su medio adecuado y
colocar mis anteojos encima de la pequeña mesa de noche, apagué la luz
de la lámpara de leer y dormí sin problema.
No sé cuantas horas
habían pasado, cuando en el silencio y oscuridad de la noche, escuché
ruidos muy extraños al exterior de la alcoba, exactamente en las
escaleras; eran unas risas escandalosas y palabras desconocidas por mí.
Yo, un hombre que habla el latín, me asusté y sorprendido me senté a
esperar el fin de lo que escuchaba, sin tratar de hacer juicio alguno.
Consciente
estaba de que Charlotte, mi querida esposa no había llegado, ya que
varias veces toqué el lado de la cama donde duerme y no la encontré, lo
cual me causó mucha angustia; así, lentamente, los sonidos terminaron de
subir las escaleras y finalmente entraron en la habitación...
Observé,
cauto y desconfiado, entrar una sombra amorfa, un bulto grande
moviéndose con dificultad; con mis cansados ojos de anciano no podía
tampoco distinguir qué era, sólo escuchaba las risotadas escandalosas,
las palabras enredadas y un fuerte y marcado olor a alcohol.
Nervioso,
dudé de mis actos y pensamientos, creí momentáneamente que era una
mujer de vida alegre y numerosos clientes que se había equivocado de
casa y aposento; como pude, a tientas de ciego y en la negrura de la
noche busqué mis gafas, para poder prender la pequeña lámpara. Después
de hacerlo y para mi gran sorpresa encontré a ¡Charlotte!
Sin
creerlo ni aceptar, la encontré tirada al extremo de la cama, ¡Mon Dieu!
¡mi esposa! ¡¡La bióloga!!, la directora por treinta años del famoso
coro de música sacra en la conocida iglesia luterana de Ginebra, la
mujer maravillosa, ¡Quelle horror! , la madre de mis cuatro hijos estaba
ahí, tirada al extremo de la cama, ¡¡completamente borracha!! hablando
en un idioma incomprensible, riéndose y actuando, como nunca antes en
nuestra apacible vida y después de cuarenta años de casados, a estas
horas de nuestro matrimonio y en el cenit de nuestras vidas.
Traté
de encontrar la causa de este inusual estado en ella, después de tantos
años compartidos, desde aquellos en los que yo iba o ella venía al
pequeño jardín al frente de la facultad a esperar que terminaran
nuestras labores académicas en la universidad. No supe que pensar.
Estimados señores y usted señor Cato, no sé que decirles o como expresar lo que sentí en ese momento.
Recuerdo
que tuve un inmenso vacío, una ahogadora tristeza, solté una irónica
risa, un débil entusiasmo y una rabia pasajera, y también todo aquello
que puede un hombre de mis conocimientos y jerarquía experimentar, en
esos segundos al ver a su querida esposa en esas lamentables, terribles e
inaceptables condiciones.
Horrorizado de ver a mi Charlotte en
esa situación, con voz angustiada, sintiendo una punzada fortísima en mi
débil corazón y dolor en mi brazo izquierdo, le pregunté:
-Charlotte, mon amour, mon Dieu, ¿Qué te han hecho?
Atónito y horrorizado, la observaba.
Ella
poco a poco, organizó sus desvariados pensamientos en medio de risas
desconocidas, con ternura abrasadora y en una voz jamás escuchada en
todos nuestros largos años de nuestra feliz relación, me dijo:
-”Freddy,
mi amor, ¡mi tesoro!, ¿Recuerdas anoche cuando vino Martina con su
perro a que la acompañara a caminar?... Muy bien, las dos nos fuimos
conversando, mientras el can buscaba un lugar verde donde hacer sus
necesidades. Conversábamos de muchas cosas, de ti, de Teodoro;
charlábamos acerca de nuestros hijos, de sus alegrías y frustraciones,
de las duras dificultades que enfrentan aún con todos sus títulos
académicos para encontrar un trabajo estable y bien remunerado;
dialogábamos de nuestras cosas de mujeres y que muchas veces o casi
siempre son muy diferentes a las que los hombres hablan entre ellos;
analizábamos también con impaciencia lo poco que podemos hacer o que se
nos permite por ustedes para mejorar el mundo; tristemente comprendíamos
lo mínimo que es aceptado y con escasa alegría recibido por los hombres
para hacer más solidario el bien común.
