sábado, junio 13, 2009

Salida del Tribunal en Suiza-El último Viaje(17) Carlos Echeverry Ramirez-Colombia



Para Catico y la...
El último Viaje
ISBN: 0-9683701-0-1

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Fragmento (17)



Observé la alegría de una anciana cantando y los estragos causados por las brasileras y brasileros con los trajes del carnaval de Río; ahora, veía un trencito bailable entre toda la gente.

Tomé el lazo de mi mula y acaricié la perra, para estar seguro que en este descontrol momentáneo producido por la inusitada alegría de ser libre otra vez, no se me fueran a perder o ¡alguien me las secuestrara!, o ¡robara!, ¡Pero, increíble! Ya se habían llevado mis dos bulticos de café y los dos racimos de bananas.
 
Pierre Charbonell, el carcelero, con su autoridad, se arrimó y dijo que teníamos que salir. Con los policías a mi lado empecé a salir del recinto acompañado de Policarpa la mula y de Tamara mi perra. 

 En algunos momentos quise quedarme para disfrutar de este carnaval tan increíble que se estaba formando. Los hombres amables, los colombianos de las ruanas blancas y sombreros, me pasaron el agua bendita, producto de la caña de azúcar, ardiente y deliciosa, después de tanto tiempo sin beberla; hablé con aquellos montañeros que tenían cuentas en los bancos de Ginebra, y, con picadas de ojo y el “avemaría pues”, seguí mi camino, recordando a Marinilla y Rionegro, a Guarne, Cocorná y El Santuario.

 Más adelante me encontré con unos emocionados personajes, vestidos de abrigo negro con sombreros de copa negra, cabellos rubios con patillas largas y enroscadas a los lados de sus rosadas caras y frustrados ojos azules; todos con fusiles colgados del hombro y unas barbas blancas y descoloridas hasta el pecho y un libro negro en la mano derecha, como se ven muchos en Nueva York y en Manhattan.
Me sorprendió que uno de ellos me saludara con mucha efusividad y lágrimas:

-¡Neftaly!, ¡Neftaly!, ¡Neftaly!
 
-¡Shalom! -respondí yo agachando mi cabeza, por respeto a su edad y dignidad, y a la dimensión de su saludo. 
 
Neftaly -el hombre que todo lo sabe.

-el hombre que todo lo ha vivido.
 
Hubiera preferido mil veces que ese amistoso saludo se lo diera a sus vecinos en Palestina y recordaran el proceso que se inició en Oslo, en busca de la paz para Medio Oriente.
 Así, poco a poco fui saliendo entre los policías y la gente al lado nuestro. Al llegar a la calle la lluvia ya había cesado, había muchísima gente siguiendo el ritmo de la música y tomando vino, tequila, pisco, ron y aguardiente. Yo llevaba con sumo cuidado y alegría a mi mula y a la perra ¡con los gringos detrás, filmando y grabando todo!
 De pronto una joven pareja se atravesó en nuestro camino y se me presentó. Me dijo que eran de la Sociedad Protectora de Animales.
 ¡NO!, era lo único que me faltaba, el atropello y crueldad contra los animales, otro juicio por esto que es un delito grave en países del norte.  Pero, gracias a un -Dios mío-, la pareja amablemente me tranquilizó y me informó que se harían cargo de enviar por avión a mi perra Támara y a Policarpa mi mula, a la tierra del futuro de la humanidad; a la tierra del ensueño; a la tierra de la alegría: Latinoamérica.
Gustoso y agradecido de escucharlos firmé los papeles, les di la dirección y el teléfono de mi padre para que mis amados animales fueran enviados inmediatamente por avión, y trasladados al pequeño terreno de una hectárea de tierra que él tenía en la montaña, mirando hacia el valle del río Cauca, donde está el conocido Club Campestre del Cañaduzal.

 Caminando más relajado en medio de los policías, sin mi perra y mi mula, y sin las carguitas de café y el racimito de bananas, que desaparecieron en medio del tumulto, logramos abrirnos paso entre la satisfecha muchedumbre que estaba ya celebrando lo que había pasado dentro del tribunal. 

