tag:blogger.com,1999:blog-361945452008-05-20T12:13:30.035-07:00Palabras y SilenciosPalabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comBlogger16125tag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-46577022383463382032008-05-08T11:04:00.000-07:002008-05-08T11:06:20.322-07:00Crónicas de BarcelonaCrónicas de Barcelona.<br /><br /><br /><br /><a href="http://bp2.blogger.com/_K5mRG6b2kGg/SCNA1unDI6I/AAAAAAAAACI/XRbgBlc4YiE/s1600-h/Mascaras.3"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp2.blogger.com/_K5mRG6b2kGg/SCNA1unDI6I/AAAAAAAAACI/XRbgBlc4YiE/s400/Mascaras.3" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5198069686704743330" /></a>Palabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-82677655732741907392008-05-08T10:59:00.000-07:002008-05-08T11:02:22.425-07:00Juntos los dos---Carlos Echeverry Ramirez--ISBN 0-9683701-0-1Juntos los dos<br /><br /><br />---Carlos Echeverry Ramirez--ISBN 0-9683701-0-1 <br /><br /><br />Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO<br /><br />Para: Catico y la Argentina de mirada diafana y transparente...<br /><br /><br /><br />Juntos los dos <br /><br />-Jóvenes, usted señor Cato, les quiero comentar lo siguiente: <br /><br /><br />“Hoy mi cansancio es mayor que en muchos años anteriores y muchísimo más que cuando estuve en la guerra”.<br /><br />Anoche estando acostado tranquilo, quizás como siempre, después que mi esposa Charlotte se fue a acompañar a Martina y su fiel perro, a la caminata habitual, hora en que el can hace sus necesidades y Martina recoge en bolsa plástica la mierda, yo me quedé leyendo tranquilo, acompañado de un Cherry semiseco y las melodías del violonchelo de Pablo Casals. <br /><br />Cansado, por el duro trabajo del día anterior, dejé el libro sobre la mesa, fui a mi habitación y al entrar en ella puse el termostato en dieciocho grados, desnudo me metí debajo de las cobijas; allí en la comodidad de la cama y después de poner mi postiza dentadura en su medio adecuado y colocar mis anteojos encima de la pequeña mesa de noche, apagué la luz de la lámpara de leer y dormí sin problema.<br /><br />No sé cuantas horas habían pasado, cuando en el silencio y oscuridad de la noche, escuché ruidos muy extraños al exterior de la alcoba, exactamente en las escaleras; eran unas risas escandalosas y palabras desconocidas por mí. Yo, un hombre que habla el latín, me asusté y sorprendido me senté a esperar el fin de lo que escuchaba, sin tratar de hacer juicio alguno.<br /><br />Consciente estaba de que Charlotte, mi querida esposa no había llegado, ya que varias veces toqué el lado de la cama donde duerme y no la encontré, lo cual me causó mucha angustia; así, lentamente, los sonidos terminaron de subir las escaleras y finalmente entraron en la habitación...<br /><br />Observé, cauto y desconfiado, entrar una sombra amorfa, un bulto grande moviéndose con dificultad; con mis cansados ojos de anciano no podía tampoco distinguir qué era, sólo escuchaba las risotadas escandalosas, las palabras enredadas y un fuerte y marcado olor a alcohol.<br /><br />Nervioso, dudé de mis actos y pensamientos, creí momentáneamente que era una mujer de vida alegre y numerosos clientes que se había equivocado de casa y aposento; como pude, a tientas de ciego y en la negrura de la noche busqué mis gafas, para poder prender la pequeña lámpara. Después de hacerlo y para mi gran sorpresa encontré a ¡Charlotte!<br /><br />Sin creerlo ni aceptar, la encontré tirada al extremo de la cama, ¡Mon Dieu! ¡mi esposa! ¡¡La bióloga!!, la directora por treinta años del famoso coro de música sacra en la conocida iglesia luterana de Ginebra, la mujer maravillosa, ¡Quelle horror! , la madre de mis cuatro hijos estaba ahí, tirada al extremo de la cama, ¡¡completamente borracha!! hablando en un idioma incomprensible, riéndose y actuando, como nunca antes en nuestra apacible vida y después de cuarenta años de casados, a estas horas de nuestro matrimonio y en el cenit de nuestras vidas.<br /><br />Traté de encontrar la causa de este inusual estado en ella, después de tantos años compartidos, desde aquellos en los que yo iba o ella venía al pequeño jardín al frente de la facultad a esperar que terminaran nuestras labores académicas en la universidad. No supe que pensar.<br /><br />Estimados señores y usted señor Cato, no sé que decirles o como expresar lo que sentí en ese momento.<br /><br />Recuerdo que tuve un inmenso vacío, una ahogadora tristeza, solté una irónica risa, un débil entusiasmo y una rabia pasajera, y también todo aquello que puede un hombre de mis conocimientos y jerarquía experimentar, en esos segundos al ver a su querida esposa en esas lamentables, terribles e inaceptables condiciones. <br /><br />Horrorizado de ver a mi Charlotte en esa situación, con voz angustiada, sintiendo una punzada fortísima en mi débil corazón y dolor en mi brazo izquierdo, le pregunté:<br /><br />-Charlotte, mon amour, mon Dieu, ¿Qué te han hecho?<br /><br />Atónito y horrorizado, la observaba.<br /><br />Ella poco a poco, organizó sus desvariados pensamientos en medio de risas desconocidas, con ternura abrasadora y en una voz jamás escuchada en todos nuestros largos años de nuestra feliz relación, me dijo:<br />-”Freddy, mi amor, ¡mi tesoro!, ¿Recuerdas anoche cuando vino Martina con su perro a que la acompañara a caminar?... Muy bien, las dos nos fuimos conversando, mientras el can buscaba un lugar verde donde hacer sus necesidades. Conversábamos de muchas cosas, de ti, de Teodoro; charlábamos acerca de nuestros hijos, de sus alegrías y frustraciones, de las duras dificultades que enfrentan aún con todos sus títulos académicos para encontrar un trabajo estable y bien remunerado; dialogábamos de nuestras cosas de mujeres y que muchas veces o casi siempre son muy diferentes a las que los hombres hablan entre ellos; analizábamos también con impaciencia lo poco que podemos hacer o que se nos permite por ustedes para mejorar el mundo; tristemente comprendíamos lo mínimo que es aceptado y con escasa alegría recibido por los hombres para hacer más solidario el bien común. <br /><br />Caminando las dos solas, apartábamos con nuestros bastones las hojas caídas, que anuncian el fin del verano, acompañadas mentalmente, por aquello que hemos creado, es decir nuestros hijos. Martina iba muy preocupada y yo, meditabunda, llevaba en mí algo que no te he dicho en los últimos años: sentía una creciente ansiedad de ver lo trágico que sucede en el mundo fuera de nuestros vecinos, en otros países y regiones. Llevaba tristeza y frustración, de ver lo poco que puedo hacer para cambiar lo que escucho en todos los lugares que tú, como hombre, no frecuentas, no escuchas, no entiendes, no quieres aceptar ni escuchar y que quizás jamás comprenderás.<br /><br />Martina y yo sorpresivamente, escuchamos a lo lejos, en el Parque de la Esperanza, unos rumores de tambores como africanos, unas guitarras, unas trompetas, flautas, lutes de Persia, bandoneones, maracas de Sur América, acordeones, trompetas, tiples, guitarrones y unos violines gitanos de Hungría y Rumania. Nosotras, como bien tú sabes, somos curiosas y dueñas de una intuición, que ustedes no tienen; ansiosas apresuramos el paso y fuimos a ver qué era esa música tan bella, esas melodías con una sensualidad envolvente que ahora escuchábamos en el mismo parque al cual íbamos tú y yo, cuando éramos jóvenes y nos sentábamos a conversar del futuro, de nuestros sueños e ilusiones. ¿Recuerdas mi amor, mi tesoro?<br /><br />¡Freddy, escúchame! ¡Escúchame_!<br /><br />Al llegar al parque, Freddy, mi amor, encontramos unas mujeres y hombres extranjeros de pelo azabache con ropas llenas de colores, con todos sus niños cantando al son de la música y bailando en una armonía, en un ágape que jamás yo había presenciado en Europa.<br /><br />Fuera de nosotras, estaban muchas parejas conocidas, había varios ex colegas y ex alumnos tuyos de la Universidad, las parejas y los vecinos nos quedamos quietos y perplejos presenciando esa reunión, una fiesta llena de amor y de fraternidad.<br /><br />Martina y yo, dos mujeres ya viejas y feas, como dos ancianas esperando sólo la muerte, sorpresivamente nos encontramos, igual que los otros, en la mitad de ese pequeño carnaval. <br /><br />Las mujeres y hombres tenían unos dientes hermosos color nieve, una piel canela y cabellos oscuros como las noches del invierno, sus músculos tenían una simetría excelente, pequeños cuerpos en volumen pero de una definición muscular sin igual. <br /><br />Algunos tenían una personalidad, una alegría y dinamismo como el agua en nuestros riachuelos cuando baja las montañas en la primavera. Martina y yo fascinadas con esas risas melodiosas mirábamos todo.<br /><br />Allí, nos ofrecieron vino y con todo el respeto del mundo nos invitaron a bailar; sí, a compartir con ellos la alegría. Martina bailaba. Yo también extasiada miraba cómo ellos bailaban conmigo sin importarles mi lentitud, mi torpeza al llevar el ritmo, mis arrugas de mujer vieja y fea. Todos nos aplaudían sin parar; esta gente desconocida por nosotros, únicamente quería que Martina y yo, como seres, disfrutáramos la vida y la alegría creada por estos músicos que vinieron al festival.<br /><br />¡Hubieras visto a Martina bailando!. Cómo se reía, ¡parecía una loca! Igual a esa gente, a esas mujeres y hombres locos del parque llamados injustamente así por nosotros los suizos. Qué ternura nacía en las miradas de sus hijos, en los melancólicos ojos y en sus risas apacibles.<br /><br />Freddy, mi amor, espero comprendas, ahora porqué estoy tan contenta y ¡porqué decidí tomarme unos vinos de más! Simplemente compartí con esos locos la fiesta, que en ese parque de Ginebra, comenzamos a llamar la Fiesta de los Inocentes.<br /><br />Te preguntarás... ¡escúchame amor! ¡escúchame! ¿te preguntarás cómo llegué a casa? <br /><br />Te lo diré:<br />Cuando me sentí ya cansada de reír y bailar y, de oír tantos aplausos, como nunca antes en mi vida los había recibido con tanta espontaneidad y simpatía, le dije a unas mujeres llamadas Pilar Torres, la Mechas Otoya y María Teresa, que, a propósito, me dijeron que trabajaban como científicas investigadoras en un centro agrícola del cañaduzal, que Martina y yo queríamos regresar a casa. Al instante, seis parejas de los latinoamericanos ahí presentes, en forma alegre y aún disfrutando con la música, nos acompañaron despacio a casa.<br /><br />Las mujeres charlábamos y nos reíamos, los hombres hablaban con los niños. Ellas, las mujeres jóvenes, hacían muchas preguntas de nuestros sistemas políticos, sociales, económicos y de mi relación personal contigo; eran muchas preguntas sin pena, ni amargura, como si hubiera en ellas una insaciable sed de conocimiento.