sábado, noviembre 11, 2006

Crónicas de barcelona--Carlos Echeverry Ramírez



Crónicas de Barcelona (l)

Fragmento

Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO

Carlos Echeverry Ramírez(Colombia-Canada)
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Y así empezó su relato: Yo soy del Pacífico de Colombia, de un caserío cerca a Guapí. Un pueblo perdido en la selva, lleno de casas de madera, techos de zinc, con mosquitos y paludismo por cantidades y un calor del infierno. Todos somos negros o casi todos. Allí son muy pocos los blancos.

Allá empieza el mundo o también termina.

Señor Gorka, usted es de Colombia y creo que conoce el pueblo y me puede ayudar a describir a los ancianos españoles cómo es la vida en ese lugar y cómo es su medio ambiente. Ah y antes de continuar les quiero pedir excusas otra vez por la forma tan repentina como les entré aquí esta noche en su reunión y sin estar invitado. Sí, por favor... me excusan los presentes si los asusté.

Como les iba contando... en esa selva los ríos son grandes, hondos e inmensos y nunca se terminan. Se pierden en el horizonte al caer la tarde con soles rojos en una selva verde majestuosa y profunda.

Que sólo en las noches oscuras y en medio de sonidos lejanos y extraños logramos entender que es única en el mundo.

También creo que podemos sentir en ese silencio infinito sonidos de cada noche con los cuales nos abraza en el amanecer la presencia del creador de este mundo. De un Dios único al que todavía ningún hombre negro como yo le ha dado estos cinco dedos. -Y el negro mostró sus manos gigantescas y cansadas y muy llenas de callos del duro trabajo.

En ese pueblo perdido en medio de la selva terminé mi bachillerato. Trabajando en el restaurante de mi tía Felicitas para pagar mis estudios. Ayudándola como mesero o como cocinero algunas veces.

En mis tiempos libres me metía en la casa de mi tía Hipólita todo el día para leer sus libros de cuando fue profesora en el bachillerato. El restaurante de mi tía, ¡ay hombe! es muy bueno y queda en el aeropuerto.

Todo el que llega a mi pueblo Guapí conoce el restaurante de mi tía Felicitas. Es el mejor que existe allí. La comida es deliciosa y el restaurante siempre está lleno de gente. Desde los funcionarios del gobierno hasta los miembros de todas las fuerzas armadas.

Todo el mundo va al restaurante de mi tía. Y así en medio de la vida y haciendo mis estudios un día, hace muchos años, con un par de amigos empezamos a notar en los niños vecinos de mi casa y del barrio y de los alrededores, unas enfermedades muy raras. ¡Ay Dios mío! algo que nunca habíamos visto en Guapí y mucho menos en la región. Algunos niños presentaban problemas en la piel. Cosas raras: manchas, erupciones, tumores, cambios de color, hongos y todo aquello que para mí es indescriptible esta noche.

Muchos otros nacían con deformidades y retrasos mentales. En Guapí en los últimos treinta años, y entre mi generación, no existieron esos problemas. Mucho menos los incontables casos de Parkinson y epilepsia entre los niños y los ancianos.

Fueron pasando los años y no solamente yo y mi par de amigos éramos conscientes de esto sino que toda la comunidad empezó a notar y a sentir estas enfermedades raras, nuevas y desconocidas por todos y más aún por el grupo de médicos dirigidos por el doctor Vicente Ramirez, de Puerto Tejada, que en silencio asustados afrontaban y aceptaban incrédulos esta epidemia creciente como algo fuera de lo común y sin causa alguna, y mucho menos científica, entre la comunidad negra del Pacífico de Colombia que va desde la ciudad de Tumaco hasta Panamá.

Algunos meses más tarde y un día después de muchos años de silencio en el pueblo, en una canoa llegó al embarcadero un respetable y cansado anciano con su mujer. Sudorosos y muy nerviosos contaban que habían visto, hacía muy poco, descargar en la playa del Pacífico de Colombia unas cajas metálicas gigantescas. Ese mismo día, al caer la noche, y cuando regresaba otra vez del mar a su rancho el hombre contaba que vio cuando llegaban en otros barcos y luego a la playa unas máquinas mucho más grandes y que despues manipulaban las cajas o contenedores y las trasportaban unos doscientos metros más adentro ya en tierra firme y muy cerca de su rancho semiescondido entre las grandes palmeras y árboles.

