Queridos amigos y lectores les subo con máxima alegría lo que continua de El último viaje...Un abrazo solidario. Para: la flor del Paraná.
Carlos Echeverry Ramírez-(Colombia)
El ultimo Viaje
ISBN 0 9683701-0-1
Reservados Todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO
Fragmento (16)
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Reposadamente, como si fuera un Arquímedes y Demóstenes tropical les hablé:
-Señores de la Justicia, señores representantes de todas las instituciones y gobiernos del mundo, mujeres, hombres y niños aquí presentes...
Observé cuidadosamente a los hombres de los aparatos, los de los medios de comunicación, los que casi siempre controlan el Poder, los omnipresentes y pervertidos gringos, para recordarles que no podían perder esta exclusiva del drama de mi vida, en vivo y en directo para todos los lugares del mundo con sus cámaras de video y aparatos de radio y ¡quién sabe qué otros más!
Continué la arenga diciendo unas palabras de mi padre:
-Mi única riqueza terrenal desde la infancia ha sido el amor a la libertad y todo aquello que encierran esas palabras en el desarrollo del hombre. Los únicos objetivos en mi vida han sido y serán el desarrollo integral del hombre, en armonía con la naturaleza.
Me extrañé al escuchar un fuerte y largo aplauso y continué hablando:
-Soy testigo, como todos los aquí presentes y ausentes, de que este siglo por terminar, este milenio que llega a su fin, ha sido el siglo más cruel, atroz y sangriento de toda la historia de la humanidad, y del hombre desde su aparición en la Tierra. Lo hemos visto y sentido todos.
Sí, todos los aquí presentes y ausentes, hemos visto cómo el hombre encadenó al mismo hombre, hemos visto con terror impotente Hiroshimma y Nagasaki, las dos guerras, los cientos de batallas de siglos pasados; hemos visto cómo nos masacramos los unos a los otros: ¡Sólo por el oro!, Sí, ¡el oro!
Hubo rumores e imparables aplausos en la sala.
-Yo me pregunto -continué- y les quiero preguntar a ustedes, los trece hombres que representan la justicia del mundo, y a todos los aquí presentes y a los ausentes...
Aquí interrumpí, y con parsimonia miré a lo lejos, hacia las tribunas donde estaba la gente, saqué el pedazo de panela del pantalón y lo di a mi mula Policarpa delante de todo el mundo. ¡Y los gringos filmando y grabando! Según ellos, este, un acto único de belleza y ternura…
Mientras tanto, la mula y la perra me miraban fascinadas, la perra movía la cola en forma desesperada, igual que la arisca mula que se espantaba la invasión de moscas, también presentes en la sala.
Cuando la golosa mula terminó de engullir la panela, continué el discurso.
Recordando mis años de infancia, en medio de un cañaduzal, en nuestra escuela y dicen también, que en todas las escuelas del mundo, en aquellas de pueblos con calles polvorientas y sin acueducto, donde sólo el hecho de encontrar agua es una titánica labor de tres hora en un burro o en una mula como ésta, -mi mula mira de reojo ¡me pica el ojo!-, en las que se enseña desde la edad de la leche materna, que en Europa, en países como éstos y en un lugar llamado Suiza hubo un hombre, cuyo nombre ya está olvidado por todos y aquí por nosotros...
Diciendo esto miré otra vez alrededor, a lo lejos, a los amaneceres de mis tierras y las pampas, el sol lejano, acaricié mi mula con cariño, escuché los pájaros y las cascadas de agua, el sonido entre los ríos y la algarabía del recreo en la escuela; volví y observé a los trece hombres de la justicia y a las tribunas a reventar; caminé alzando la voz, mirando la tenue luz de las ventanas y dije:
-Jean Jacob Rousseau. ¿Lo recuerdan ustedes acaso?
¿Lo olvidaron ya?