<br />Al rato, caminando en medio de todas estas conversaciones, no sé porqué y a estas horas de mi vida como mujer, a mis setenta y cinco años, en forma total empecé a sentir en todo mi cuerpo unas ganas y deseos inaguantables de estar junto a ti.<br /><br />Sí, mi amor, Freddy, mi tesoro, sentía unos deseos irreprimibles de tocarte y sentirte junto a mí y que no tenía en muchos, muchos años.<br /><br />Me sentía una adolescente, con deseos húmedos y ardorosa pasión. Quería que me tocaras, que me besaras, como en aquellos años ya lejanos e inalcanzables para los dos, aquellos días en que ¡me jurabas amor eterno!. Cuando éramos jóvenes y bellos, cuando éramos sólo los dos.<br /><br />Quería que nuevamente te olvidaras de todo aquello que existe en el mundo, ser el Eje del Universo y volver a escuchar cuando tú me decías que yo era toda tu gloria. <br /><br />Al llegar a nuestra casa, acompañada de todo este grupo y subiendo las escaleras como podía, sentí otra vez nervios y pánico de lo que había pensado y deseado en el camino, no pude contener mi nerviosas risas al darme cuenta y aceptar que estaba húmeda en mi cuerpo, a mi edad y ¡¡después de tantos largos años!! <br /><br />Más ganas me entraron de acariciar tu ser, de contar nuestras costillas marcadas por las huellas del tiempo, de sentir mis flacas y fláccidas piernas, tocar y palpar tu vencido pecho, tus hombros ya cansados, tu inflexible espalda. Quería y ahora quiero, que toques todo mi cuerpo, mis arrugas en barro seco por donde pasaron los alegres y esquivos riachuelos, las profundas grietas de mi piel, como si fueran hoy alegres acordeones tropicales.<br /><br />Que muy lento y con todo nuestro tiempo, me beses toda. Sí, quiero que me beses suavemente, dulcemente. Que acaricies mis largos y descolgados senos con sus tristes y marchitos pezones, como si fueran ellos esta noche y ahora dos fértiles oasis en un árido desierto, donde se alimentó la belleza de nuestros hijos. Quería que juntos esta noche, tú y yo, nos llenáramos íntegros de amor en un triste mundo moderno donde éste ya no existe. <br /><br />Y así los dos en uno...<br /><br />-Sí mi amor, ¡los dos!, ¡sólo los dos!<br />-Y, en un interminable beso fuéramos felices una vez más al final de la noche...<br /><br />en Toronto Diciembre 28 del 1996<br />CAER.<br />----------<br /><br />Reservados todos los derechos de autor ante CIPO Y WIPO <br /><br />Carlos Echeverry Ramírez(Colombia)Palabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-35147685520986327562008-05-06T10:06:00.000-07:002008-05-06T10:09:45.697-07:00Fragmento de El último Viaje<br /><br />ISBN: 0-9683701-0-1Reservados todos los derechos de Autor ante CIPO y WIPO<a href="http://bp3.blogger.com/_K5mRG6b2kGg/RnsmV_e7jEI/AAAAAAAAABo/SWk-KMMgfN0/s1600-h/euv-caer-ROJO.JPG"></a><br />De repente todo quedo en silencio. ¡Si! En silencio.Todo era silencio.<br />Y sólo se oía el dramático llanto de un recién nacido. Este bebé venía colgado, amarrado a la espalda de una Mujer Divina, muy pequeñita y descalza, vestida toda de rojo y con el cabello negro ensoñador amarrado con un bello trapo de colores. Una indígena Hispanoamericana.<br />Al escuchar todos los presentes en la sala, el llanto en el dominante silencio, milenariamente sentido únicamente por ella y su étnia, con unos movimientos armoniosos, exactos en el tiempo y sin mirar a su alrededor, ausente de todas las miradas que reprochaban injustamente el llanto del niño; con todo su cuidado y su amor infinito bajó al bebé de su espalda.<br />La indígena, manipuló al recién nacido armoniosamente para ponerlo al frente de su pecho y sostenerlo en sus brazos; luego, lentamente debajo de su poncho rojo con delgadas líneas verticales de colores amarillo, azul y blanco, verde, azul, morado, anaranjado y negro entramados bajo la tenue luz que entraba en la sala por las ventanas, corrió muy despacio con su mano derecha, la suave tela de su atuendo en el lado izquierdo y sacando con plena alegría su teta rosada ante todo el Mundo y con un bello pezón grande de color lila, la colocó en la ávida boca del bebé.<br />La sala impávida y aterrada observaba fascinada cómo el bebé se callaba y alimentaba.Ahora feliz la criatura.Sonó el mazo del juez otra vez.<br />Y empezó el proceso।Palabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-88018243182138911612007-08-09T17:12:00.000-07:002007-08-09T17:15:43.893-07:00Crónicas de Barcelona ISBN: 0-9683701-2-8 Carlos Echeverry RamírezYa los ancianos como yo y los otros hombres no nos morimos por las malditas balas asesinas como matan a los jóvenes. Sino del susto, del terror cotidiano y de la ilimitada tristeza de ver esta arrastrada e inmerecida vergüenza en lo que se convirtieron nuestras instituciones llenas de políticos corruptos y ladrones.Palabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-35435114737584674452007-06-28T17:34:00.000-07:002007-06-28T17:36:55.460-07:00<p class="MsoNormal" style="margin: 14pt 0in; text-align: justify; text-indent: 14.15pt;"> </p><p class="MsoNormal" style="margin: 14pt 0in; text-align: justify; text-indent: 14.15pt;"><i><span style="font-size: 14pt; font-family: Arial; color: black;" lang="ES">Fusiles malditos, malditos con los que se matan nuestros hombres indiscriminadamente en Colombia y el mundo, sin preguntas, sin razones, sin lógica y como respuesta el silencio final de miles y miles de tumbas lloradas sólo por las ilusiones truncadas de niños inocentes y mujeres indefensas.<o:p></o:p></span></i></p>Palabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-16434861957842615032007-06-16T15:45:00.000-07:002007-06-16T15:51:59.343-07:00Carlos Echeverry Ramírez--Compartiendo Alboradas<strong>Carlos Echeverry Ramírez</strong><br /><strong></strong><br /><strong>Colombia/Canada</strong><br /><strong></strong><br /><strong>ISBN : 0-9683701-1-X Reservados todos los derechos de Autor ante WIPO y CIPO</strong><br /><strong></strong><br /><a href="http://bp3.blogger.com/_K5mRG6b2kGg/RnRo4ve7i-I/AAAAAAAAAA8/2CF7AgHGa3M/s1600-h/caratula2207-alboradas.JPG"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5076798003981552610" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp3.blogger.com/_K5mRG6b2kGg/RnRo4ve7i-I/AAAAAAAAAA8/2CF7AgHGa3M/s400/caratula2207-alboradas.JPG" border="0" /></a><br /><a href="http://www.carlosecheverryramirez.org/">www.carlosecheverryramirez.org</a><br /><div></div><br /><div><div><strong></strong></div><strong></strong><br /></div><div></div>Palabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-41909358367932630222007-04-02T21:17:00.000-07:002007-04-02T21:23:15.368-07:00Carlos Echeverry Ramírez(Colombia) Crónicas de barcelonaCrónicas de Barcelona (l) ISBN: 0-9683701-2-8<br /><br />Carlos Echeverry Ramírez<br /><a href="http://photos1.blogger.com/blogger/6876/1028/1600/Mascaras.jpg"></a>Crónicas de Barcelona (l) FragmentoReservados todos los Derechos de Autor Ante CIPO Y WIPO<br />©Carlos Echeverry Ramírez- Colombia-Canada<br />Es miembro de la Union de Escritores de Canada<br /><br />Crónicas de BarcelonaISBN: 0-9683701-2-8Palabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-44907721078689613702007-03-26T17:52:00.000-07:002007-03-26T17:53:29.583-07:00Simon Bolivar....“Yo conocí a Bolívar una mañana larga, en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento, Padre, le dije, eres o no eres o quién eres..? Y mirando el Cuartel de la Montaña, dijo: Despierto cada cien años<br />cuando despierta el pueblo"<br /><br />Pablo NerudaPalabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-7902767844993094852006-12-18T20:12:00.000-08:002006-12-18T20:22:29.589-08:00ASESíNOS...ASESINOS...ASESINOS... COLOMBIA...<a href="http://bp1.blogger.com/_K5mRG6b2kGg/RYdnYjGuyzI/AAAAAAAAAAM/uuIW0Qymg30/s1600-h/el+viaje+ultimo.JPG"><img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5010086781910960946" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://bp1.blogger.com/_K5mRG6b2kGg/RYdnYjGuyzI/AAAAAAAAAAM/uuIW0Qymg30/s320/el+viaje+ultimo.JPG" border="0" /></a><br /><div>El último Viaje</div><br /><div>ISBN:0-9683701-0-1</div><br /><div>Autor:</div><br /><div>Carlos Echeverry Ramírez(1955Colombia-Canada)</div><br /><div>Miembro de la Unión de Escritores de Canada</div><div> </div><div>Ginebra, Nov. 18, 1996<br /><br /><br />Recordado Cato,<br /><br />Recibimos tu postal. Nos llenó de risa y alegría, nos trajiste recuerdos maravillosos del día llamado ya, Fiesta de los Inocentes.<br /><br />Esperamos que estés bien de salud, que tu dolor en la espalda, causado por el golpe con el fusil en la estación del tren, haya desaparecido sin rencor alguno contra el hombre que lo causó.<br /><br />Te escribo primero que todo para desearte una próxima ¡Feliz Navidad! en unión de tu esposa; también queremos mi esposa y yo que la ilusión de vuestro primer hijo se haga pronto una realidad.<br /><br />Nosotros tres estamos bien, ya terminó mi trabajo en la prisión, pero continúo trabajando en mi tesis; mi esposa tiene un trabajo de medio tiempo, ella enseña francés a los pocos exiliados políticos que acepta este país.<br /><br />Nuestro hijo, Daniel, hasta el presente no presenta problemas de ninguna índole en su desarrollo, esto nos llena de alegría y tranquilidad.<br /><br />Te escribo porque considero un deber moral comunicarte los hechos que recientemente conmocionaron a la sociedad Suiza y que a mí, en lo particular, me perturbaron.<br /><br />Hace unas semanas solamente, fue encontrado al lado de un contenedor donde se deposita la basura de los edificios, el cadáver de un hombre.<br /><br />Este muerto, como todos los anteriores cristianos, que van a la vida eterna, era un caso más, un hecho normal y esperado en la rutina de esta ciudad, hasta el momento en que entró en el fúnebre anfiteatro municipal. Su cara y cuerpo, huellas dactilares y palma del pie, mostraron identificación exacta a la de los archivos municipales. El Doctor Fontanelle, director del anfiteatro y del equipo médico, que hace las autopsias dijo en rueda de prensa, el nombre y apellido de este cadáver: Ives Du bois.<br /><br />Para la gran sorpresa de todos, este muerto tenía en su cara, una expresión extremadamente ingenua que reflejaba una profunda paz. Su rostro y últimos rictus mortales no decían mayor cosa de sus finales momentos.