El anciano nos contaba en aquel entonces que vio, incrédulo y asustado, que otras máquinas abrían unos huecos gigantescos en la tierra y después echaban las cajas en ellos y mucha tierra encima, hasta no quedar ninguna de ellas a la vista de persona alguna.

Muy temeroso y pensativo -nos decía- me quedé a los días siguientes, cuando fui nervioso y asustado a ver dónde estaban enterradas las cajas. Sin poderlo creer comprobé que en ese terreno estaba como si nunca se hubiera enterrado nada.


Me fui asustado y corriendo al rancho y le conté a mi negra Margarita lo que había visto y ella me dijo como siempre muy tranquila: Nicolás, para qué te pones a ver cosas raras donde no te han invitado y más si son de esos hombres blancos. Me sirvió la comida mirándome reservada y me acosté muy regañado y preocupado.

Este anciano negro, como cosa extraña y triste, al pasar los meses desapareció sin dejar rastro alguno. Nunca se le ha podido encontrar. Y hoy sólo se escucha el llanto desesperado de su anciana mujer y compañera después de cuarenta años de vida en común, de sus hijos y nietos buscándolo por todo el Pacífico de Colombia.

El negro Washington se queda en silencio unos segundos después del relato y con los ojos cerrados nos dice: ustedes bien conocen que un negro joven es muy desconfiado con todo lo que escucha. Y más si viene del hombre blanco.

Porque con todo su respeto les quiero decir que, tan solo mirar la forma en que desaparecen a las personas negras en Colombia y si abrimos bien los ojos y observamos detenidamente cómo vive la raza negra en ese país y en todo el mundo, es más que suficiente la miseria para uno como hombre negro estar arisco con todo el mundo y no creer en la palabra del hombre blanco. Y mucho menos en los monos ojizarcos del norte y sus queridos primos anglosajones quienes nos pusieron las cadenas hace quinientos años.

Pero es que imagínense ustedes aquí presentes señores ancianos en esta reunión, aquí en Barcelona, y con todo su respeto, -el negro para de hablar y nos mira a todos entre risas, levanta su vaso vacío y dice muy tranquilo- a ver denme otro trago por favor con chicha o limonada, por favor señora Cecilia, perdón ¿así se llama usted? Sí, por favor deme mi ron con limonada, sin veneno por favor. -Continúa con el relato- ¡Salud a todos! ¡Salud señora! Usted señor Pacho que me escucha con tanta atención que a mí también junto con mi primo Bernardito, pobre hombre, el más pobre de la familia, ya ni dientes ni dolarcitos tiene el pobrecito y ya viejo y negro pues morirá como gallinazo negro.

A él y a mí un día que nos tomábamos unos tragos en el rancho de Octavito el sacamuelas del pueblo, y bajo la luz de la coleman nos llegó el rumor que una gran loca, loquísima y que vivía en un palacio grandotote en la capital de Colombia, había autorizado a cambio de no sé qué dolarcitos, de esos verdecitos y de esos que le gustan tanto a Bernardito, mi primo, que ese material radioactivo y desechos de lo que se usa en las Centrales de Energía Nuclear de las más grandes ciudades de los Estados Unidos de Norteamérica, fuera entrado a escondidas de todo el mundo en Colombia y enterrado donde la loca esa, la tremenda loca, la loquísima del palacio creía que nadie se daría cuenta y nadie protestaría.

Que ese hecho pasaría desapercibido en medio de la ignorancia de la raza negra y que si protestábamos algunos de los negros, pues sería más fácil matarnos a los negros malucos y desaparecernos sin rastro alguno. A que ese material radioactivo y altamente perjudicial para la salud humana y del pueblo fuera a ser entrado por otro lugar de Colombia y en la costa norte donde fácilmente las personas observarían entrar eso desconocido y avisar de inmediato a las autoridades y comunidades sobre este gravísimo hecho para la salud de todos los colombianos y latinoamericanos.


Después que desapareció don Nicolás, el anciano aquél y el primero que junto con su esposa dieron la noticia en el pueblo de Guapí sobre estos desechos radioactivos y altamente peligrosos para las comunidades del Pacífico de Colombia, todo aquel que medio habla de este suceso en Guapí, las veredas o las cantinas, la iglesia, o restaurantes, la cancha de fútbol, el aeropuerto, las escuelas desbaratadas y con maestros moribundos y sueldos empeñados o donde sea y en las tales junticas de acción comunal o en cualquier otro lugar, son desaparecidos del todo y sin rastro alguno.

