sábado, noviembre 15, 2008

Carlos Echeverry Ramirez (Colombia) El último viaje- Novela-relato




Carlos Echeverry Ramirez

Fragmento de: libro El último viaje ISBN 0-9683701-0-1-x

Reservados todos los derechos de Autor ante CIPO y Wipo.
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- ¿En dónde se subió al tren?
- En la parada anterior- respondí en el mismo idioma, esto para que el controlador no fuera a pensar o sospechara que yo había atravesado toda Suiza desde el Sur, el Gottardo, y me faltaban sólo veintisiete kilómetros para Ginebra.
-¿De dónde viene usted?, ¿Cuál es su origen?-me preguntó el controlador.

-De la tierra del café, el cual toma usted todos los días, la misma de Juan Valdez- respondí nervioso.
El hombre, en medio de su ignorancia, perdiendo la paciencia y un tanto descontrolado, volvió a preguntar:
- ¿Dónde quedan esas tierras?
- En el trópico, en las montañas de los Andes- le respondí.
El hombre sorprendido de esta situación y diálogo inesperado en su rutina, volvió a la carga observándome con mirada fría y calculada, para preguntar alzando la voz:
-¿Por qué no tiene usted tiquete de tren?
- Es mi primera, y también creo que última vez que vengo a Suiza. Por desgracia, extravié mi pequeña billetera con el dinero, y ya no tenía a quién recurrir. Espero que usted comprenda y me permita, por favor, llegar a la frontera francesa, donde tengo unos conocidos que me auxiliarán, para llegar a París; donde unos amigos me esperan y con quienes estaré, mientras regreso a Montreal.

Los niños asustados presenciaban este drama y escuchaban este diálogo sin comprender el porqué del tono tan alto en la voz del hombre uniformado.

El controlador me miró y agresivamente exigió mi pasaporte; cuando lo revisó con cuidado, me miró con rechazo. Me miró con odio, como si yo fuera un personaje más de países exóticos y lejanos, como si fuera un exiliado político, un apátrida, un paria o uno igual a aquellos que cruzan Europa de este a oeste como los gitanos, vilmente maltratados en todas partes.

También miró complaciente como si yo fuera uno más de aquellos que van allí, a ese país, por sólo dos únicas y simples razones: a meter el oro y dinero en los bancos o sacarlo. Y que mientras lo lleven no se les pregunta el origen lícito o ilícito de éste; así sea el dinero robado sangrientamente a gente encerrada en campos de concentración o el dinero maldito, producto de la corrupción y del robo a los pueblos y trabajadores del mundo por personajes que bien conocemos.

El hombre uniformado revisó el pasaporte verde cuidadosamente hoja por hoja, para finalmente cerrarlo y guardarlo, junto con el boleto de avión, en el bolsillo inferior izquierdo de su chaqueta, frente a su estómago. Sí, ahí, guardó el pasaporte, la identificación, mi vida, mi origen, mi pueblo y mi país.

Dio la espalda, corrió la puerta duramente y salió de prisa.

Me quedé solo y asustado en medio de los niños, todos ellos entre los siete y diez años, sin creer lo que estaba pasando. Respiré profundo y me entró una angustia y un pánico enormes.

Mirando al exterior y luego al interior del tren, tratando de organizar el pensamiento en mi nueva situación, vi cómo uno de los niños, el más pequeño que iba frente a mí, se levantó de repente y se metió las manos a los bolsillos del pantalón, buscando en ellos algo que, al final, serían las pocas monedas que tenía. Con sus pequeñas manos, y mirada compasiva, me dio el poco dinero que encontró.
Al instante, todos los niños del estrecho compartimiento repitieron ese gesto solidario. Recibí incrédulo su poco dinero. Lo conté y nos reímos pensando que era suficiente para pagar el tiquete.

Más tranquilo, inicié el diálogo con ellos. Les pregunté sus nombres y les dije el mío, les conté que venía de unas fértiles tierras de banderitas tricolores; maravillados estaban ellos al escuchar que allá siempre era verano, que la brisa era fresca y las noches cálidas.

Luego les narré una corta historia de amor entre una pareja de chigüiros, aquellos animalitos que viven en los pantanos y llanuras del trópico. De cómo estos animales pequeños vivían felices en pareja y comunidad, sin violencia, compartiendo el alimento con los más débiles o los enfermos. Estábamos todos fascinados con el relato, en medio de las risas y mis explicaciones a las preguntas que me hacían sobre el medio ambiente en que vive este animal y sobre sus características, cuando sorpresivamente, reapareció el controlador de tiquetes, corriendo con firmeza la puerta del compartimiento.

Me levanté tranquilo y seguro, luego, saqué de mi bolsillo el poco dinero donado por los niños; le hablé con mucha calma, diciéndole que le quería pagar el tiquete, mostrándole el dinero en mis manos. El hombre me miró y tranquilamente rechazó el dinero.

Levantando la voz me instruyó enérgicamente con fuerza en sus palabras:
-En la próxima parada coja sus cosas y ¡baje del tren!