Me quedo en silencio y vuelvo a mirar alrededor en aquella sala grandísima, acostumbrado al espacio pequeño de la celda. Miro la sala de madera vieja, con sus muebles todos llenos de gorgojo, con las ventanas todavía buscando a Dios desesperadamente. Analizo de nuevo a los trece ancianos, el intérprete, el abogado defensor y los policías detrás; lo mismo que a aquellos que continuaban entrando al lugar a presenciar este hecho histórico en mi vida de trashumante, día que cambió mi vida y el resto de lo que me falta por vivir.
Después de hablar, sobre la sala cayó un silencio helado. Se sentía el frío y en el exterior de la sala caía la lluvia.
Los presentes, en la mitad de este silencio nos mirábamos los unos a los otros enmudecidos.
Sólo se escuchaba el silencio sepulcral que sentíamos. El silencio de la muerte.
Ese silencio que hemos sentido millones de veces, el que se siente siempre en las trincheras de la guerra después de escuchar los fusiles y el que sentimos en las tumbas después de los asesinos y criminales bombardeos.
De pronto, en el silencio de la sala se hizo presente para sorpresa de todos. Como por arte de magia, apareció el amigo: J. J. Rousseau.
Recuerdo que se paró muy tranquilo al lado de mi mula, la acarició contento, le miró las muelas con curiosidad, examinó los cascos, tanteó el cuerpo y la altura; con gran placer y admiración miraba la excelente calidad de las carguitas de café y el racimito de bananas; la mula arisca lo miraba de reojo y le pelaba las amarillentas muelas.
Yo apenado sonreía.
Segundos después, Rousseau empezó a mirarnos a todos los presentes.
Muy serio y preocupado miraba a los trece hombres de la justicia, a los acusadores, a los duros y a los representantes de los gobiernos y las instituciones, a los pueblos mediocres, con incredulidad e impaciencia.
Rousseau miraba tristemente en nuestros ojos todo aquello que habíamos hecho después de su muerte; al dar vueltas por la sala sentía la misma soledad y angustia de todos los reunidos en ella.
Miraba a la Justicia detenidamente y, con especial interés, detuvo su vista en los trece hombres del estrado.
Sus ojos reflejaban la tristeza infinita que le causaba el tener que aceptar el deplorable estado de la Justicia moderna... Sí, la farsa de la llamada Justicia moderna, los hombres que la ejercían y los que la padecíamos. Miraba las ilógicas relaciones económicas, políticas y sociales entre los pueblos.
Por último, Rousseau retiró su mirada, en este silencio helado de las trincheras y silencio último de nuestra muerte por venir, y se alejó ensimismado de la sala.
Yo, en ese momento, recordé las tumbas de Tasajera en el Caribe de Colombia, caminé un poco a la izquierda, y dirigí mi mirada a las tribunas y a los trece hombres de la Justicia.
Escondiendo una sonrisa, ¡por joderlos! y haciendo una sombra inmensa con mis palabras dije:
-Señores,
¿Es un
crimen
ser
pobre?
Al decir esto pude ver cómo en la fría y silenciosa sala los trece hombres de la justicia, uno por uno y con precipitación, se fueron formando en fila india y con el movimiento rítmico de sus famosos relojes suizos salieron rápidamente hacia el salón de las deliberaciones, sin atreverse a mirar atrás, llevando todos disimuladamente escondida en la toga una deliciosa chocolatina para tomar con el próximo Café de La Colombie.
Muy felices los gringos pervertidos de los aparatos raros y cámaras complicadas no se perdían ni un segundo la expresión angustiada de los rostros y las miradas de estos huidizos ancianos de togas negras.
Al salir el último y cerrarse la puerta del recinto donde ellos juzgarían y darían una sentencia de mínimo doce meses de cárcel, me cubrí la cara con las manos para esconder la angustia y el dolor que sentía al conocer lo que me esperaba y se me venía encima.
No sé cuánto tiempo estuve agachado cubriendo mi cara; no sé cómo tomé valor y me levanté. Respirando profundo me sonreí con el abogado, miré al intérprete y le pregunté cuánto tiempo tardarían los hombres en volver.