Son centenares los desaparecidos y nadie sabe dónde están. Nadie investiga tampoco porque también será desaparecido.

No sabemos quienes están desapareciendo a estos negros porque son muchos los enemigos que tiene esta raza y son también muchas las Multinacionales y Corporaciones y los grupos armados que quieren que abandonemos las tierras, los asentamientos de las negritudes, para invadir nuestras tierras llenas de oro, platino, bauxita, uranio, y el medio ambiente con mayor biodiversidad que existe en la tierra.

Algunas veces entre los habitantes del caserío de Guapí hemos pensado que esa mujer de la bruja Matilde y demás brujas y decenas de brujos que existen en el pueblo y sus alrededores podrían ser quienes desaparecen a las personas.

También escuchamos otros rumores más extraños y que se escuchan selva adentro.

Como aquella del negro Ernesto, el cajero del Banco Agrario, que toda su vida fue un prestamista y agiotista sin alma, que en tres días se murió estornudando cada 12 segundos y de pena moral cuando supo que a su hermano menor el Betico lo había dejado seco un murciélago gigantesco que azota desde hace años la comunidad del Baudó y que arrastrándolo por los aires desde la puerta de su rancho como un huracán se lo llevó a más de un kilómetro de distancia por el aire en la temible noche y luego lo depositó suavemente en un playón del río en la curva de la negra Isabel.

Cuentan al otro día que la negra Isabel se levantó muy tranquila esa mañana para hacer una aguapanela, cocinar unos plátanos y fritar el pescado, como era su costumbre. Se encomendó a Dios por su vida, besó el escapulario y la medallita de San Benito con fervor que le había regalado el cura Óscar; prendió el fogón en la parte trasera de su rancho, atizaba los maderos y avivaba la llama tarareando una melodía y entre bostezos miraba también entretenida el río, al igual que todos los días. Y creyó en un instante que estaba alucinando al ver un brillo extraño en el río. A unos cincuenta metros de distancia dentro de las anchas y apacibles aguas. ¡Muy extraño!... -pensó la negra Isabel-, y caminó fuera del fogón. Más rara se sintió cuando vio que eso que brillaba como un espejo parecía llamarla desde el playón. Caminó nerviosa por el camino con dirección a la orilla del río, sacó de entre sus caídos y arrugados senos el escapulario con la imagen de José Gregorio Hernández, la Virgen de Guadalupe y la medallita de oro con la cara de Simon Bolivar y lo besó otra vez sintiéndose invencible en su fe, deseando que las serpientes se alejaran de su camino y no estuvieran por esos lados porque con la creciente del río y la luna llena de la noche anterior era el momento indicado para que estuvieran por el lugar.

Llegando asustada a la orilla del río y dándose la bendición otra vez para mirar mejor lo que la extrañaba, sólo pudo exclamar asustada: Dios mío... ¿qué es eso? Luego caminó un poco más a un pequeño alto en la orilla del río para poder apreciar con mayor claridad lo que había visto con desconcierto desde su rancho y en el corto camino recorrido.

Se puso como pudo las destruidas gafas con un solo vidrio plástico de su difunto marido y logró distinguir en la distancia a un hombre muy dormido en la paz eterna entre el brillo de las mansas aguas y las blancas piedras del río. Muy quieto allá en las anchas y titilantes arenas del playón.

Asustados y aterrados quedamos nosotros los del grupo de rescate del cadáver cuando fuimos a recogerlo y encontramos al muerto en el playón del río.

El cuerpo estaba en posición muy rara e ilógica, como si se hubiera recostado lentamente y acomodado con toda tranquilidad en un montículo de arena del playón. Este cadáver se nos presentaba como recién bañado y afeitado. Con toda su ropa todavía en él.

Algo sorprendente para todos los que estábamos presentes. Mientras fumábamos y amarrábamos la lancha pudimos observar que el cadáver del hombre negro conservaba aferrada a él una antigua y muy bella cruz de plata en la mano izquierda y en la cual estaban escritas las palabras: Toht.

Terminando mi cigarrillo y mirando eso tan raro en ese cristiano con esa posición en la arena del playón, pude observar como todos los presentes en ese instante del rescate que el rostro del difunto se veía en mucha paz.