<br /><br />Los estudiantes de la universidad, incluyéndome a mi, para la práctica de la materia forense de antropología, y antes de practicar la autopsia correspondiente, veíamos este cuerpo ya dormido en la paz eterna con una curiosidad creciente al notar que tenía la particularidad de no parecer muerto, sino un cristiano arrepentido en estado cataléptico. Después de larga búsqueda, encontramos un espejo pequeño y lo colocamos milimétricamente sobre sus amplias fosas nasales para estar seguros de que no respiraba. </div><div> </div><div>Al mismo tiempo y, un poco más tranquilos, los otros galenos presentes y estudiantes en práctica, después de discutir y especular sobre la extraña apariencia del acostado cubierto con un sudario blanco, llegaron a la simpática conclusión de que este muerto parecía mas bien que estuviera haciendo una larga siesta, aquel dichoso sueño que ustedes los latinoamericanos hacen en las hamacas por varias y largas horas, después del mediodía.<br /><br />Lo más desconcertante de este suceso que alteró totalmente y en forma dramática la paz de esta pequeña ciudad de Ginebra fue, los comentarios de la frescura de su cuerpo; llegamos a pensar todos los presentes, junto con el inspector J. Genet, que este cristiano no quería ser molestado o despertado de su siesta eterna.<br /><br />Estando nosotros en la sala presenciando todo esto como testigos oculares de la autopsia, veíamos cómo el bisturí se deslizaba, por el pecho y abdomen, para sacar sus vísceras. Luego, vimos sacar cuidadosamente el estómago; intrigados los seres en este recinto, observamos cómo estaba lleno a reventar de un líquido oscuro. </div><div> </div><div>Al abrir con el bisturí para sacar este elemento y hacer un examen químico, salió inmediatamente el delicioso aroma del <em>Café de Colombia</em>, que envolvió el amplio anfiteatro, oficinas, casa vecinas y los barrios contiguos, causando con su agradable aroma un placentero bienestar en los ciudadanos.</div><div><br />Muy raro. Algo sorprendente. </div><div><br /> Yo, que por rutina estoy acostumbrado a estas cosas, es la primera vez que presenciaba este extraño fenómeno. Minutos después del examen en el laboratorio, supimos que este hombre, ahora cadáver, se había envenenado con el elemento químico para exterminar las ratas, aquél que venden en cualquier lujoso supermercado o en la tienda más humilde de cualquier rincón de la tierra; y que para camuflar su sabor, lo había mezclado con un litro y medio del aromático y exquisito Café de la Colombie.<br /><br />Para tu sorpresa Cato; este cadáver, con una inverosímil cara de inocente, fue el hombre bruto y salvaje que en la estación del tren, en acto de odio y racismo irracional, descargó el fusil en tus espaldas, delante de centenares de personas y niños presenciando este penoso e inaceptable hecho.<br /><br />Las autoridades y sus gentes, tomaron esta muerte como un doloroso suicidio. La ciudad entró en profunda tristeza al conocer este episodio dramático y volvieron los latentes recuerdos sobre lo que pasó en la estación y el tribunal.<br /><br />Al entierro, fuera de su esposa y su pequeño hijo de siete años, sólo asistieron sus padres, y, por fuerza mayor, algunos militares y unos pocos funcionarios del gobierno.<br /><br />Las gentes conmovidas, poco a poco volvieron a sus rutinas habituales; los fríos vientos de otoño anunciaban que estaba cerca la llegada del esperado Papá Noel con sus barbas blancas.<br /><br />No había pasado muchos días cuando, otra vez, en el apartamento de un pequeño edificio y ante un miedo total en la vecindad, por la visita suicida de la muerte en nuestra pequeña y apacible comunidad, las autoridades desconcertadas encontraron el cadáver de una mujer que se acababa de suicidar.<br /><br />Cato, esto nos parecía imposible de aceptar. ¿Qué destino fatal de suicidios venía a nosotros?<br /><br />Ese día, las mujeres de Suiza, las mujeres europeas, las asiáticas y las norteamericanas, utilizando los medios del Internet para comunicarse, tomaron este suicidio de una abnegada, y joven mujer, como un símbolo, como un hecho de protesta contra la violencia irracional que existe en el mundo en todas sus formas. Repudiaron a través de internet, la historia del hombre, del macho, del fuerte; cuestionando en lo que finalmente se convirtió el hombre moderno, un irracional ser que sólo vive con el único objetivo en su vida de conseguir el dinero, no importándole qué tipo de acción o trabajo mezquino ejecute para lograrlo.<br /><br />Cato, excusa mi larga carta, pero debo escribirte y contarte todo. Es muy importante que conozcas la verdad, después de esa vergonzante situación que sufriste en mi país.<br /><br />Esa joven mujer de Ginebra que se suicidó y mujer habitante de todo el universo; dicen sus vecinos que la conocieron, estaba desolada, frustrada y cansada de vivir la vida al sufrir el continuo e infame maltrato físico y emocional de su esposo; y que, en las últimas semanas, según sus vecinos, había perdido la razón hasta enloquecer al darse cuenta que su hijo, una criatura inocente del mundo y que en su cuerpo con todo el amor engendró y a quien durante nueve meses con su sangre formó y durante muchos meses con su pecho alimentó; el Ser que en los últimos años se había convertido en su única razón de vivir, era el hijo de un monstruo; era el hijo de un verdadero ... <br /><br /><br /><strong>ASESINO, ASESINO, ASESINO, ASESINO...</strong><br /><br />Dicen que eran las últimas palabras de la mujer que se suicidó, cuando perdida y con su dolor a cuestas caminaba en las noches oscuras llevando de la mano desconsolada a su pequeño hijo por las calles de Ginebra.<br /><br />Cato, esa mujer era la esposa del hombre que te golpeó con su fusil en la estación del tren; cuando arrodillado con tus manos en alto pedías clemencia.<br /><br /><strong>ASESINO, ASESINO, ASESINO, ASESINO...</strong><br /><br />Eran sus últimas palabras. Fue todo lo que los habitantes de Ginebra y sus vecinos la escuchaban decir, cuando en llanto y la sola compañía de su hijo único, tomó la determinación de envenenarse igual que su esposo.<br /><br />ASESINO, ASESINO, ASESINO, ASESINO, que mata sin piedad a sus congéneres, con crueldad y sevicia no conocida en fiera alguna; que los asesina lentamente y con premeditación, diseñando en reuniones secretas donde sólo entran los hombres, algunas veces con uniformes y otras en trajes de civil, sistemas políticos y económicos que no permiten a los otros hombres de paz y mujeres y niños inocentes, desarrollarse integralmente como seres humanos, siendo condenados a vivir perpetuamente en la maldita miseria y en una cruel esclavitud salvaje sin, jamás, poder aspirar a llevar una vida digna de un verdadero ser humano.<br /><br />ASESINO, ASESINO, ASESINO, ASESINO...<br /><br />Eran sus últimas palabras cuando caminaba llorando, perdida con su pequeño niño; ASESINO que sin compasión alguna mata inmisericorde a los otros hombres, mujeres y niños con sus fusiles y bombas y con sus nuevas armas químicas y experimentales con virus, bacterias y microbios, que han desparramado, sin consideración y misericordia, en las nuevas guerras ya conocidas por nosotros en Oriente medio, Irak, toda África e incluso en algunos países de Latinoamérica y Colombia.<br /><br />Ser cansado, Mujer agobiada por el maltrato irracional y sometimiento cruel ejercido por su hombre, que no era así cuando amorosamente le entregó su vida. </div><div><br /> Mujer extenuada que miraba con angustia y sin voz, cómo a su hombre, siguiendo las órdenes e instrucciones de sus jefes, hombres cegados por la ambición y el poder, lo convirtieron en una bestia irracional y en el ser más cruel y despiadado. </div><div><br /> Esa Mujer murió; se suicidó, apenada ante Dios y la humanidad.</div><div><br /> Cato, espero y quiero que entiendas y analices punto por punto mi carta. </div><div><br /> Tengo hoy que aceptar y reconocer que tenías toda la razón, cuando en nuestros diálogos en la celda, cuando estuviste preso en Ginebra, me reclamaste fuertemente al yo decir que; -afortunados ustedes en Latinoamérica que tenían hombres corajudos que agarraban las armas para cambiar el sistema-. </div><div><br /> Con sinceridad te pido disculpas. </div><div><br />Estaba muy equivocado. Todos estos últimos acontecimientos me hicieron reflexionar y concluir que el único camino para vivir en paz y armonía es:<br /><br /> Entregar el control de la política y los gobiernos a la Mujer.<br /> <br /> Tu lo dijiste! -Y te creí loco.<br /><br />Cato, hoy veo la necesidad urgente y radical de que la mujer tome ya, e imperativamente, el control directo sobre los arsenales de guerra y los elementos químicos como el Uranio y Plutonio; con que se construyen las bombas atómicas y con los cuales el hombre bruto, en la dirección que va, terminará por completo todo vestigio de vida en el triste planeta llamado Tierra.<br /><br />Es hora, que tú, yo, nosotros y todos, pensemos y analicemos la muerte de la mujer que ha levantado y formado una toma de conciencia en el mundo. <br />Ella lo dijo, lo expresó con su muerte: El hombre, el macho bruto, como lo defines tu, va a destruir completamente la vida en nuestra bella tierra.<br /><br /> Tú, yo, nosotros, ¡todos! Seamos conscientes de que se necesita un cambio radical; que la mujer debe tomar el control de todos los elementos que el hombre Bestia sólo utiliza para destruir y acabar con la vida de otros hombres, mujeres, niños y pueblos inocentes, con la única y estúpida razón de acumular más dinero y oro.<br /><br /> ¡Qué avaricia! ¡Dios Mío!, ayúdanos!, es algo incomprensible, imposible de aceptar a estas alturas de la civilización.<br /> Cato tu comprendes lo anterior mejor que yo, porque me abriste el camino para pensar en ello.<br /><br /> Por último, te contaré lo que más me tiene conmovido y aún no encuentro una explicación:<br /><br />Al entrar en un café encontré, por casualidad del destino, a una pareja de ancianos. Eran abuelos y estaban acompañados de un niño muy lindo de ojos azules. Al mirarlo, lo noté un poco ausente e hiperactivo; saludé respetuosamente a los ancianos y busqué en el lugar, una mesa para mi esposa y yo.<br /><br />Al sentarnos contentos, pedimos dos capuchinos con brandy, poco después, volví a la mesa de los ancianos y el niño; ellos eran viejos conocidos del barrio y de mis padres. Era una pareja sin tacha alguna en su pasado de ciudadanos; estaban tristes y el niño feliz comía su helado en la copa; los saludé y me puse a conversar unos minutos con ellos. Llevaba varios días sin verlos, comentábamos, sobre los nuevos grupos de hombres y mujeres organizándose para detener la violencia armada en el mundo, Latinoamérica y en especial en <strong>Colombia, Si en Colombia, Mexico y Argentina.<br /></strong><br />Al ver a tan lindo infante recordé al mío, dirigí la mirada y palabra al niño y le pregunté si había ido de camping, me respondió animadamente y muy contento, luego me contó alegre todo su viaje organizado por la escuela en los tres días que estuvieron en la montaña practicando este deporte. Esto me lo narraba mientras comía el delicioso helado; sin saber porqué, le pregunté: ¿qué quieres hacer el próximo verano? y el niño en silencio se levantó de la mesa, me miró y empezó a saltar en un pie y en el otro, como si estuviera saltando de cuadro en cuadro en un avión imaginario o jugando Rayuela, en el pequeño espacio que quedaba entre las mesas y ante la mirada llena de expectativa de la gente sorprendida que lo reconocían igual que a sus abuelos y padres. Volví, y, le pregunté mientras brincaba: ¿Qué quieres hacer el próximo verano?