-Mínimo una hora -me respondió.
Sentí sed y le pregunté al abogado dónde podría tomar agua; amablemente me contestó que me traería un poco, con ella me tomaría una pepa para el dolor. Parado y mirando alrededor vi con sorpresa cuando al lugar fueron entrando estos personajes conocidos por todos en nuestras ciudades y pueblos de América Latina: esos hombres con sus voces imitativas de los famosos que iban anunciando, al igual que en los intermedios de los partidos de fútbol, con sus pequeñas cajitas de madera colgadas del hombro, la venta de chiclets, cigarrillos, chitos, papitas, sabritas, maní, cacahuates, popcorn, Coca-cola, cerveza Modelo, la Quilmes, Polar y Club Colombia, paletas, helados, chocolatines, dulces, y los fabulosos cachitos de marihuana, el paco y el periquito también, más todo aquello que les permitiera obtener un dinero para el sustento de sus familias.
Con más sorpresa observé cómo entraban unas mujeres gordas, con delantales blancos y con un recipiente en la cabeza, vendiendo tacos dorados, chorizos, morcilla, fritanga, papas saladas y patacones.
Luego vi también a las vendedoras de frutas, unas negras enormes con unas voces y gritos llenos de quejumbrosos lamentos, todavía esclavizadas por la miseria al finalizar el milenio, vendiendo piña en rebanadas, papaya con limón, sandía y melón con chile, nísperos y mango verde con sal, sin olvidar el chontaduro.
Detrás de las negras enormes entraron unos hombres pequeñitos, santeros y brujos vendiendo ilusiones, sueños por construir, matrimonios felices, amantes satisfechas, enemigos enterrados o desaparecidos, suegras ahorcadas y la entrada al cielo asegurada; ofrecían los famosos anhelados y nunca ganados billetes de la lotería nacional. Uno de ellos me gritó:
-¡Cómprese el billete!
-¡Si no se gana trabajando, menos jugando!
-Le respondí.
Miré entusiasmado cuando unos hombres con ruanas de lana blanca, carriel y sombreros, pasaban disimuladamente de mano en mano y bajo las ruanas unas botellas de agua bendita, nítida y ardiente, extraída de la caña de azúcar, de un alambique clandestino de la ciudad.
La sala estaba que no cabía de gente. Los de Nigeria, Malí, Gabón y Senegal, habían traído sus instrumentos de música, sus fantásticos tambores; los ber-ber afinaban sus lutes.
Qué susto el que me dio cuando vi entrar a las lloronas con sus caras pálidas y sus chales negros mirándome sospechosamente. Y tras de ellas, circunspecto y muy formal, el gran buitre mayor, el propietario de una cadena de funerarias que vivía en el barrio Versalles de Cali y que me hizo imaginar un entierro inevitable.
Escuchaba las quenas de Perú y Bolivia, el sonido de los charangos, los violines de los niños gitanos, de las gitanas el taconeo y las panderetas, las cítaras de la India, las trompetas, contrabajos y guitarrones, los acordeones, los tiples, las arpas, las quenas peruanas, el cuatro, las maracas y las guitarras. Mientras todo esto pasaba, Policarpa, la mula arisca empezó a mostrar el hambre; mi perra, con sus ojos y la cola, decía que era hora de buscar un lugar en la sala, para orinar con la dignidad perdida del hombre.
Y los gringos ahí, filmando a los nuevos y recién llegados grupos de vendedores de productos, buscando entre ellos quizás un extraditable de Tijuana o de Cali, que, disfrazado y sin aguantar las ganas, se hubiera metido a ver mi juicio como si fuera un carnaval o un partido de fútbol.
Mi mula corcovó y mi perra aulló de forma inusual, igual que el lobo de las estepas rusas o del norte de Canadá, y por fin, entraron los trece hombres del tribunal.