Moviendo nuestros cuerpos al ritmo de la música, entramos con Charbonell en un automóvil. Tres carros más de la policía nos acompañaban para poder avanzar entre la gente. Salimos con dirección a la cárcel, no podíamos contener nuestra risa y admiración al ver en lo que se había convertido este día la ciudad de Ginebra.
 Nuestra sorpresa se convirtió en asombro cuando, en la distancia, en plena calle, vimos venir un elefante hacia nosotros.  Sí, un elefante y detrás un circo, un circo real, con sus enanitos al frente.  El primero vestido todo de rojo, convertido en un diablito, tenía enormes gafas oscuras y era rechoncho, llevaba colgado del hombro un tambor de hojalata que tocaba sin misericordia; la enanita, vestida también de rojo escarlata y con gafas de piloto, Ray Ban de color verde, iba sentada y muy feliz en el cuello del elefante, exhibiendo cínicamente una pancarta que decía:

Somos el
Circo de la Gente
linda y pobre latinoamericana
sin pasado, con presente
incierto y sin futuro, y damos
8.000 bienvenidas a los políticos,
los bandidos y corruptos del mundo,
que depositan todo nuestro oro y dinero
en los bancos de la ciudad de Ginebra.


 Recuerdo bien que al lado del inmenso elefante iban unos soldaditos tristes, un grupo de  policías jóvenes ya cojos y otros mancos, una parejita de mestizos con sus 5 hijos, con el  hambre en la cara, terror en sus ojos, y vestidos con harapos, y luego unos 40 maravillosos payasos; me extrañaron mucho los colores de sus corbatas gigantescas, sus coloridas camisas de impecables cuellos blancos y la forma mágica cómo en vez de llevar en sus manos, las conocidas bolitas de colores que tiran al aire, y giran a través de ellas, estos payasos manipulaban, para nuestro asombro, finísimos maletines de piel de cocodrilo conteniendo cosas amadas por nosotros y sólo posibles en la realidad creada en nuestro gran circo latinoamericano. Estos objetos de la vida diaria, eran cositas hechas en miniatura como las vi yo y las vimos todos nosotros con nuestros escépticos y aterrados ojos: veíamos cuadernillos con leyes de privatizaciones y endosados contratos de acueductos, de refinerías, de escuelitas, de papeleras, de obras públicas, de alcantarillados; de puentes y carreteras, de hidroeléctricas; de centrales de telefonía, de adjudicación de fértiles tierras, y de obsequio de bancos y aerolíneas.

Asombrados veíamos también cómo unos payazos grandotes, de ojos azulados, cabellera rubia y nariz de pinocho, debajo de sus mangas sacaban bolsitas con dolaritos; con pesetas, francos, marcos y libras esterlinas; sacaban lujosos automóviles en miniatura, anillitos con nuestro oro y esmeraldas perdidas en la colonia y preciosos diamantes, manchados con la martirizada sangre africana; y en forma habilidosa, por debajo de sus piernas, contorsionándose, y sin que nadie de los miles ahí presentes los pudieran descubrir, intercambiaban sus bolsitas por los maletines.
 
  ¡Qué maravilla! representaban a la perfección el cotidiano drama, en pequeño, de nuestra bella, pero, agobiada  tierra latinoamericana.

 El conductor del automóvil, aterrado, paró y sacó su cámara fotográfica para capturar este fabuloso circo tropical que representaba nuestro diario vivir.

¡La corrupción de muchos de nuestros gobernantes y políticos! 

  No puedo olvidar que después del elefante y los payasos venía el domador de las fieras del circo con sus gafas y unos bigototes que me recordaron los mostachos de los conquistadores cuando llegaron a nuestras tierras y, con espejitos y, con pólvora,  el fusil, la cruz  y los cañones, domaron y doblegaron la férrea voluntad de nuestros indígenas, verdaderos dueños de la tierra prometida, destruyéndoles su milenaria cultura y enseñándoles con sangre, en nombre de-su-dios, sus viles y mezquinas ambiciones.

Detrás del corrupto domador, quien llevaba una rosa en la mano, y detrás de sus fierecillas domadas, venían unas hormigas gigantes con culos inmensos cerrando la procesión. Nosotros, Charbonell y yo, junto a los otros policías, apenas nos mirábamos al ver esta maravillosa representación de la realidad latinoamericana, por medio de este circo venido de tan lejanas tierras del trópico a formar parte de los artistas y músicos de los festivales que se celebraban en estos días en Ginebra.
 
 Apenas pasó el circo de la corrupción y toda la ruidosa y vergonzante muchedumbre con el domador y todo aquello que lo acompañaban vino la calma, el silencio y, por fin, la tan anhelada paz y tranquilidad que tanto ansiaba.