<br />Dejó de brincar, paró, me miró e ingenuamente se metió, muy despacio y sin dudar, las dos manitas en los bolsillos del pantalón buscando algo conocido en ellos; al no encontrar nada, miró a través de la ventana del café, a lo lejos, y se quedó unos segundos así, mirando muy ensimismado, buscando el Sol, ya muy lejano en esta época del año.</div><div><br />Muy despacio, me miró y luego, observó en forma detenida a la gente del café. De pronto, de sus bolsillos sacó las dos pequeñas manitas, las miró con atención, lentamente, las colocó frente a su pecho y las empezó a juntar por las yemas de sus deditos; yo pensé en mi silencio y por un instante que iba a decir una plegaria.<br /><br />El niño, mirando sus manos, como si en ellas guardara y protegiera con ternura infinita un colibrí herido, se quedó otra vez unos largos instantes en esa posición, luego, repentinamente las tiró hacia mí, las abrió despacio con un gesto conmovedor, y me soltó unas palabras que salieron con máxima alegría, del centro de su corazón: ¡¡Quiero conocer los chigüiros y <strong>la tierra de la banderita tricolor, del amarillo, azul y rojo!!<br /></strong><br />Yo, sin comprender estos gestos simbólicos, conmovido, igual que todos en el café, sólo pude agacharme y, tomando sus tiernas manos entre las mías, le dije todo emocionado: Yo te ayudaré. ¡Sí, yo te ayudare!, El próximo verano, te prometo que conocerás los “chigüiros” y la tierra de la banderita tricolor. Si te ayudaré!. </div><div><br /> Cato, me despedí y salí muy conmovido, tomé a mi esposa de la mano y fuimos a casa. Allí, en el café quedó Federico, el pobre niño huérfano de esa pareja Suiza que se suicidó hace unas semanas.<br /><br />En estos días, terminando mi tesis del doctorado en Antropología, me pregunto con imaginación, qué quiso decir el niño Federico con sus gestos o ¿dónde?, ¿cómo?, ¿cuándo? y ¿de quién? fue que escuchó hablar de los “chigüiros” y de esa tierra con banderita tricolor del amarillo, azul y rojo que yo le prometí ayudarle a conocer el próximo verano.<br /> Cato, todos mis abrazos y toda mi alegría en unión de mi esposa e hijo.</div><div><br /> Pierre Charbonell.</div><div> </div><div>Toronto </div><div> </div><div>Diciembre 28 del1996 "Dia de los inocentes"</div><div> </div><div>para Catico y la MUJER de la mirada: con un Mundo lleno de Ternura y Amor....</div><div> </div><div>Carlos Echeverry Ramírez</div><div>Colombia 1955...<br /><br /> <br /> </div><br /><div></div>Palabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-1163313526211280592006-11-11T22:24:00.000-08:002006-11-11T22:38:46.246-08:00Crónicas de barcelona--Carlos Echeverry Ramírez<a href="http://photos1.blogger.com/blogger/6876/1028/1600/Cato-Barcelona.1.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/6876/1028/320/Cato-Barcelona.1.jpg" border="0" alt="" /></a><br /><br />Crónicas de Barcelona (l)<br /><br />Fragmento<br /><br />Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO<br /><br />Carlos Echeverry Ramírez(Colombia-Canada)<br />----------------------------------------------------------<br /><br />Y así empezó su relato: Yo soy del Pacífico de Colombia, de un caserío cerca a Guapí. Un pueblo perdido en la selva, lleno de casas de madera, techos de zinc, con mosquitos y paludismo por cantidades y un calor del infierno. Todos somos negros o casi todos. Allí son muy pocos los blancos.<br /><br /> Allá empieza el mundo o también termina.<br /><br />Señor Gorka, usted es de Colombia y creo que conoce el pueblo y me puede ayudar a describir a los ancianos españoles cómo es la vida en ese lugar y cómo es su medio ambiente. Ah y antes de continuar les quiero pedir excusas otra vez por la forma tan repentina como les entré aquí esta noche en su reunión y sin estar invitado. Sí, por favor... me excusan los presentes si los asusté. <br /><br />Como les iba contando... en esa selva los ríos son grandes, hondos e inmensos y nunca se terminan. Se pierden en el horizonte al caer la tarde con soles rojos en una selva verde majestuosa y profunda. <br /><br />Que sólo en las noches oscuras y en medio de sonidos lejanos y extraños logramos entender que es única en el mundo. <br /><br />También creo que podemos sentir en ese silencio infinito sonidos de cada noche con los cuales nos abraza en el amanecer la presencia del creador de este mundo. De un Dios único al que todavía ningún hombre negro como yo le ha dado estos cinco dedos. -Y el negro mostró sus manos gigantescas y cansadas y muy llenas de callos del duro trabajo. <br /><br />En ese pueblo perdido en medio de la selva terminé mi bachillerato. Trabajando en el restaurante de mi tía Felicitas para pagar mis estudios. Ayudándola como mesero o como cocinero algunas veces. <br /><br />En mis tiempos libres me metía en la casa de mi tía Hipólita todo el día para leer sus libros de cuando fue profesora en el bachillerato. El restaurante de mi tía, ¡ay hombe! es muy bueno y queda en el aeropuerto. <br /><br />Todo el que llega a mi pueblo Guapí conoce el restaurante de mi tía Felicitas. Es el mejor que existe allí. La comida es deliciosa y el restaurante siempre está lleno de gente. Desde los funcionarios del gobierno hasta los miembros de todas las fuerzas armadas.<br /><br /> Todo el mundo va al restaurante de mi tía. Y así en medio de la vida y haciendo mis estudios un día, hace muchos años, con un par de amigos empezamos a notar en los niños vecinos de mi casa y del barrio y de los alrededores, unas enfermedades muy raras. ¡Ay Dios mío! algo que nunca habíamos visto en Guapí y mucho menos en la región. Algunos niños presentaban problemas en la piel. Cosas raras: manchas, erupciones, tumores, cambios de color, hongos y todo aquello que para mí es indescriptible esta noche. <br /><br />Muchos otros nacían con deformidades y retrasos mentales. En Guapí en los últimos treinta años, y entre mi generación, no existieron esos problemas. Mucho menos los incontables casos de Parkinson y epilepsia entre los niños y los ancianos.<br /> <br />Fueron pasando los años y no solamente yo y mi par de amigos éramos conscientes de esto sino que toda la comunidad empezó a notar y a sentir estas enfermedades raras, nuevas y desconocidas por todos y más aún por el grupo de médicos dirigidos por el doctor Vicente Ramirez, de Puerto Tejada, que en silencio asustados afrontaban y aceptaban incrédulos esta epidemia creciente como algo fuera de lo común y sin causa alguna, y mucho menos científica, entre la comunidad negra del Pacífico de Colombia que va desde la ciudad de Tumaco hasta Panamá.<br /><br />Algunos meses más tarde y un día después de muchos años de silencio en el pueblo, en una canoa llegó al embarcadero un respetable y cansado anciano con su mujer. Sudorosos y muy nerviosos contaban que habían visto, hacía muy poco, descargar en la playa del Pacífico de Colombia unas cajas metálicas gigantescas. Ese mismo día, al caer la noche, y cuando regresaba otra vez del mar a su rancho el hombre contaba que vio cuando llegaban en otros barcos y luego a la playa unas máquinas mucho más grandes y que despues manipulaban las cajas o contenedores y las trasportaban unos doscientos metros más adentro ya en tierra firme y muy cerca de su rancho semiescondido entre las grandes palmeras y árboles.<br /><br />El anciano nos contaba en aquel entonces que vio, incrédulo y asustado, que otras máquinas abrían unos huecos gigantescos en la tierra y después echaban las cajas en ellos y mucha tierra encima, hasta no quedar ninguna de ellas a la vista de persona alguna.<br /><br />Muy temeroso y pensativo -nos decía- me quedé a los días siguientes, cuando fui nervioso y asustado a ver dónde estaban enterradas las cajas. Sin poderlo creer comprobé que en ese terreno estaba como si nunca se hubiera enterrado nada.<br /><br /><br />Me fui asustado y corriendo al rancho y le conté a mi negra Margarita lo que había visto y ella me dijo como siempre muy tranquila: Nicolás, para qué te pones a ver cosas raras donde no te han invitado y más si son de esos hombres blancos. Me sirvió la comida mirándome reservada y me acosté muy regañado y preocupado.<br /><br />Este anciano negro, como cosa extraña y triste, al pasar los meses desapareció sin dejar rastro alguno. Nunca se le ha podido encontrar. Y hoy sólo se escucha el llanto desesperado de su anciana mujer y compañera después de cuarenta años de vida en común, de sus hijos y nietos buscándolo por todo el Pacífico de Colombia. <br /><br />El negro Washington se queda en silencio unos segundos después del relato y con los ojos cerrados nos dice: ustedes bien conocen que un negro joven es muy desconfiado con todo lo que escucha. Y más si viene del hombre blanco. <br /><br />Porque con todo su respeto les quiero decir que, tan solo mirar la forma en que desaparecen a las personas negras en Colombia y si abrimos bien los ojos y observamos detenidamente cómo vive la raza negra en ese país y en todo el mundo, es más que suficiente la miseria para uno como hombre negro estar arisco con todo el mundo y no creer en la palabra del hombre blanco. Y mucho menos en los monos ojizarcos del norte y sus queridos primos anglosajones quienes nos pusieron las cadenas hace quinientos años. <br /><br />Pero es que imagínense ustedes aquí presentes señores ancianos en esta reunión, aquí en Barcelona, y con todo su respeto, -el negro para de hablar y nos mira a todos entre risas, levanta su vaso vacío y dice muy tranquilo- a ver denme otro trago por favor con chicha o limonada, por favor señora Cecilia, perdón ¿así se llama usted? Sí, por favor deme mi ron con limonada, sin veneno por favor. -Continúa con el relato- ¡Salud a todos! ¡Salud señora! Usted señor Pacho que me escucha con tanta atención que a mí también junto con mi primo Bernardito, pobre hombre, el más pobre de la familia, ya ni dientes ni dolarcitos tiene el pobrecito y ya viejo y negro pues morirá como gallinazo negro. <br /><br />A él y a mí un día que nos tomábamos unos tragos en el rancho de Octavito el sacamuelas del pueblo, y bajo la luz de la coleman nos llegó el rumor que una gran loca, loquísima y que vivía en un palacio grandotote en la capital de Colombia, había autorizado a cambio de no sé qué dolarcitos, de esos verdecitos y de esos que le gustan tanto a Bernardito, mi primo, que ese material radioactivo y desechos de lo que se usa en las Centrales de Energía Nuclear de las más grandes ciudades de los Estados Unidos de Norteamérica, fuera entrado a escondidas de todo el mundo en Colombia y enterrado donde la loca esa, la tremenda loca, la loquísima del palacio creía que nadie se daría cuenta y nadie protestaría. <br /><br />Que ese hecho pasaría desapercibido en medio de la ignorancia de la raza negra y que si protestábamos algunos de los negros, pues sería más fácil matarnos a los negros malucos y desaparecernos sin rastro alguno. A que ese material radioactivo y altamente perjudicial para la salud humana y del pueblo fuera a ser entrado por otro lugar de Colombia y en la costa norte donde fácilmente las personas observarían entrar eso desconocido y avisar de inmediato a las autoridades y comunidades sobre este gravísimo hecho para la salud de todos los colombianos y latinoamericanos.