Uno por uno, como sus relojitos suizos, se fueron sentando los venerables y cansados ancianos. El más sabio de todos, aquel ojizarco que siempre había dirigido la palabra hacia mí, se levantó lentamente y con toda su parsimonia, cogió el mazo y dio tres golpes enérgicos.
En la sala se escuchaba el sonido de todos los incontables instrumentos que se afinaban. Daba la impresión de que estábamos en los inicios ahora de un gran concierto.
Hubo silencio total en la sala. Afuera caía la lluvia.
El hombre ojizarco, con su angustia y fatiga acumulada de ver lo mismo y hacer lo mismo por años y años, de analizar impotente y condenar el crimen que siempre ha estado y estará en el hombre. Condena y absolución, y condena, condena, condena.
Empezó a mirar a todos los presentes en la sala, miraba las personas extranjeras, miraba los burócratas agachados y zalameros de la ONU, UNESCO y OTAN; a los embajadores, los secretarios, los obispos, los curas con sus afeminados sacristanes. Miró a los pueblos conformistas sin tolerancia ni respeto y, luego, dirigió sus ojos a la parte superior de las ventanas góticas de la sala, ventanas aún buscando a un Dios sin encontrarlo.
El ojizarco postró su mirada en ese sitio unos segundos y en ese instante, con la lluvia cayendo en el exterior de la sala, y con la poca y tenue luz que entraba por las ventanas, se formó un arco Iris de siete colores divinos. Indescriptible belleza de colores que caía en medio de la sala.
De forma simultánea, cuando entraba el arco iris, los indígenas wayuu de la Guajira, los Chibchas del centro de Colombia, los de Centroamérica, los del Orinoco venezolano, los del Amazonas y los brasileros, los Incas y aguarunas del Perú, los Cochabamba de Bolivia, los Otavalo del Ecuador; los indios kuna de Panamá, los Aztecas y los Mayas de Guatemala y todo México, los de la cordillera andina de Chile, los mocovíes, aymaras, Tobas de Santa Fe, los wichies, coyas, jujuyes de la Argentina, los de la Patagonia y las pampas, uruguayas; los mohicanos y los de Canadá, que con su presencia me daban total respaldo; se pusieron juntos todos de pie al contemplar este bello fenómeno de la naturaleza.
Acto seguido, sin dudarlo un segundo, todos los demás hombres y los presentes en la sala, imitaron humildemente el ejemplo de estos sencillos seres, para poder observar maravillados esos colores, venidos con la lluvia, y que caía dentro de la sala.
Absolutamente todos, todos asombrados, nos pusimos de pie: los gobernantes, los militares, los indígenas, los artistas y los científicos; los banqueros, los burócratas, los pueblos, los políticos corruptos y ladrones, los intelectuales y los obreros. También los imprescindibles locos locos y que observan y escriben sobre todos y sus movimientos en este mundo.
Yo, temblando del miedo, ya muerto del susto por lo que diría el ojizarco por sentencia: un mínimo de doce meses. Llorando por dentro, apenas miraba alrededor, y pedía clemencia a esos hombres en el estrado.
En forma lenta el ojizarco bajó su dura y escéptica mirada, puso sus manos sobre el mueble, apoyó su cuerpo sobre ellas y miró a todos los que escuchábamos en la sala.
Yo respiraba profundo y trataba de controlar mentalmente el ritmo de mi corazón para estar tranquilo. Fue entonces cuando cogió el mazo con su mano derecha, golpeó enérgicamente una vez, esperó a que se apagara el eco y sentenció...
-Inocente. ¡Inocente! ¡INOCENTE!
Se escuchó su potente pero cansada voz en el eco de la sala.
Y, no había terminado de decir estas libertarias palabras cuando al unísono todos los tambores, guitarras, trompetas, violines, bandoneones, arpas, violines y los incontables instrumentos que estaban en la sala empezaron a sonar.
¡Se armó la gran fiesta!
Yo corrí hacia el estrado, había soltado ya el lazo de mi mula, y como un mico aullador pegué un brinco para recibir el abrazo del ojizarco ¡Feliz!