Caminando las dos solas,
apartábamos con nuestros bastones las hojas caídas, que anuncian el fin
del verano, acompañadas mentalmente, por aquello que hemos creado, es
decir nuestros hijos. Martina iba muy preocupada y yo, meditabunda,
llevaba en mí algo que no te he dicho en los últimos años: sentía una
creciente ansiedad de ver lo trágico que sucede en el mundo fuera de
nuestros vecinos, en otros países y regiones. Llevaba tristeza y
frustración, de ver lo poco que puedo hacer para cambiar lo que escucho
en todos los lugares que tú, como hombre, no frecuentas, no escuchas, no
entiendes, no quieres aceptar ni escuchar y que quizás jamás
comprenderás.
Martina y yo sorpresivamente, escuchamos a lo
lejos, en el Parque de la Esperanza, unos rumores de tambores como
africanos, unas guitarras, unas trompetas, flautas, lutes de Persia,
bandoneones, maracas de Sur América, acordeones, trompetas, tiples,
guitarrones y unos violines gitanos de Hungría y Rumania. Nosotras, como
bien tú sabes, somos curiosas y dueñas de una intuición, que ustedes no
tienen; ansiosas apresuramos el paso y fuimos a ver qué era esa música
tan bella, esas melodías con una sensualidad envolvente que ahora
escuchábamos en el mismo parque al cual íbamos tú y yo, cuando éramos
jóvenes y nos sentábamos a conversar del futuro, de nuestros sueños e
ilusiones. ¿Recuerdas mi amor, mi tesoro?
¡Freddy, escúchame! ¡Escúchame_!
Al
llegar al parque, Freddy, mi amor, encontramos unas mujeres y hombres
extranjeros de pelo azabache con ropas llenas de colores, con todos sus
niños cantando al son de la música y bailando en una armonía, en un
ágape que jamás yo había presenciado en Europa.
Fuera de
nosotras, estaban muchas parejas conocidas, había varios ex colegas y ex
alumnos tuyos de la Universidad, las parejas y los vecinos nos quedamos
quietos y perplejos presenciando esa reunión, una fiesta llena de amor y
de fraternidad.
Martina y yo, dos mujeres ya viejas y feas, como
dos ancianas esperando sólo la muerte, sorpresivamente nos encontramos,
igual que los otros, en la mitad de ese pequeño carnaval.
Las
mujeres y hombres tenían unos dientes hermosos color nieve, una piel
canela y cabellos oscuros como las noches del invierno, sus músculos
tenían una simetría excelente, pequeños cuerpos en volumen pero de una
definición muscular sin igual.
Algunos tenían una personalidad,
una alegría y dinamismo como el agua en nuestros riachuelos cuando baja
las montañas en la primavera. Martina y yo fascinadas con esas risas
melodiosas mirábamos todo.
Allí, nos ofrecieron vino y con todo
el respeto del mundo nos invitaron a bailar; sí, a compartir con ellos
la alegría. Martina bailaba. Yo también extasiada miraba cómo ellos
bailaban conmigo sin importarles mi lentitud, mi torpeza al llevar el
ritmo, mis arrugas de mujer anciana. Todos nos aplaudían sin parar;
esta gente desconocida por nosotros, únicamente quería que Martina y yo,
como seres, disfrutáramos la vida y la alegría creada por estos músicos
que vinieron al festival.
¡Hubieras visto a Martina bailando!.
Cómo se reía, ¡parecía una loca! Igual a esa gente, a esas mujeres y
hombres locos del parque llamados injustamente así por nosotros los
suizos. Qué ternura nacía en las miradas de sus hijos, en los
melancólicos ojos y en sus risas apacibles.