<br /><br /><br />Después que desapareció don Nicolás, el anciano aquél y el primero que junto con su esposa dieron la noticia en el pueblo de Guapí sobre estos desechos radioactivos y altamente peligrosos para las comunidades del Pacífico de Colombia, todo aquel que medio habla de este suceso en Guapí, las veredas o las cantinas, la iglesia, o restaurantes, la cancha de fútbol, el aeropuerto, las escuelas desbaratadas y con maestros moribundos y sueldos empeñados o donde sea y en las tales junticas de acción comunal o en cualquier otro lugar, son desaparecidos del todo y sin rastro alguno.<br /><br />Son centenares los desaparecidos y nadie sabe dónde están. Nadie investiga tampoco porque también será desaparecido. <br /><br />No sabemos quienes están desapareciendo a estos negros porque son muchos los enemigos que tiene esta raza y son también muchas las Multinacionales y Corporaciones y los grupos armados que quieren que abandonemos las tierras, los asentamientos de las negritudes, para invadir nuestras tierras llenas de oro, platino, bauxita, uranio, y el medio ambiente con mayor biodiversidad que existe en la tierra. <br /><br />Algunas veces entre los habitantes del caserío de Guapí hemos pensado que esa mujer de la bruja Matilde y demás brujas y decenas de brujos que existen en el pueblo y sus alrededores podrían ser quienes desaparecen a las personas.<br /><br /> También escuchamos otros rumores más extraños y que se escuchan selva adentro. <br /><br />Como aquella del negro Ernesto, el cajero del Banco Agrario, que toda su vida fue un prestamista y agiotista sin alma, que en tres días se murió estornudando cada 12 segundos y de pena moral cuando supo que a su hermano menor el Betico lo había dejado seco un murciélago gigantesco que azota desde hace años la comunidad del Baudó y que arrastrándolo por los aires desde la puerta de su rancho como un huracán se lo llevó a más de un kilómetro de distancia por el aire en la temible noche y luego lo depositó suavemente en un playón del río en la curva de la negra Isabel. <br /><br />Cuentan al otro día que la negra Isabel se levantó muy tranquila esa mañana para hacer una aguapanela, cocinar unos plátanos y fritar el pescado, como era su costumbre. Se encomendó a Dios por su vida, besó el escapulario y la medallita de San Benito con fervor que le había regalado el cura Óscar; prendió el fogón en la parte trasera de su rancho, atizaba los maderos y avivaba la llama tarareando una melodía y entre bostezos miraba también entretenida el río, al igual que todos los días. Y creyó en un instante que estaba alucinando al ver un brillo extraño en el río. A unos cincuenta metros de distancia dentro de las anchas y apacibles aguas. ¡Muy extraño!... -pensó la negra Isabel-, y caminó fuera del fogón. Más rara se sintió cuando vio que eso que brillaba como un espejo parecía llamarla desde el playón. Caminó nerviosa por el camino con dirección a la orilla del río, sacó de entre sus caídos y arrugados senos el escapulario con la imagen de José Gregorio Hernández, la Virgen de Guadalupe y la medallita de oro con la cara de Simon Bolivar y lo besó otra vez sintiéndose invencible en su fe, deseando que las serpientes se alejaran de su camino y no estuvieran por esos lados porque con la creciente del río y la luna llena de la noche anterior era el momento indicado para que estuvieran por el lugar.<br /><br /> Llegando asustada a la orilla del río y dándose la bendición otra vez para mirar mejor lo que la extrañaba, sólo pudo exclamar asustada: Dios mío... ¿qué es eso? Luego caminó un poco más a un pequeño alto en la orilla del río para poder apreciar con mayor claridad lo que había visto con desconcierto desde su rancho y en el corto camino recorrido. <br /><br />Se puso como pudo las destruidas gafas con un solo vidrio plástico de su difunto marido y logró distinguir en la distancia a un hombre muy dormido en la paz eterna entre el brillo de las mansas aguas y las blancas piedras del río. Muy quieto allá en las anchas y titilantes arenas del playón. <br /><br />Asustados y aterrados quedamos nosotros los del grupo de rescate del cadáver cuando fuimos a recogerlo y encontramos al muerto en el playón del río.<br /><br />El cuerpo estaba en posición muy rara e ilógica, como si se hubiera recostado lentamente y acomodado con toda tranquilidad en un montículo de arena del playón. Este cadáver se nos presentaba como recién bañado y afeitado. Con toda su ropa todavía en él. <br /><br />Algo sorprendente para todos los que estábamos presentes. Mientras fumábamos y amarrábamos la lancha pudimos observar que el cadáver del hombre negro conservaba aferrada a él una antigua y muy bella cruz de plata en la mano izquierda y en la cual estaban escritas las palabras: Toht. <br /><br />Terminando mi cigarrillo y mirando eso tan raro en ese cristiano con esa posición en la arena del playón, pude observar como todos los presentes en ese instante del rescate que el rostro del difunto se veía en mucha paz. <br /><br />La expresión del rostro que mostraba nos indicaba que había muerto sin ninguna pena. Mostraba una sonrisa santificada y plena que lo hacían parecer como un iluminado. Como un escogido entre todos los hombres de esta tierra y todos creímos con certeza después de observar detenidamente su cuerpo y su cara en ese instante que quizás estaba predestinado a reencarnar en pocos días en un ser especial. O en un ángel en nuestra vida por venir. En un Cristo negro. <br /><br />Todos asustados y después de prender otro cigarrillo no sabíamos qué hacer en ese instante y ante este cuerpo negro. <br /><br />Era algo nunca visto por nosotros. También discutimos y estuvimos de acuerdo los del grupo de rescate que este iluminado, este escogido, además de parecer en ese momento un Cristo negro parecía que estuviera despidiéndose muy feliz de la ingratitud, la violencia y la avaricia del hombre blanco en todo el mundo y en toda la historia de este universo.<br /><br />En horas de la tarde, ya muy cansados y con hambre, al llegar en la lancha al muelle de Guapí nos sorprendió ver la inmensa romería de personas. Nunca se había visto tanta gente para ver un muerto en el pueblo. Aunque este muerto era muy diferente. En ese instante nos encontrábamos con algo desconocido. <br /><br />No entendimos por qué tanta gente lo esperaba en el embarcadero si horas antes nadie en el caserío sabía de su llegada. -A ver un trago doble por favor ¡Salud para todo los presentes! Como les iba contando, a su entierro vinieron muchos que no lo conocieron en vida. Asistieron todos sus familiares y amigos, hasta los perros de los otros caseríos también vinieron y aullaron en forma extraña a la luna llena dos noches seguidas. En el río los peces brincaban fuera del agua como nunca antes. Algo muy raro y nunca visto con un muerto. <br /><br />Lo más extraño era que todo el mundo quería estar cerca del difunto, conocerlo o alcanzar a tocar su cuerpo. Para así lograr sacar de él y guardar en ellos un poco de paz y tranquilidad que este Cristo negro trasmitía y que sintió toda la gente de Guapí cuando llegamos con su cuerpo.<br /><br />El entierro fue el más grande que se conozca en la vida de mi caserío y del pueblo. No hubo fiesta como ocurre con los entierros de los niños negros. Por eso cuando un niño negro nace todo el mundo llora. Sabemos que viene a sufrir y a llorar las injusticias del hombre blanco y cuando muere un niño negro todo el mundo canta y es alegría plena porque por fin dejó este triste e injusto mundo del hombre blanco. <br /><br />En el entierro de este hombre hubo silencio por tres días. Parecía una Semana Santa cuando llegamos con los restos, todavía se escuchan en eco las plegarias y sonido interminable de los tambores elevadas al cielo esa noche. <br /><br />Al domingo siguiente del interminable entierro todavía lo lloraban los que lo conocieron, mientras los que no lo conocieron se preguntaban a cada instante y a todos quien era ese hombre, la vida volvió a su rutina normal y no sé por qué también ese mismo día y antes que me desaparecieran a mí como a los centenares de negros que han desaparecido después del entierro decidí salvar mi vida y me entraron ganas de conocer esta España. <br /><br />Juntando mis ahorros y con recolecta entre los amigos y los conocidos del pueblo y con una rifa que hizo mi tía Felicita de la cruz de plata con el cristo que se le encontró en la mano al hombre negro viajé en un destartalado avión a Bogotá y luego me monté en un lujoso jet para Madrid. <br /><br />Al llegar al aeropuerto Barajas me preguntó un hombre de la policía o aduana -yo no sé qué era, ya que todos se me parecen- si yo era futbolista. Que en qué equipo iba a jugar. Y yo sin respuesta alguna le seguí la corriente y le respondí de una que en el equipo del Cristo negro. Y el hombre del control en el aeropuerto sorprendido me preguntó que cuál era ese equipo y que de dónde era. Y yo le respondí atacado de la risa nerviosa que me dio, -ay Dios mío si quiera me ayudaste- y le respondí: señor, con todo su respeto... aquel equipo que nadie ha visto jugar todavía aquí en Europa. Por eso vengo a formar un equipo como hay en el pueblo mío, allá en la selva y que llevará como estandarte esta cruz de plata. Y se la mostré con alegría en medio de mis risas en mi mano izquierda levantada como si fuera un trofeo de guerra.<br /><br /> El hombre la miró entre asustado y sorprendido con su brillo natural. Sin dejarlo respirar le conté rápido, aún sin salir de su asombro, la historia de la cruz de plata y su cristo en ella. Y cómo el difunto hombre negro la tenía en sus manos cuando lo encontramos en el playón del río. El policía escuchando me observaba atentamente, y en forma muy tranquila me dijo: bienvenido a la Madre patria.