En décimas de segundo miré y escuché los tambores africanos y brasileños, los mariachis con La Negra, las cítaras de la India, las quenas peruanas y los charangos; los acordeones, guacharacas, tiples, guitarras y bandoneones de la Argentina; las arpas, los cuatro, las flautas y las maracas de mi tierra latinoamericana.
Cuando miré hacia las graderías, centenares de personas corrían hacia el estrado y sólo recuerdo que mi cuerpo se convirtió en una pluma que armoniosamente pasaba de mano en mano entre todos los cuerpos presentes, que participaban felices en la alegría y fiesta imparable que se iniciaba en esos momentos.
Pude ver claramente cómo esa música y el sonido de los aplausos de todos los pueblos presentes del Mundo se colaban a través de las cámaras de los gringos y cabalgaban sobre las olas del mar, igual que tantas veces en las mañanas vi los escorpiones cabalgar entre las piedras en Guanajuato o sobre las telarañas en Santa Marta.
Vi cómo se sucedían las melodías y las imágenes, cómo se desplazaban a través de los ríos y valles, remontando las montañas, hasta convertirse en una semilla de esperanza, fuerza y cambio que los días por venir verían crecer.
Todavía en el aire y transportado por toda esa gente, en un acto espontáneo de alegría y emoción, y maravillado igual que los niños que escuchaban en el tren la historia de los chigüiros, no podía creer todo esto.
No, no podía creer que había sido capaz de hablar a un público por primera vez... bien o mal, pero ¡había hablado! No podía creer que, como latinoamericano, había tenido el valor para hablarles a los gobiernos, a las instituciones y a los hombres del mundo... y no había sido interrumpido.
Estaba feliz, rodaban las lágrimas sobre mis mejillas cuando sentí otra vez el brazo del carcelero, quien me recordó, que no podía irme sin firmar los papeles de libertad en el edificio de la policía, en la oficina de la prisión.
Como puede logré tocar tierra; otra vez respiré profundo y puse mis pies en la realidad. Recibía aún los saludos amorosos de la gente, cuando encontré a lo lejos a los hombres del Max Plank y las prostitutas también, todos ellos extasiados mirando el arco iris y escuchando la música. En el estrado mire a los hombres de la justicia que se despedían en medio de efusivos abrazos; salían uno por uno, felices todos ellos bajo un apoteósico aplauso que les brindaban todos los pueblos del mundo.
Feliz y tranquilo me senté otra vez con el abogado y el intérprete, con la mula arisca y fiel y mi perra fiel a un lado para escuchar y disfrutar la música, mirar el arco iris, poner cuidado y escuchar las palabras que algunos ancianos venían a decirme. Pensé en mis buenos amigos y acepté, finalmente, que quizás por nuestros problemas de comunicación en Latinoamérica, en mi caso, lo que había hecho toda mi vida era escuchar con paciencia ilimitada a la gente: sus problemas, sus risas, sus angustias, sus rabias, sus manías, sus miedos, sus cuentos, sus sueños, sus ciencias, sus mitos, sus cosas mágicas, las historias de amor no correspondido y de traiciones amorosas con desgracias perpetuas y búsquedas llenas de angustia en las sombras, y los recuerdos, como fantasmas en las noches, castigándonos por no haber tenido el valor de ser nosotros mismos... de ser el amor, cuando él nos llamaba, el mismo amor, que con tanta dedicación construimos, aquél que cruzó mares, continentes, montañas, llanuras ardientes, valles, ríos y que tan bellamente marcó el corazón de las gentes.
Sí, eso era lo que había hecho toda mi vida: escuchar a los ancianos, a los niños, a los hombres, a las mujeres de todo tipo y profesión, desde la aristocracia -no la del dinero sino la del conocimiento, experiencia y sabiduría- hasta los más humildes y desamparados seres de las invasiones de los barrios piratas ¡En los pueblos marginados del mundo y en América Latina!
Continua....
Carlos Echeverry Ramirez-(Colombia)
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