La expresión del rostro que mostraba nos indicaba que había muerto sin ninguna pena. Mostraba una sonrisa santificada y plena que lo hacían parecer como un iluminado. Como un escogido entre todos los hombres de esta tierra y todos creímos con certeza después de observar detenidamente su cuerpo y su cara en ese instante que quizás estaba predestinado a reencarnar en pocos días en un ser especial. O en un ángel en nuestra vida por venir. En un Cristo negro.

Todos asustados y después de prender otro cigarrillo no sabíamos qué hacer en ese instante y ante este cuerpo negro.

Era algo nunca visto por nosotros. También discutimos y estuvimos de acuerdo los del grupo de rescate que este iluminado, este escogido, además de parecer en ese momento un Cristo negro parecía que estuviera despidiéndose muy feliz de la ingratitud, la violencia y la avaricia del hombre blanco en todo el mundo y en toda la historia de este universo.

En horas de la tarde, ya muy cansados y con hambre, al llegar en la lancha al muelle de Guapí nos sorprendió ver la inmensa romería de personas. Nunca se había visto tanta gente para ver un muerto en el pueblo. Aunque este muerto era muy diferente. En ese instante nos encontrábamos con algo desconocido.

No entendimos por qué tanta gente lo esperaba en el embarcadero si horas antes nadie en el caserío sabía de su llegada. -A ver un trago doble por favor ¡Salud para todo los presentes! Como les iba contando, a su entierro vinieron muchos que no lo conocieron en vida. Asistieron todos sus familiares y amigos, hasta los perros de los otros caseríos también vinieron y aullaron en forma extraña a la luna llena dos noches seguidas. En el río los peces brincaban fuera del agua como nunca antes. Algo muy raro y nunca visto con un muerto.

Lo más extraño era que todo el mundo quería estar cerca del difunto, conocerlo o alcanzar a tocar su cuerpo. Para así lograr sacar de él y guardar en ellos un poco de paz y tranquilidad que este Cristo negro trasmitía y que sintió toda la gente de Guapí cuando llegamos con su cuerpo.

El entierro fue el más grande que se conozca en la vida de mi caserío y del pueblo. No hubo fiesta como ocurre con los entierros de los niños negros. Por eso cuando un niño negro nace todo el mundo llora. Sabemos que viene a sufrir y a llorar las injusticias del hombre blanco y cuando muere un niño negro todo el mundo canta y es alegría plena porque por fin dejó este triste e injusto mundo del hombre blanco.

En el entierro de este hombre hubo silencio por tres días. Parecía una Semana Santa cuando llegamos con los restos, todavía se escuchan en eco las plegarias y sonido interminable de los tambores elevadas al cielo esa noche.

Al domingo siguiente del interminable entierro todavía lo lloraban los que lo conocieron, mientras los que no lo conocieron se preguntaban a cada instante y a todos quien era ese hombre, la vida volvió a su rutina normal y no sé por qué también ese mismo día y antes que me desaparecieran a mí como a los centenares de negros que han desaparecido después del entierro decidí salvar mi vida y me entraron ganas de conocer esta España.

Juntando mis ahorros y con recolecta entre los amigos y los conocidos del pueblo y con una rifa que hizo mi tía Felicita de la cruz de plata con el cristo que se le encontró en la mano al hombre negro viajé en un destartalado avión a Bogotá y luego me monté en un lujoso jet para Madrid.

Al llegar al aeropuerto Barajas me preguntó un hombre de la policía o aduana -yo no sé qué era, ya que todos se me parecen- si yo era futbolista. Que en qué equipo iba a jugar. Y yo sin respuesta alguna le seguí la corriente y le respondí de una que en el equipo del Cristo negro. Y el hombre del control en el aeropuerto sorprendido me preguntó que cuál era ese equipo y que de dónde era. Y yo le respondí atacado de la risa nerviosa que me dio, -ay Dios mío si quiera me ayudaste- y le respondí: señor, con todo su respeto... aquel equipo que nadie ha visto jugar todavía aquí en Europa. Por eso vengo a formar un equipo como hay en el pueblo mío, allá en la selva y que llevará como estandarte esta cruz de plata. Y se la mostré con alegría en medio de mis risas en mi mano izquierda levantada como si fuera un trofeo de guerra.