<br /> <br />El hombre bajó su cabeza y selló mi pasaporte. Me miró por última vez, medio sorprendido y sin creer todavía y como si fuera un niño triste y muy solitario en este mundo y que recobraba para el resto de su vida la alegría y la paz perdida en esta tierra con aquello que acababa de escuchar y de mirar en ese instante. Y yo por dentro a carcajadas con el cristo de plata que brillaba en la mano como en el playón del río y como si fuera ahora un gigantesco fusil que me había regalado el que se lo ganó en la rifa en el pueblo y que por miedo y pánico al no poder dormir me la regaló apresurado y agradecido de no tener más esa cruz con él.<br /><br />Después de un largo silencio mientras nos observaba el negro Washington nos dice muy tranquilo y seguro de sí mismo: a mí no me da miedo de los muertos, me da miedo de los vivos. Por eso aquí en España cargo mi cruz conmigo a todo segundo. Y la sacó de su bolsillo y nos mostró la antigua y bella cruz de plata. <br /><br />Los ancianos no podían creer todo esto en medio del miedo que sentían, sin embargo uno de ellos dijo: Chaval, eso se merece un brindis de todos. A ver Gorka un trago y sin veneno todavía para este hombre, -mientras Gorka sirve el trago los ancianos hablan de ellos asustados con esa historia de la cruz y la historia del hombre negro. Continúo con mi relato, -dice el negro Washington. <br /><br />En Madrid, en el aeropuerto, me entró el miedo cuando llegué. Allí todo era muy rápido, la gente anda a las carreras, las parejas se dan besos de despedida como si se fueran a morir poco después, todo es rápido y uno acostumbrado a mi pueblo, allá en la selva que todo se hace cuando uno siente ganas y quiere, pues me entró un miedo y una soledad tremenda, ¡ay madrecita santa, para qué me vine a España!, es lo que me digo a cada instante. <br /><br />Luego salí del aeropuerto muy asustado y perdido, cogí un bus para la terminal de trenes. En ese lugar me puse a esperar a que saliera el tren para Barcelona. En esa gran ciudad de la capital de España sí que me sentí perdido. Y como tenía por destino a Barcelona pues cogí el tren con lo poco que me quedaba para viajar, guardando algo para el hotel aquí cuando llegara. Y aquí me tienen todos. Llegué sólo a sufrir.<br /><br />Ustedes no saben lo que he llorado aquí en esta ciudad de Barcelona, aquí aprendí a vivir acelerado, así como es la vida en Madrid, encontré lo que no había buscado y nunca quise o soñé. Pero me ha llegado es todo lo que quieren y sueñan los otros hombres del mundo y en especial los blancos. Yo no quería lo que encontré aquí en Barcelona y que ahora en los tres meses que llevo en esta ciudad lo topé tan de repente. Ya les voy a contar qué es... salud todos y espero no les dé miedo con mi historia. -Y todos brindamos por el relato del negro Washington-, ¡ay señor Gorka como estoy de contento de encontrarlo y de estar aquí con ustedes esta noche!<br /><br /><br />Les quiero decir también que estoy muy arrepentido de haber dejado mi selva ancha y profunda, de haber dejado mi negrita, mi flaquita bella, una mujer sencilla y buena a morir, una hembra bella y fuerte. ¡Ay Dios mío, cómo la extraño! Y cómo me hablaba al oído, escuchar su risa y su voz era mi gloria. Ay mi amor mi dulce amor....<br /><br />Recuerdo que ayudaba a todos los ancianos, como ustedes, ya que trabajaba como enfermera. Los dos pasábamos las horas felices en silencio mirando juntos el río y siempre lo veíamos diferente. <br /><br />Las palmeras tenían su danza mágica en las tardes y la brisa de la tarde nos traía murmullos cotidianos que eran como canciones de cuna y las lluvias de la noche germinaban la vida de todo aquello que sembraba yo en el huerto durante el día. <br /><br />Éramos pobres pero la vida era amable y buena. Mi mujer me quería por lo que yo era. Así no tuviéramos mucho que darnos ni qué comer. Siempre teníamos lo suficiente para los dos y lo poco lo compartíamos.<br /> Ella me ayudaba en todas mis decisiones y cuando me enojaba me cantaba canciones y se me pasaba la rabia y así me hacia reír y me olvidaba de todo.<br /><br />Aquí en España todo el mundo me mira como un animal raro. Aquí me di cuenta de lo que vale en estas tierras un hombre negro y, además, con la marca de ser colombiano. Como para rematar la cosa. En Barcelona la he pasado de pensión en pensión como las putas feas y pobres, me ha tocado vivir con penurias en la llamada Madre patria. <br /><br />Me echaron de la última pensión, según ellos porque gastaba mucha agua. Como me bañaba dos veces al día me preguntaban si estaba enfermo. Cuando allá en mi pueblo, al lado de mi negra, nos bañábamos en el río a toda hora, y en la casa cuando queríamos; teníamos mi negra y yo el agua de los grandes ríos y por eso de todas las pensiones me han echado y puse el récord de 7 pensiones en 21 días. A ver, a ver, a ver, cómo es señor Gorka, señora Chechi y señor Pacho... dónde está mi trago y ¡sírvame uno por el alma de los muertos de este mundo! Salud todos. -Y el negro levantó la copa y todos brindamos por el porvenir.<br /><br />Desde el fondo del corredor pudimos escuchar la Marí Carmen que regresaba con las velas y venía cantando una canción aquella de Lili Marlen y de los años cuando estuvo en Alemania y le tocó soportar la guerra, venía cantando por el corredor y todos nos pusimos a escuchar la melodía, y al entrar a la habitación dice: ¡Ay hijueputa, qué susto! ¿Quién es este puto negro y qué hace aquí? ¿Oiga cojones de dónde salió este esperpento? ¡Qué susto! Y todos reímos de ver la expresión de la Marí Carmen al encontrar al negro Washington sentado entre nosotros. -Señora perdone el susto que le hice pasar, mi nombre es Washington. El negro levantándose con respeto le dio la mano a la María Carmen. <br /><br /><br />Mi nombre es Marí Carmen, respondió ella. Soy de Sevilla y si no traigo las putas velas nos quedamos sin luz. Majo ¡qué susto el que me has dado!, por poco me orino en los calzones. Y los ancianos reían con la Marí Carmen. <br /><br />Yo, sorprendido con lo vivido esta noche caminaba a la ventana y recordaba algunas cosas que más tarde les contaré.<br /><br />Bueno, pido la palabra, -dice el negro. Les sigo el relato: así de pensión en pensión me quedé sin dinero y sin saber cómo iba a poder sobrevivir ya que en todas partes me miraban como animal raro. O como le dicen a ciertas cosas feas en Colombia y a la negra Piedad : parece un orangután con cola.<br /><br /> Una noche desesperado y después que ya llevaba durmiendo en un parque 10 días y en una hamaca que me traje de Guapí me despertó un anciano.<br /><br />Me asusté mucho porque era un rubio de ojos azules y muy blanco. Cuando lo escuché hablar me sorprendió que fuera tan amable, me invitó a tomar un café, me preguntó si había comido y le dije que no.<br /><br /> Me invitó a comer y así entre charla me preguntó si quería una copa de vino. ¡Ay mi diosito santo!, y yo que llevaba varias semanas sin probar una gota de alcohol me pareció como una bendición. Pues les cuento que me tomé dos cartones de eso que llaman tinto y rioja y tranquilamente me fui a dormir otra vez. Quedé de verme con el anciano al otro día. Llegué al parque donde dormía y del morral que siempre cargo como los valientes muchachos, volví a sacar mi hamaca y esa noche la colgué de nuevo entre las mismas palmeras que ya conocía y que eran mis dos únicas amigas y que me recordaban a mi tierra y que cada mañana abrazaba porque pensaba que eran mi negra y mi selva bella, verde y profunda del Chocó.<br /><br /> Esa noche dormí delicioso. Había quedado con el anciano en que al día siguiente desayunaríamos juntos. A las 6 a. m. me desperté antes que llegara la policía y me fui a las duchas públicas de la playa y me bañé. Fui al café en la Plaza Real donde el anciano me citó y allí lo encontré. Estaba como la noche anterior, amable y muy tranquilo. Me hizo recordar al muerto que había encontrado en el río hace unos meses. Al Cristo negro.<br /><br />Continua …. <br />©Carlos Echeverry Ramirez -2006<br />Colombia<br />©Caer. 2006<br />Catonet Comunicaciones Grupo <br />Reservados todos los derechos de propiedad intelectual ante CIPO y WIPO<br /><br />fitofeliz@hotmail.comPalabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-1162376189012126792006-11-01T02:06:00.002-08:002006-11-01T02:16:29.016-08:00Crónicas de barcelona ISBN ISBN 0-9683701-1Crónicas de Barcelona ISBN 09683701-1 Carlos Echeverry Ramirez <br /><br /><br /><br />Carlos Echeverry Ramírez(Colombia)<br /><br />Reservados Todos los dderechos de Autor ante CIPO y WIPO<br /><br /><br />Crónicas de Barcelona ISBN 0-9683701-1<br /><br /><br /><br />Gorka miraba por horas fascinado que siempre se paraban de sus sillas o del sofá donde estaban sentados al escuchar las melodías y sin mirar para ningún lado movían lentamente sus cuerpos al ritmo de la música y cerrando los ojos bailaban recordando aquellos momentos e instantes cuando tuvieron a sus diosas coronadas en momentos de años mozos en sus vidas. <br /><br />Tiempos que fueron jóvenes y bellos y quizás también fueron dueños del mundo por un instante. Aunque sólo hubiera sido el pequeñito y minúsculo mundo de ella y él. <br /><br />Compartiendo juntos esos días llenos de grandes momentos cuando escuchaban "los te quiero", -yo también-, ¿siempre me amarás? -Sí mi vida siempre- ¡júramelo! -Sí amor te lo juro-, ¿me serás siempre fiel mi vida? -¡Sí amor siempre!, -déjame termino la tesis y te doy un hijo. Y todas estas palabras ya lejanas para muchos y los dos en este momento. Y así la vida tuya y la nuestra se les fue y se nos fue, se nos fue... de las manos, escuchando palabras y sonidos en monólogos durante tantos años pasados, ¿recuerdas amor?, esas palabras son sólo palabras, y que hoy forman la parte triste de aquello llamado: El olvido. <br /><br />Algunas veces que él bailaba entre ellos quería en esos momentos eternizar para todos y para ellas, en la habitación de la reunión en Barcelona esos segundos en los cuales nos sentimos dueños del mundo. Cuando nada nos importaba. <br /><br />Que ellas recuerden cuando eran unas Diosas Divinas. <br /><br />Unas de las más bellas entre las bellas. Y que los aplausos y la admiración los recibían por doquier. En todas partes. Y sobre todo en las grandes pasarelas y desfiles de la moda efímera llenas de luces y flash. <br /><br />En los grandes recintos académicos de las universidades de Boston, París y Barcelona. En Londres o Singapur las ovacionaban igual que en Caracas o Berlín y en Bogotá, Río o en Madrid, Rosario y Ámsterdam y Ciudad de México o Guadalajara. <br /><br />Amor mio mi dulce amor...recuerdas cuando escuchabas los aplausos de los poderosos y que al final eran sólo mediocres que te aplaudían sin parar y reías mucho en esas noches y en aquel entonces y eras la más bella. <br /><br />Que ponías tranquilamente e indiferente el precio al mejor postor y como querías.