Pierre Charbonell nos volvió a la realidad. en su condición de carcelero y jefe, ordenó reanudar la marcha.  En el trayecto de regreso, la ansiedad me consumía por llegar rápido y firmar la boleta de salida. 

Al entrar en el edificio de la cárcel, recordé al hombre árabe, aquel que cuando entré por primera vez a este lugar y a una cárcel en mi vida, me gritó:
-¡Alahu-Akbar!
 
Charbonell me acompañó hasta la celda después de subir en el ascensor los siete pisos; al llegar activó el control electrónico, abrió la puerta y en la celda preguntó si tenía hambre.
-Un hambre  de caníbal,
le respondí.
Sonrió y respondió que pronto regresaría con algo delicioso para comer, más los documentos para firmar que me darían, por fin, la tan ansiada libertad. Con un apretón de manos y entre risas se despidió, cerrando la pesada puerta.

Cuando Charbonell salió me acosté en la cama y solté una monumental carcajada, reprimida desde los años de infancia; no podía creer lo que había vivido todos estos días encerrado en una celda. Y sí que menos podía creer toda esa fantasía; toda esa algarabía y locura de tantas razas y gentes de todas las naciones y condiciones humanas, reunidas en un tribunal de justicia de la Suiza, reclamando Libertad!; reclamando Humanidad!; reclamando Dignidad! Reclamando más que nunca  Justicia Social.

Sentía un profundo alivio en mi corazón.

Estando en ese estado de emoción, me levanté y también sentí que el dolor en la espalda había disminuido, caminé, fui al lavamanos, tomé agua, miré los libros sobre el pupitre de escuela, luego me dirigí a la ventana, y desde allí envié mi alegría mentalmente a toda la gente que estaba celebrando la inesperada fiesta formada.

Les envié mi risa para que se esparciera por Ginebra y el mundo, en todas sus gentes, cafés, calles, recintos cerrados, y para todos aquellos seres que me habían acompañado en mi vida y en especial este día.

Al mismo tiempo, y sin comprender una razón lógica, del canal de la música clásica, salieron unos coros bellísimos, eran la “Oda a la Alegría” de la Novena Sinfonía de Beethoven. 
Al escucharlos me agarré duro de la malla en la ventana, esto fue lo único que pude hacer; allí parado, escuché la música y me quedé mirando a lo lejos el umbral del nuevo amanecer y la oscuridad de las vecindades de la ciudad de Ginebra.

No pude medir el tiempo después de aquel momento.

 Al rato, llegó Charbonell, traía los alimentos y decidió acompañarme por un momento; yo sentado en el pupitre doble de escuela y él caminando, empezamos a reírnos a carcajadas de lo sucedido, recordábamos todo. Yo no podía, aún, aceptar todos los sucesos vividos ese día y que cambiarían mi vida por siempre.

Firmé los papeles de la libertad que Pierre Charbonell había traído; me informó que al día siguiente sería llevado al aeropuerto de Ginebra, se me entregarían mis documentos y un boleto de avión Ginebra-París, más un dinero prestado por el gobierno suizo, con altos intereses, para sobrevivir en Francia el día de espera, mientras mi vuelo París-Montreal salía. 
 
Feliz con esta noticia que me daba, intercambiamos nuestras direcciones de casa y  dijo amigablemente que estuviera listo a las siete de la mañana. Luego me dijo que más tarde iría con su esposa a celebrar el cumpleaños de ella. Tenían unos amigos esperándolos en un restaurante.
 
   Esa noche dormí profundo, tranquilo y feliz.
 
Al día siguiente, Charbonell llegó con la exactitud de los relojes suizos, siete en punto; traía el desayuno y un café para él, abrió la puerta metálica, saludó y  contó de la reunión y fiesta del cumpleaños de su esposa. En los canales de música sonaban las baquianas brasileras número cinco de Villalobos; charlamos unos veinte minutos, luego preguntó si estaba listo.
-Siempre estoy listo para lo que sea.
 
Charbonell empezó a caminar nerviosamente en la celda de un extremo a otro, como si fuera el hombre que se quedaba en ella. -¿Tienes todo en el morral?
preguntó cuando se volvió hacia mí.
-Sí. -¿No olvidas nada?
 De inmediato regresé, entré en la celda, miré todos sus odiados rincones, escuché el eco de mi llanto y gritos de dolor; luego salí muy tranquilo, y antes de que Pierre cerrara la puerta volví y miré dentro de ella, ¿Olvidaba algo? Sí.
 