Salió y cerró la puerta del compartimiento, llevando todavía mi pasaporte y boleto de avión en el lado izquierdo de su uniforme.

Sin creer, frustrado por lo anterior, devolví el dinero a los niños, pensando que su bello acto de solidaridad había sido inútil.

Me senté angustiado a observar el tren llegando a los barrios exteriores de Ginebra y a sentir cómo el tren disminuía la velocidad paulatinamente, así llegamos a la estación central y al final de mi truncado viaje.

Como si fuera ayer, recuerdo que me impactó ver tanta gente. Y recordé que en esos días se realizaba un famoso festival de jazz, y otro muy conocido de teatro.

En el reloj de la estación eran las 6:15 de la tarde, había buena luz y era la hora pico. Tenía mucho miedo. Pero, después de haber sobrevivido en Colombia, no pensaba que me podía pasar mayor cosa en este culto país.

Mirando todo esto nuevo, esperaba que el tren parara, con su última rueda, el sentimiento de angustia que tenía al estar sin dinero, sin pasaporte y sin saber qué me traería el futuro al llegar a la estación. Los niños se despidieron con mi inmenso miedo, luego calladamente salieron del espacio compartido.

Quedé solo otra vez. Al salir ellos, observé la triste mirada y llanto del niño que, de primero, me dio el dinero en el compartimiento.
-No olvides el cuento de los chigüiros- alcancé a decirle.

Me levanté y rápidamente fui al pequeño e incómodo cuarto donde se improvisa un sanitario en los trenes modernos y oriné, sintiendo que mi vida se iba en el agua que caía al sanitario; pensé que era la última vez que lo hacía. Sudaba mucho y respiraba profundo, y especulaba sobre lo que me esperaba al momento de bajar del tren.

Regresé al compartimiento, guardé el libro en el morral y me senté a esperar qué sería de mi existencia. Estando en esa desesperada situación vi correr en la plataforma de la estación unos hombres gigantescos con uniforme de combate y sus fusiles más grandes que ellos.

Vi cómo, velozmente, formaban un círculo frente a la puerta de salida delantera del vagón donde yo estaba.

Observé que en forma precisa tomaban posición de ataque. Ellos accionando y yo escuchando el mecanismo de sus fusiles, prestos a disparar.

Con curiosidad y sorpresa miré que mucha gente, quizás centenares de personas, observaban todo este movimiento y pensaban que esa acción era parte del drama presentado democráticamente en la estación del tren por uno de los conocidos y participantes grupos de teatro venidos al famoso festival que se iba a desarrollar.
Yo medité unos segundos en los malditos fusiles, aquellas cosas que únicamente ellos traen.

Sentí pánico y recordé las muchas ocasiones cuando en las noches y con mi esposa, en nuestros viajes de vacaciones a Santa Marta y el parque Tayrona, me encontré con paramilitares, asesinos contentos, guerrilleros, ejércitos, ladrones armados y hombres de la policía; más los miles y miles de muertos que llenan de cruces las veredas y caminos de Colombia, Argentina y Latinoamérica.

Sentí de nuevo miedo y ansiedad.

Pero más y más, en ese momento al ver en la mirada de esos hombres algo ya conocido a través de mi existencia y compartido únicamente entre ellos; es decir, el odio.

Nuevamente miré a esos cuarenta hombres y el jefe en el centro, para sentir ahora un terror máximo e indescriptible. Que no había sentido en mi vida en todas mis experiencias pasadas en el trópico, cuando estuve entre hombres con fusiles.
Jamás, jamás.

Ahora la puerta del compartimiento se abre con violencia y entran dos gigantes, sí, dos hombres muy grandes en estatura y peso, comparados con mis escasos 168 cm y 60 kilos de cuerpo. Con sus fusiles apuntando al hombre del pasaporte verde, en ese momento sin él, sin dinero y sin el tiquete de tren.

En pánico, sintiendo los latidos de mi corazón a punto de estallar, escucho cuando me hablan en voz alta en alemán y les respondo, mirándolos a los ojos, en ese idioma:
- Hello. Guten Tag.


Encañonado y empujándome duro con sus fusiles en el pecho me ordenan bajar del tren.
Cogí mi viejo morral en el que sólo tenía mi chaqueta, tres pantalones, cinco calzoncillos, cuatro pares de calcetines, tres camisas, dos camisetas, un cepillo de dientes, un cepillo de peinar cabello, un rastrillo, la crema dental, un libro de mapas de países tropicales, la foto de mi esposa y el libro con los escritos políticos de Simón Bolívar.

En el bolsillo de la camisa, llevo un cassette de Villalobos, con las vaquianas brasileras No. 5; en el bolsillo del pantalón una navajita suiza, una brújula y un cortaúñas.

Me levanté maldiciendo mi destino en las últimas horas y salí entre los dos hombres. Al caminar por el estrecho corredor del tren pude mirar el brillo de las botas militares y la tierra acumulada en sus suelas.