<br /><br />Que mirabas segura a todos los hombres, que los dominabas con tu mirada y que de todo creías tener el control. Convencida estabas que podías conquistar el Mundo y tenías a tus pies todo, donde y cuando lo querías y eras muy joven en aquel entonces....<br /><br />Que sin esconderlo decías al "hombre de turno" casi en llanto y al final de la noche en medio del licor, la heroina y la cocaina, bajo las luces de neón o en las habitaciones en penumbra llenas de espejos o caminando angustiada en las angostas y oscuras callejuelas y buscando, buscando un Hogar le decías: "Sólo te pido que me quieras un poquito". <br /><br />Era lo que le decías desesperada implorando por el Amor ...en esos segundos eternos en ese instante cuando susurrabas al oído, al nuestro, al de todos ellos, Buitres asquerosos y aves de carroña y marineros de barquitos de papel ... y más que todo aquel que no has podido olvidar nunca, nunca y despues de todo aquello : el mío. <br /><br />Tu aliento, tu risa al amanecer como murmullos alegres, y escuchábamos el trinar de pájaros con la aurora, tu sangre, nuestro hijo... aquel que pudo ser y nunca lo fue. "Te quiero más que nadie en este mundo", le decías al “hombre” aquél cuando hacías en ese entonces tu tesis de grado y esperabas la homologación de tu titulo. <br /><br /><br />Ya hoy recuerdas cuando juntos besábamos felices el Universo en noches alegres de amaneceres suaves y tibios con olor a mango dulce. <br /><br />Allá en la ardiente llanura de la vida, en en la ciudad de cali y en aquellos felices dias de Enero y besabamos la noche eterna, tu vida, la nuestra, la vida de todos en este mundo. Y que ya hoy en día es tan solo dolor y llanto en tu vejez y en la mía. <br /><br />Cuando también creían ellos dos juntos y solo los dos en medio del canto de las cigarras y los colibríes al mediodía y debajo de los siete gigantescos palos de mango del patio de tu casa, allá en la llanura, los dos en medio de besos ardientes y lunas llenas en la noche corta, creíamos equivocadamente que el Amor era eterno. Que me serías siempre fiel, antes que él. Y que al oído le decías con ternura: Seré siempre tuya amor...<br /><br />Le hiciste creer que íbamos a ser jóvenes y bellos y que los amaneceres eran siempre nuestros. Lo abrazabas y me hacías sentir dueño del mundo. Lo besabas todo íntegro y le decías: todo lo tuyo es mío amor, y lo mío era todo tuyo. <br /><br />Así lo hacías sentir y te creí ciegamente como un niño. Le hiciste soñar en que todo era nuestro. Que por estar juntos merecíamos todo y nos apropiábamos de todo y del mundo como si fuera nuestro también y sin tener la suficiente madurez y conocimiento, experiencia y sabiduría, para adueñarnos de la brisa con sus atardeceres rojos en la llanura. <br /><br />Sin pensar más en todo lo anterior de su vida, amor, mi dulce amor, por qué ahora que está bailando lentamente y que el cuerpo ya no le responde por los dolores y su rigidez, y que está desdentado y lleno de arrugas, viejo, calvo y que sólo quiere decirte con alegría en su cara, esa que es tu cara también y fue la nuestra, la de ellos, la de nosotros y con sus risas y besos compartidos y alientos tuyos y míos, y que es la vida de todos los aquí presentes en la habitación mía, en Barcelona y en este mundo. Tu mundo, el de tu madre y tus hermanos...y tu familia. <br /><br />Quiere decirte que sólo le quedan las ilusiones de aquellos días cuando lo pusiste a soñar como un niño en un mundo mejor. <br /><br />Un mundo más justo y más solidario para todos los hombres, mujeres ancianos y niños de este mundo. Le enseñaste a construir un mundo sin hambre y sin miseria y me enseñabas a soñar y amar un futuro para los dos. <br /><br />Para todos, para todo el mundo entero. Le enseñabas a querer el Amor en los amaneceres que eran fríos y sólo teníamos un colchón viejo en el piso y cuando todavía no le habían robado las ilusiones y creía en ti. Y todos los presentes en esa habitación de la pensión en Barcelona creíamos en ti.<br /><br />En ese mal llamado Amor... y en el mundo y en la justicia que nos rodeaba. Creía en ti. Cuando era más joven y todavía te esperaba.<br /><br />Esta noche amor, mi amor mi dulce amor de la llanura con amaneceres con olor a fruta dulce y arenas ardientes, cuando quizás nadie te espera... tú, una anciana igual a ellos, y por allá lejos muy lejos de mí y de nosotros aquí pensando y deseando que tu vida y la de ellos no sea dura... Ancianos todos y cuando nadie nos espera ya tampoco ni en ningún lugar y que sólo nos espera la Muerte como a todos los ancianos que he conocido y por los otros que cotidianamente comparten conmigo esta habitación y esta fiesta de despedida a ella.<br /><br />Hoy en día y en esta noche y únicamente esperando la muerte, cada noche es una despedida y un canto a la vida y un rechazo total a la ilimitada violencia que existe en este mundo. <br /><br />Una protesta a este injusto mundo.<br /><br />Carlos Echeverry Ramírez<br />Es miembro de la Union de Escritores de Canada<br />para Catico.<br /><br />fitofeliz@hotmail.comPalabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-1162375827465508742006-11-01T02:06:00.001-08:002006-11-01T02:10:27.470-08:00Crónicas de Barcelona<a href="http://photos1.blogger.com/blogger/6876/1028/1600/Mascaras.3.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/6876/1028/320/Mascaras.3.jpg" border="0" alt="" /></a><br /><br />Crónicas de Barcelona (l) ISBN: 0-9683701-2-8 Carlos Echeverry Ramírez <br /><br /><br /> <br /><br /><br /><br /><br />Crónicas de Barcelona (l) Fragmento<br />Reservados todos los Derechos de Autor <br />Ante CIPO Y WIPO<br />©Carlos Echeverry Ramírez- Colombia-Canada<br />Es miembro de la Union de Escritores de Canada<br />Crónicas de Barcelona<br /><br />ISBN: 0-9683701-2-8<br /><br /><br />Para todas las Mujeres de argentina y en especíal a su más digno representante y exponente...<br /><br />Fragmento<br /><br />Me paro en silencio y camino despacio, muy despacio, hasta la ventana. Quiero sentir la brisa y el olor a mango dulce. <br /><br />Es quizás esa nostalgia por la brisa del Caribe que me lleva a la ventana para viajar con la mente a aquellos lugares donde fui feliz. <br /><br />Miro a través de la ventana y todo es silencio. Siempre encuentro el silencio al final de todo. Siempre. ¿No sé por qué? pero el silencio está allí a cada instante de mi vida. <br /><br />La calle está tranquila, hay poca gente, y Gorka observa a través de la distancia jóvenes caminando desviados, extasiados, consumiendo hachís y heroina por toneladas. Con sus walkman escuchando ese rap y ese rock de la música de mierda gringa, mientras caminan a las conocidas Ramblas de Barcelona.<br /><br />La brisa suavemente entra en la habitación, la siento y la disfruto como cuando tenía doce años y salía por la tarde de cine del teatro Bolívar en la ciudad de Cali y me venía caminando con mis amigos por la avenida Sexta.<br /><br />Ahora sólo escucho a lo lejos que suenan las putas campanas de la iglesia como todos los días, desesperadas buscando clientes arrepentidos y manipulados por el sentimiento de la culpa y por los curas.<br /><br />Y ¿dónde estarás my darling y mi trucutu? <br /><br />Muchísimas veces se preguntaban los ancianos cuando veíamos pasar las morenas o las rubias escandinavas y que a veces mirábamos por la ventana o desde nuestro balcón. <br /><br />¿Dónde estás mi amor?, y observábamos con los cuerpos y las risas desdentadas y las ilusiones ya idas con los años, recordando los atardeceres rojos a la orilla del mar o en las montañas con sus sombras entre los árboles buscando lugares dónde terminar el día. <br /><br />Gorka apenas escuchaba los ancianos con sus quejas del amor lejano y observaba sus miradas que buscaban en aquellos años idos y muchas veces también igual que ellos decía y repetía lo mismo.<br /><br /> -¿Dónde estás mi amor...?<br /><br />©Carlos Echeverry Ramírez<br />Toronto Noviembre del 2004<br />Para catico.<br /><br />Reservados todos los Derechos de Autor<br />ante CIPO Y WIPOPalabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-1161525348878312782006-10-22T06:27:00.000-07:002006-10-22T06:55:48.896-07:00Carlos Echeverry Ramírez- Colombia- Nuestros perros ladran...Para ella con la mirada diafana y transparente... y qué solo espera Feliz un nuevo latir de corazón en su Ser.<br /><br />Nuestros perros ladran<br />ISBN:0-9683701-1-X <br />Carlos Echeverry Ramirez<br /><br /><br /><br />Nuestros perros ladran otra vez<br /><br /><br />Al bajar de la montaña y mirando el valle jamás pensé que esas cosas pudieran pasarme.<br />-¡Llovió por estos lados!, dijo Catalina, bajando el volumen de la música. Y al observar que la carretera estaba húmeda disminuí la velocidad del Mercedes Benz. <br />Sorpresivamente al frente del automóvil frenó peligrosamente un jeep con pasajeros. Reaccioné de inmediato y traté de parar mi carro. Pero el Mercedes se deslizó sobre el asfalto y mientras lo hacía una joven mujer salió del borde de la carretera para montarse en el jeep.<br /><br />En décimas de segundos y tratando de eludir el accidente y para no matar a la mujer tiré hacia la izquierda el viejo auto y lo estrellé contra el jeep en el lado izquierdo trasero con el lado delantero derecho del automóvil. Siendo la farola lo único grave del accidente entre los dos vehículos. <br />La mujer que estaba subiendo al jeep perdió la estabilidad en el tremendo susto y cayó a un lado de la carretera. <br /><br />En otro lugar arriba en la montaña, y a unos veinte metros de altura y del lugar de los hechos narrados, en un improvisado rancho y desde una de sus rústicas ventanas -de donde cuelgan geranios en tarritos metálicos- Juan, el esposo de María, segundos antes al despedirse le había enviado con su mirada y con un gesto cariñoso un último beso y un adiós. <br /><br />María iba muy feliz al hospital para el control de su cuarto mes de embarazo. Llevaba varios días haciendo planes para el futuro de su bebé, acariciando su barriguita diariamente y diciéndose en compañía de la fresca brisa de los atardeceres mientras esperaba cotidianamente que su esposo regresara de la fábrica donde trabajaba como obrero especializado.<br /><br />-Hijo mío, cuando crezcas tienes que ser un líder. <br /><br />-¡O lo que sea!, quiero que seas un hombre bueno y siempre ayudes a la comunidad.<br />-¡Siempre, serás un hombre de paz! <br /><br />De esta forma María se entretenía en las horas con los rojos y amables atardeceres, cuidando las plantas de legumbres y bellas flores de su jardín. <br />Cuando se sentía bien se iba con otras mujeres amigas y vecinas a trabajar la agricultura en el Jardín Comunitario que la gente de la vereda, después de mucho esfuerzo, habían logrado establecer.