Bajas Pasiones--- Fragmento(9)--Cuento del libro: Compartiendo Alboradas
Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO y WIPO
Carlos Echeverry Ramírez-(Colombia-Canada)
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Bajas Pasiones. Fragmento (9)
El orificio de la cerradura volvió una vez más a permitir tranquilamente a la Tata observar con anonimato lo único que le era aceptado en la vida real, ser dueña del mundo exterior por unos segundos o minutos y sólo a través de una cerradura.
La Tata al oír ruidos nuevamente en el pasillo se puso muy atenta y con oído de perra en guardia escuchó cuando el chino Yin le decía a la negra Irina, en el largo pasillo que comunica a las muchísimas habitaciones:
-¡Hoy le cortaré la cabeza al Caliche!
Tata miró aterrada al chino Yin cuando le mostraba a la negra el inmenso cuchillo mataganado y de doble filo que había comprado para ese fin.
Son las siete de la noche y el Tito está en las conocidas Ramblas de Barcelona. Tratando heroicamente de vender su novelita, algunos relatos y otros sencillos poemas.
La Tata observando la hora contuvo la respiración y escuchó en reprimido silencio y lista para explotar cuando la negra Irina contestó:
-Ese hombre del Caliche hace días anda detrás de las nalgas de tu mujer, no dejes que jueguen con tu honor.
Ella sintió en su cuerpo el frío asesino del arma acerada y vio cuando el chino Yin lentamente guardaba el cuchillo mataganado en el bolsillo de su gabán, después de ese instante quiso cerrar para siempre sus ya cansados ojos y en un silencio final se sintió morir.
Y… en sorpresa, unos segundos después, llena de descomunal ira, fuerza y energía, los abrió al máximo que pudo y como un felino hambriento y en ataque se lanzó a la improvisada cuna donde se encontraba la única razón para existir en este mundo: Su pequeño hijo. Criatura que apenas comenzaba a caminar.
Lo abrazó a su cuerpo protegiéndolo con todas sus fuerzas y lloró, lloró, y lloró.
Lloró sola y desconsolada eternos instantes, igual que las incontables y dignas mujeres del mundo en muchísimas ocasiones y siempre en silencio e impotentes a la violencia maldita del hombre moderno, y del hombre a través de su historia.
Angustiada y con un desespero inmensurable, y sin saber cómo parar ese nuevo llanto desconocido, sintió más miedo y temor por su amado y ausente Tito.
Loco genial -como le decían en la tierra del Doroteo Arango-. Y respirando profundo se dijo:
-¡Ese ya sobrevivió las mil batallas de amor y ciento tres desbaratadas camas flojas en París!
-Y si logró sobrevivir, años más tarde, en la selva asesina de cemento en New York, no creo que aquí en Barcelona, le pueda pasar algo.
Extrañamente en esos desesperados y angustiosos instantes sintió una punzada en su corazón al recordar la forma cuando su tía Eva, en Guadalajara, se había desnucado golpeándose el cráneo al caer en la tina. Después de haber pisado el húmedo jabón.
Con más fuerza que nunca siguió llorando y abrazando desconsolada a su hijo y en la misma y permanente angustia existencial de todos los pasados días en su vida.
Para aceptar al final de esos largos segundos y de una vez para siempre… Y por el resto de sus larguísimos años que le faltan por vivir que:
Nada es seguro en este mundo. Todo es incierto. Nada es eterno. Que somos frágiles “como la llama al viento”.
Igual que su querida y extrañada abuelita, sin saber por qué; y por la desbordante emoción que sintió con su hijo cuando escuchó, por fin, los esperados y conocidos silbidos del Tito cuando llegaba. Emoción y alegría que la satisfacía y llenaba plenamente, que la hacía feliz en lo más profundo de su ser.
El Tito llegaba silbando, muy contento, para compartir una noche más y como siempre …lleno de entusiasmo, energía y de pura vida.
A dormir y continuar con ella… y como todas las santas noches, aquellas bellas melodías del llamado Amor Miserable.
En el mismo destartalado, viejo, ruidoso, frío, oxidado, ordinario, metálico, horrible. Y… por último:
¡Infeliz y vergonzoso catre!
Carlos Echeverry Ramírez
Barcelona, España.
Diciembre 28 de 1998.
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