Observé su cuerpo gigantesco en relación con el mío y no creía... no podía creer en un despliegue de fuerza de esta magnitud para capturar a un hombre que, como arma, llevaba una navajita suiza y un cortaúñas.

Sólo me acompañaban en esos momentos mis muchas ilusiones, pocos proyectos y mis mínimas utopías. No puedo creer -un Dios mío-, esta situación ni aquella de estos hombres con fusiles encañonándome al bajar del tren.

Fusiles malditos, malditos con los que se matan nuestros hombres indiscriminadamente en Colombia y el mundo, sin preguntas, sin razones, sin lógica y como respuesta el silencio final de miles y miles de tumbas lloradas sólo por las ilusiones truncadas de niños inocentes y mujeres indefensas.

Yo, un hombre que ha viajado por muchas regiones no podía aceptar a estos hombres que con inmensos fusiles impedían mi escape, y todo por un tiquete de tren, en una estación suiza y en el centro de Europa.

Cuando el primer hombre bajó las escalerillas del tren pude ver en la distancia a los niños del compartimiento entre la multitud que atenta observaba, y recordé una vez más la historia de los chigüiros, esa corta historia de amor que les conté.

Recordé su alegría y sus risas al oír la narración. Volví a sentir las lágrimas del niño al despedirse y dejarme, todos ellos, solo en el compartimiento.

Siguiendo al militar empecé a descender lentamente los escalones metálicos del tren. nuevamente el pánico se apoderó de mí, al ver cuarenta fusiles prestos a disparar, apuntando a un pequeño hombre indefenso, que para ellos era un gran criminal por violar una ley sagrada de su constitución.


¡usar, sin pagar, un bien o servicio público de la nación!


Amiga Catalina, tú me preguntas en la carta ¿si conozco tu país?


Sí, mi escogida amiga Catalina, lo conozco tan bien que no tendría tiempo en esta vida, ni en todas mis vidas aún por vivir, para describir todo aquello que pasó por mi mente y cuerpo en esos escasos y eternos segundos en que lentamente descendía por la escalerilla.

El pánico heló mi sangre y un torbellino de sensaciones, sufrimientos, angustias, maltrato y asesinatos de quinientos años de la historia reciente se aposentó en mi mente.

Pero los miles y miles de años de gloriosa cultura, vida en armonía y verdadera espiritualidad, de mis ancestros indígenas, aún en mi sangre y en mis genes, normalizaron los latidos de mi corazón.

La compostura volvió a mí.

Bajé el último escalón y al estar en la plataforma paré, respiré profundo y miré al frente; miré a los lados y caminé tranquilo, sin más alternativa y con toda la parsimonia del caso. Caminaba muy seguro, con energía, pero bien tranquilo cual gran Cacique pasando revista a sus Indios guerreros en pie de lucha, listos para enfrentar la invasión.

Muy despacio daba mis pasos hacia el centro del círculo armado.

Todo esto pasaba ante la expectativa de los centenares de personas reunidas que, atentas, observaban detrás de los militares, esperándome en posición de ataque.


Recuerdo muy bien que caminaba recto, sacaba el pecho y ponía “la frente en alto” como decía mi padre que siempre debía caminar; con una seguridad en mí mismo que causaba risa pensar ¿de dónde me salía? Esto me llenó de coraje y alegría mientras iba hacia al centro del círculo, formado por ellos y sus fusiles, donde podría pasar lo único esperado en todos los siglos pasados a cada indígena, a cada hombre que alguna vez tuvo fusiles a su alrededor y estuvo como yo, ahora en la ciudad de Ginebra.


Al ir caminando veía la admiración y los crecientes rumores con que el público, en su curioso interés, seguía todo este movimiento.

Al llegar al centro del círculo giré lentamente sobre mí, mientras lo hacía, miré a los hombres con fusiles listos a disparar, los miré a los ojos, uno por uno, y al terminar, ya de frente al hombre que me esperaba en el centro del círculo, junté los zapatos haciendo con mis tacones el conocido sonido de tacón de los militares.

Cruzamos nuestras miradas, la mía impresa de angustia pidiendo clemencia, la suya fría y llena de odio programado.

En un segundo, sin esperarlo, y ante la sorpresa de todo el mundo presente que observaba atónito y fascinado el desarrollo de esta acción, vertiginosamente me arrodillé levantando las manos hacia el cielo, tratando de colgarme y encontrar un hombre más poderoso que los que tenía al derredor, para juntos hacerles frente y combatirlos.

Estando arrodillado y en forma muy tranquila y serena, mirando a los centenares de personas que presenciaban todo esto en la estació del tren, y detrás de los hombres con fusiles, del fondo de mi ser salieron estas palabras en alta voz:
-No disparen, ¡Se los ordeno!


Llovieron los aplausos de los espectadores presentes en la estación del tren, cuando, con mi visión periférica y tratando de irme entre las risas y los aplausos de la gente, vi en el aire un inmenso fusil caer pesadamente sobre mi espalda.

Continua.....

Carlos Echeverry Ramirez(Colombia)

"Dia de los inocentes"

Diciembre 28 del 2006

Toronto
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