El hombre la miró entre asustado y sorprendido con su brillo natural. Sin dejarlo respirar le conté rápido, aún sin salir de su asombro, la historia de la cruz de plata y su cristo en ella. Y cómo el difunto hombre negro la tenía en sus manos cuando lo encontramos en el playón del río. El policía escuchando me observaba atentamente, y en forma muy tranquila me dijo: bienvenido a la Madre patria.

El hombre bajó su cabeza y selló mi pasaporte. Me miró por última vez, medio sorprendido y sin creer todavía y como si fuera un niño triste y muy solitario en este mundo y que recobraba para el resto de su vida la alegría y la paz perdida en esta tierra con aquello que acababa de escuchar y de mirar en ese instante. Y yo por dentro a carcajadas con el cristo de plata que brillaba en la mano como en el playón del río y como si fuera ahora un gigantesco fusil que me había regalado el que se lo ganó en la rifa en el pueblo y que por miedo y pánico al no poder dormir me la regaló apresurado y agradecido de no tener más esa cruz con él.

Después de un largo silencio mientras nos observaba el negro Washington nos dice muy tranquilo y seguro de sí mismo: a mí no me da miedo de los muertos, me da miedo de los vivos. Por eso aquí en España cargo mi cruz conmigo a todo segundo. Y la sacó de su bolsillo y nos mostró la antigua y bella cruz de plata.

Los ancianos no podían creer todo esto en medio del miedo que sentían, sin embargo uno de ellos dijo: Chaval, eso se merece un brindis de todos. A ver Gorka un trago y sin veneno todavía para este hombre, -mientras Gorka sirve el trago los ancianos hablan de ellos asustados con esa historia de la cruz y la historia del hombre negro. Continúo con mi relato, -dice el negro Washington.

En Madrid, en el aeropuerto, me entró el miedo cuando llegué. Allí todo era muy rápido, la gente anda a las carreras, las parejas se dan besos de despedida como si se fueran a morir poco después, todo es rápido y uno acostumbrado a mi pueblo, allá en la selva que todo se hace cuando uno siente ganas y quiere, pues me entró un miedo y una soledad tremenda, ¡ay madrecita santa, para qué me vine a España!, es lo que me digo a cada instante.

Luego salí del aeropuerto muy asustado y perdido, cogí un bus para la terminal de trenes. En ese lugar me puse a esperar a que saliera el tren para Barcelona. En esa gran ciudad de la capital de España sí que me sentí perdido. Y como tenía por destino a Barcelona pues cogí el tren con lo poco que me quedaba para viajar, guardando algo para el hotel aquí cuando llegara. Y aquí me tienen todos. Llegué sólo a sufrir.

Ustedes no saben lo que he llorado aquí en esta ciudad de Barcelona, aquí aprendí a vivir acelerado, así como es la vida en Madrid, encontré lo que no había buscado y nunca quise o soñé. Pero me ha llegado es todo lo que quieren y sueñan los otros hombres del mundo y en especial los blancos. Yo no quería lo que encontré aquí en Barcelona y que ahora en los tres meses que llevo en esta ciudad lo topé tan de repente. Ya les voy a contar qué es... salud todos y espero no les dé miedo con mi historia. -Y todos brindamos por el relato del negro Washington-, ¡ay señor Gorka como estoy de contento de encontrarlo y de estar aquí con ustedes esta noche!


Les quiero decir también que estoy muy arrepentido de haber dejado mi selva ancha y profunda, de haber dejado mi negrita, mi flaquita bella, una mujer sencilla y buena a morir, una hembra bella y fuerte. ¡Ay Dios mío, cómo la extraño! Y cómo me hablaba al oído, escuchar su risa y su voz era mi gloria. Ay mi amor mi dulce amor....

Recuerdo que ayudaba a todos los ancianos, como ustedes, ya que trabajaba como enfermera. Los dos pasábamos las horas felices en silencio mirando juntos el río y siempre lo veíamos diferente.

Las palmeras tenían su danza mágica en las tardes y la brisa de la tarde nos traía murmullos cotidianos que eran como canciones de cuna y las lluvias de la noche germinaban la vida de todo aquello que sembraba yo en el huerto durante el día.