Freddy, mi amor,
espero comprendas, ahora porqué estoy tan contenta y ¡porqué decidí
tomarme unos vinos de más! Simplemente compartí con esos locos la
fiesta, que en ese parque de Ginebra, comenzamos a llamar la Fiesta de
los Inocentes.
Te preguntarás... ¡escúchame amor! ¡escúchame! ¿te preguntarás cómo llegué a casa?
Te lo diré:
Cuando
me sentí ya cansada de reír y bailar y, de oír tantos aplausos, como
nunca antes en mi vida los había recibido con tanta espontaneidad y
simpatía, le dije a unas mujeres llamadas Pilar Torres, la Mechas Otoya y
María Teresa, que, a propósito, me dijeron que trabajaban como
científicas investigadoras en un centro agrícola del cañaduzal, que
Martina y yo queríamos regresar a casa.
Al instante, seis
parejas de los latinoamericanos ahí presentes, en forma alegre y aún
disfrutando con la música, nos acompañaron despacio a casa.
Las
mujeres charlábamos y nos reíamos, los hombres hablaban con los niños.
Ellas, las mujeres jóvenes, hacían muchas preguntas de nuestros sistemas
políticos, sociales, económicos y de mi relación personal contigo; eran
muchas preguntas sin pena, ni amargura, como si hubiera en ellas una
insaciable sed de conocimiento.
Al rato, caminando en medio de todas
estas conversaciones, no sé porqué y a estas horas de mi vida como
mujer, a mis setenta y cinco años, en forma total empecé a sentir en
todo mi cuerpo unas ganas y deseos inaguantables de estar junto a ti.
Sí,
mi amor, Freddy, mi tesoro, sentía unos deseos irreprimibles de tocarte
y sentirte junto a mí y que no tenía en muchos, muchos años.
Me
sentía una adolescente, con deseos húmedos y ardorosa pasión. Quería que
me tocaras, que me besaras, como en aquellos años ya lejanos e
inalcanzables para los dos, aquellos días en que ¡me jurabas amor
eterno!. Cuando éramos jóvenes y bellos, cuando éramos sólo los dos.
Quería
que nuevamente te olvidaras de todo aquello que existe en el mundo, ser
el Eje del Universo y volver a escuchar cuando tú me decías que yo era
toda tu gloria.
Al llegar a nuestra casa, acompañada de todo este
grupo y subiendo las escaleras como podía, sentí otra vez nervios y
pánico de lo que había pensado y deseado en el camino, no pude contener
mi nerviosas risas al darme cuenta y aceptar que estaba húmeda en mi
cuerpo, a mi edad y ¡¡después de tantos largos años!!
Más ganas
me entraron de acariciar tu ser, de contar nuestras costillas marcadas
por las huellas del tiempo, de sentir mis flacas y fláccidas piernas,
tocar y palpar tu vencido pecho, tus hombros ya cansados, tu inflexible
espalda. Quería y ahora quiero, que toques todo mi cuerpo, mis arrugas
en barro seco por donde pasaron los alegres y esquivos riachuelos, las
profundas grietas de mi piel, como si fueran hoy alegres acordeones
tropicales.
Que muy lento y con todo nuestro tiempo, me beses toda. Sí, quiero que me beses suave, dulcemente.
Que acaricies mis largos y descolgados senos con sus tristes y
marchitos pezones, como si fueran ellos esta noche y ahora dos fértiles
oasis en un árido desierto, donde se alimentó la belleza de nuestros
hijos.
Quería que juntos esta noche, tú y yo, nos llenáramos íntegros de amor en un triste mundo moderno donde éste ya no existe.
Y así los dos en uno...
-Sí mi amor, ¡los dos!, ¡sólo los dos!
-Y, en un interminable beso fuéramos felices una vez más al final de la noche...
en Toronto Diciembre 28 del 1996
Día de los Inocentes....
©1996-2013 Carlos Echeverry Ramírez
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©CAER, Catonet Comunicaciones Grupo y Charrúa Editores
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