Sí, lo único que pude ver, y, que dejé abierto sobre el pupitre doble de escuela, fue una tímida Hojarasca del año 1955 de mi Maestro.

 Salíamos de la celda en dirección al aeropuerto, caminábamos por el iluminado corredor escuchando el oscuro y desesperado llanto y los gritos de seres encarcelados; tomamos el ascensor; al salir del edificio con Pierre y cuatro hombres de la policía que nos acompañaban, nos distribuimos en dos carros que nos esperaban para ir al aeropuerto, algunos policías de cuerpos gigantescos me miraban cómplices por la fiesta y rumba que todavía se celebraban en algunos apartamentos y parques de la ciudad.
 Entramos en un automóvil, Pierre adelante y yo en la parte de atrás.  Empezó a comentar y reírse de la fiesta que se había formado el día anterior, aquella fiesta iniciada cuando el hombre aquel ojizarco gritó:
¡Inocente!,  ¡Inocente!,  ¡INOCENTE!
Pierre recordaba cómo con su esposa y sus colegas de trabajo y universidad, después de comer en el restaurante y dirigirse a la casa, al pasar por el Parque de la Esperanza; habían visto que los puritanos pervertidos estaban filmando al hombre de los gritos ¡Inocente!, ¡Inocente!, ¡INOCENTE!; el ojizarco, quien celebraba en medio de hombres que hablaban lenguas extrañas y bailaban contorsionándose al ritmo de los tambores, lutes, guitarras, flautas, trompetas, maracas, acordeones, tamboras, tiples, quenas, flautas y charangos. Sí, en medio de todos estos jóvenes peludos y muy alegres y mujeres en jeans y camisetas ceñidas con sus pezones empitonados por el sudor, llenos de ilusiones y utopías- y que estaba bailando emocionado, con su larga toga negra, la lambada brasileña con una mulata de dieciséis años vestida con el traje del carnaval de Río. Bailaba endemoniado al ritmo de la música, con las gambetas y movimientos del escultural cuerpo de la mujer brasilera, que seguía el sonido alegre de todos los instrumentos. 
La mulata brasilera con su risa loca, su voluptuoso cuerpo deseado, su sudor salado de mares tibios y su alma felizmente embrujada ¡tenía seducido del totazo al hombre de la justicia! y él feliz...
 Pierre contaba divertido de la alegría y la risa de la gente al ver al hombre, al ojizarco, al juez, completamente endiablado por aquella mujer latinoamericana; peor aún, reconociendo que jamás en su vida el ojizarco había tenido la oportunidad de conocer estas maravillosas y completas mujeres, hasta esa noche o ese día que cambió la historia de la ciudad de Ginebra. Mejor dicho, en los días antes de esta Fiesta de los Inocentes y los días después de la fiesta.
 
En el automóvil de la policía el otro agente, el conductor, en medio de su controlada y obligada compostura, simplemente reía al escuchar todo lo que narraba Charbonell.
 Al llegar al aeropuerto fuimos a un edificio donde se encontraban varios hombres con fusiles, quizás vigilando la reprimida paz de esta ciudad. Caminé lentamente mirando alrededor, como siempre lo hago.  Así llegamos a una oficina espaciosa.  En ella, un hombre se presentó como el director, era un anciano, un ex juez igual que el ojizarco que gritó emocionado: ¡Inocente!, ¡Inocente!, ¡INOCENTE!
  Este hombre  de setenta y cinco años, amable y sincero, que me hizo recordar las gentes que había conocido en otros lugares de la Suiza, el país donde las jerarquías son el sentir y el vivir de sus habitantes.
 El hombre director de la oficina me indicó que firmara unos papeles; sin leer firmé lo que se  puso por delante; sólo pensaba en llegar a Montreal y estar de nuevo con mi fiel y cariñosa esposa, ignorante de lo que me había pasado.
 Firmados los papeles, el hombre, el ex juez, nos invitó a su oficina; Pierre y yo entramos y tomamos asiento, de un termo nos sirvió Café de la Colombie.  Ahí, entregó mis documentos, mi tiquete de avión al Canadá, más un boleto en primera clase Ginebra-París, y 1000 francos en billetes que el gobierno suizo  prestaba con altos intereses para poder sobrevivir en París mientras mi avión salía para Montreal

Continua...
Escrito en Toronto-Canada

en diciembre 28 del año 1996

Carlos Echeverry Ramírez-(Colombia-Canada)

Fitofeliz@hotmail.com

www.carlosecheverryramirez.org