Éramos pobres pero la vida era amable y buena. Mi mujer me quería por lo que yo era. Así no tuviéramos mucho que darnos ni qué comer. Siempre teníamos lo suficiente para los dos y lo poco lo compartíamos.
Ella me ayudaba en todas mis decisiones y cuando me enojaba me cantaba canciones y se me pasaba la rabia y así me hacia reír y me olvidaba de todo.

Aquí en España todo el mundo me mira como un animal raro. Aquí me di cuenta de lo que vale en estas tierras un hombre negro y, además, con la marca de ser colombiano. Como para rematar la cosa. En Barcelona la he pasado de pensión en pensión como las putas feas y pobres, me ha tocado vivir con penurias en la llamada Madre patria.

Me echaron de la última pensión, según ellos porque gastaba mucha agua. Como me bañaba dos veces al día me preguntaban si estaba enfermo. Cuando allá en mi pueblo, al lado de mi negra, nos bañábamos en el río a toda hora, y en la casa cuando queríamos; teníamos mi negra y yo el agua de los grandes ríos y por eso de todas las pensiones me han echado y puse el récord de 7 pensiones en 21 días. A ver, a ver, a ver, cómo es señor Gorka, señora Chechi y señor Pacho... dónde está mi trago y ¡sírvame uno por el alma de los muertos de este mundo! Salud todos. -Y el negro levantó la copa y todos brindamos por el porvenir.

Desde el fondo del corredor pudimos escuchar la Marí Carmen que regresaba con las velas y venía cantando una canción aquella de Lili Marlen y de los años cuando estuvo en Alemania y le tocó soportar la guerra, venía cantando por el corredor y todos nos pusimos a escuchar la melodía, y al entrar a la habitación dice: ¡Ay hijueputa, qué susto! ¿Quién es este puto negro y qué hace aquí? ¿Oiga cojones de dónde salió este esperpento? ¡Qué susto! Y todos reímos de ver la expresión de la Marí Carmen al encontrar al negro Washington sentado entre nosotros. -Señora perdone el susto que le hice pasar, mi nombre es Washington. El negro levantándose con respeto le dio la mano a la María Carmen.


Mi nombre es Marí Carmen, respondió ella. Soy de Sevilla y si no traigo las putas velas nos quedamos sin luz. Majo ¡qué susto el que me has dado!, por poco me orino en los calzones. Y los ancianos reían con la Marí Carmen.

Yo, sorprendido con lo vivido esta noche caminaba a la ventana y recordaba algunas cosas que más tarde les contaré.

Bueno, pido la palabra, -dice el negro. Les sigo el relato: así de pensión en pensión me quedé sin dinero y sin saber cómo iba a poder sobrevivir ya que en todas partes me miraban como animal raro. O como le dicen a ciertas cosas feas en Colombia y a la negra Piedad : parece un orangután con cola.

Una noche desesperado y después que ya llevaba durmiendo en un parque 10 días y en una hamaca que me traje de Guapí me despertó un anciano.

Me asusté mucho porque era un rubio de ojos azules y muy blanco. Cuando lo escuché hablar me sorprendió que fuera tan amable, me invitó a tomar un café, me preguntó si había comido y le dije que no.

Me invitó a comer y así entre charla me preguntó si quería una copa de vino. ¡Ay mi diosito santo!, y yo que llevaba varias semanas sin probar una gota de alcohol me pareció como una bendición. Pues les cuento que me tomé dos cartones de eso que llaman tinto y rioja y tranquilamente me fui a dormir otra vez. Quedé de verme con el anciano al otro día. Llegué al parque donde dormía y del morral que siempre cargo como los valientes muchachos, volví a sacar mi hamaca y esa noche la colgué de nuevo entre las mismas palmeras que ya conocía y que eran mis dos únicas amigas y que me recordaban a mi tierra y que cada mañana abrazaba porque pensaba que eran mi negra y mi selva bella, verde y profunda del Chocó.

Esa noche dormí delicioso. Había quedado con el anciano en que al día siguiente desayunaríamos juntos. A las 6 a. m. me desperté antes que llegara la policía y me fui a las duchas públicas de la playa y me bañé. Fui al café en la Plaza Real donde el anciano me citó y allí lo encontré. Estaba como la noche anterior, amable y muy tranquilo. Me hizo recordar al muerto que había encontrado en el río hace unos meses. Al Cristo negro.

Continua ….
©Carlos Echeverry Ramirez -2006
Colombia
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