<br /><br />En el momento del accidente, y desde la distancia, angustiado la vi caer sobre la hierba a un lado de la carretera. Recuerdo que reaccionó levantándose de inmediato. <br />Nítidamente observé entre las imágenes sus ojos buscándome con la mirada suplicante mientras escuchaba aterrorizado los gritos de la gente que iba en el jeep. <br />Me bajé del auto como un loco y corrí hacia ella.<br /><br />La abracé, y le pregunté si estaba bien.<br />Me miró en forma extraña y con dificultad para estar de pie. <br />Después, poco a poco, me fue hablando angustiada y muy despacio -por su dificultad para respirar- mientras yo iba sintiendo una tristeza nunca experimentada en mi vida. Miraba con pánico cómo ella, desorientada y con terror, trataba inútilmente de proteger su vientre con las manos. Para terminar diciéndome estas palabras: <br />-¡Tengo mucho dolor aquí! <br /><br />En ese momento comprendí que estaba en embarazo. <br />De repente, y sin darme cuenta de nada, llegaron decenas de personas. Entre ellas un grupo de hombres armados los cuales me encañonaron y olieron mi aliento.<br />Querían saber ellos si el conductor del auto estaba borracho.<br />Se calmaron. No era la irresponsabilidad de un conductor ebrio.<br /><br />Las aspas del radiador, que enfrían el motor del automóvil, habían quedado golpeándolo causando un sonido repetitivo que aumentaba la angustia que sentían en el lugar del accidente todas las personas que presenciaban los dramáticos hechos.<br /><br />Catalina, mi esposa, asustadísima y temblando, como pudo y en medio de su trauma por el accidente no sé cómo logró apagar el auto para acabar con ese sonido infernal de las aspas del motor golpeando el radiador.<br /><br />Juan, el esposo de María, con sus amigos y vecinos de la invasión y rodeándome con cuchillos, machetes y armas de fuego, nos dijeron que debíamos trasladarla rápidamente al hospital. <br /><br />Entre todos los hombres corrimos el radiador y pusimos en marcha el automóvil. Tres de ellos venían con nosotros para evitar, según ellos, que escapáramos del lugar del accidente.<br /><br />Al llegar lo más rápido posible a un pequeño hospital, y el más cercano al sitio de los hechos, un médico la examinó, y nos dijo a todos que aparentemente no había golpe alguno en el feto y que tampoco existía sangrado. Sin embargo la remitió al Hospital Central del Seguro Social, para que estuviera en observación intensiva bajo el cuidado de un especialista.<br /><br />En el hospital del Seguro Social, y con todo su corrupto sistema administrativo y operativo que lo acompaña, nadie la quería recibir.<br /><br />Sin embargo por intermedio de mi primo, el cirujano plástico, más la presión de toda la gente armada que nos acompañaba logramos que la ingresaran en la sala de urgencias lo más rápido posible.<br /><br />María en el hospital, y con calma impresionante, miraba la angustia y el caos de todo este mundo a su alrededor. <br />Yo sigo sin encontrar palabras para describir lo que sentía en esos interminables y angustiosos minutos que estuve con ella y con su esposo esperando desesperados que ella fuera atendida.<br /><br />Al llegar la noche, y después de que María quedó en estricta observación y cuidados intensivos, fuimos con Juan a la casa donde vivíamos Catalina y yo en el barrio Versalles, de la ciudad de Cali, y nos sentamos en nuestra amplia y cómoda sala. Sincerándonos el uno al otro le pedí a Juan que por favor entendiera que lo sucedido había sido un accidente y que nunca fue mi intención causar daño a su mujer con el automóvil.<br /><br />Que ella y su bebé no corrían peligro alguno.<br /><br />Al día siguiente y en la noche, después de haber estado en la mañana con María en el hospital, en nuestra casa los perros ladraron en forma extraña.<br />Miré desconfiado por el orificio de la puerta y era el esposo de María. Cuando abrí la puerta, repentinamente y aterrorizado me sentí empujado al interior de mi casa por varios hombres armados.<br />Segundos más tarde supe que lo que querían era negociar conmigo el daño causado a María en el infortunado accidente.<br /><br />No sé por qué, pero no sentía miedo alguno. Muy tranquilo los invité a la sala de mi casa y saqué una botella de ron, les ofrecí un trago, el cual tomaron gustosamente. En ningún momento brindamos por nada. <br />Catalina no estaba en casa. Alfredo salió minutos más tarde de su habitación y se puso pálido cuando vio los siete hombres armados con caras de asesinos, y con automáticas y metralletas Uzis en la sala de la casa muy tranquilos bebiendo ron. <br />Saludando atemorizado, el pobre alemán, se sentó en medio de todos los hombres.<br />Así, únicamente en la compañía de Alfredo frente a estos hombres, sólo me quedaba preguntar:<br />-¿Qué quieren? <br />El jefe de los hombres armados respondió:<br />¡Dólares! <br />-¿Cuánto dinero quieren? <br />Y, con todo el cinismo del caso me pidieron una cifra extraordinaria. Cantidad que no tenía y la cual, si hubiera pedido la ayuda de mis padres, jamás hubiéramos podido reunirla.<br /><br />Después de otros tragos de ron y tratando de calmar la tensa situación, y mirándonos los unos a los otros con perpetua desconfianza, logré bajar la suma que ellos pedían a una modesta suma y que estaba de acuerdo a mis ingresos.<br /><br />Quedando en que yo al día siguiente les entregaría lo pedido.<br />El día martes Juan, el esposo de María, regresó con el líder del grupo armado a recoger el dinero.<br />Habiendo llegado dos horas antes del banco y cumpliéndoles con mi palabra entregué la suma indicada. <br /><br />El jefe del grupo poniendo la metralleta Uzi sobre la mesa y, con toda la parsimonia del caso, contó uno por uno los dólares y se fueron sin decir palabra.<br /><br />Absorto me quedé mirando a Catalina en silencio cuando los hombres se fueron. No pensé en nada mientras me acostaba en una de las hamacas multicolores. Acostado allí de inmediato me invadió una tristeza y depresión indescriptibles al recordar a María en el hospital contándome sus sueños para con su futuro bebé. <br /><br />Mientras tanto María, en el hospital, arreglaba las pocas y sencillas pertenencias en una pequeña maleta prestada a la carrera por la vecina a su mamá y que le había llevado el día anterior para meter sus cositas personales. <br />Muy resignada iba colocando las prendas una por una y en la misma forma que empacó meticulosamente las dos únicas muditas de ropa que tuvo en aquel entonces para pasar su feliz luna de miel. <br />Suspirando se decía: <br />-¡Ah tan cortica! ¡Sólo un fin de semana! <br />Y con nostalgia en la sonrisa recordó cómo fueron los días cuando, también por primera vez, conoció: <br />No el miedo ni un hombre, sino el mar Pacífico. <br />Y los recuerdos le trajeron a la memoria la música de la canción de: <br />“Bello puerto del mar, mi Buenaventura”.<br />-¡Ay mi Dios, ayúdame! <br />Decía mientras seguía inconscientemente acariciando su vientre y terminando de empacar sus escasas pertenencias.<br /><br />Su señora madre regresó al rato para recogerla y salir del hospital. <br />Y luego tomar un bus con dirección a la montaña. <br />A la carretera con dirección al mar. A su rancho alegre en la invasión; y donde estaba aquel lugar siempre rodeado y lleno de flores, con el bambú y las paredes blanqueadas a punta de cal iluminando a toda hora los pisos de tierra siempre limpios.<br /><br />Los días siguientes después de este accidente para mí fueron una pesadilla total. Poco a poco iban volviendo a su rutina normal los días cuando a las tres semanas y todavía con el trauma psicológico del accidente y de haber visto y conocido cómo fácilmente la vida se nos va de las manos y más aún, o peor, la vida de otra persona por algo tan simple como lo que me sucedió a mí con el automóvil; nuestros perros ladraron otra vez. <br />Y me di cuenta, inmediatamente, que eran los hombres armados. Abrí la puerta de mi casa y eran los mismos siete hombres y Juan que los acompañaba. <br /><br />Estaban allí otra vez para contarme que María había perdido el feto de su feliz embarazo a causa del accidente.<br />Me desplomé en el sofá al escuchar la noticia, me llevé las manos a la cabeza y les pregunté angustiado:<br />-¿Ahora qué quieren? <br />-¡Mátenme si quieren! <br />Escuché que le quitaron el seguro al arma asesina, y el hombre con voz envalentonada me grita:<br />-¡Queremos más dólares!<br />En esta ocasión querían la suma pedida la primera vez. <br /><br />No teniendo más alternativa que recurrir a mi viejo fui a su casa muy angustiado. Mi padre muy preocupado por lo sucedido y la desesperante situación fue al banco, hizo un préstamo y regresó con el dinero.<br /><br />Al día siguiente los hombres armados volvieron y en esta oportunidad sin decir palabra de sobra contaron alegremente los dólares. Y se fueron tranquilamente, sin prisa alguna y sin mirar atrás.<br /><br />Seis meses después del accidente, y siempre, tratando de no recordar lo trágicamente sucedido, continuaba con mi rutina habitual de dictar clases de nueve a doce y de tres a seis de la tarde en nuestra Escuela de Diseño Industrial de Moda, en la ciudad de Cali cuando, aproximadamente, a las diez de la noche...<br />Y mientras escuchábamos Carmina Burana, los perros volvieron a ladrar en forma desconocida.<br />-¡Dios mío, otra vez los hombres armados!<br />Me dije, mientras caminaba la larga distancia de la sala, con sus hamacas, a la entrada de la casa. <br />Decidido y sin arma alguna abrí la puerta. <br /><br />¡Qué gran sorpresa me llevé!<br /><br />Allí estaba una anciana cuyo aspecto me era conocido.<br />Con cabello blanco, nariz aguileña, ojos grises y mirada inquisidora.<br />A pesar de lo tarde de la noche y de su mirada, la cual me puso muy nervioso, amablemente la saludé y le pregunté:<br />-¿Señora, en qué puedo ayudarla?<br /><br />¡Muchísimo!, Señor Cato, contestó con voz segura.<br /><br />-¿Me permite entrar en su casa?, dijo muy pausada.<br />Al escuchar mi nombre me asusté.<br />-¿Cómo lo sabe?, me pregunté. <br />Por cortesía y respeto a su edad le contesté:<br />-Bien pueda, pase usted señora.<br /><br />-¿En qué le puedo servir? <br /><br />Le pregunté como habitualmente lo hago con toda la gente que conocía bien.<br /><br />Después de sentarse en la sala se ensimismó y poco a poco empezó a mirar bien y con atención todos los rincones de la casa llenos de flores y en forma especial las orquídeas y azucenas que colgaban del techo.<br />En forma muy digna y apenada fue jalando su sencilla falda y cubrió bien las esqueléticas rodillas de su ya extenuado cuerpo.<br /><br />Le ofrecí un café, los perros más tranquilos dejaron de ladrar. Después me excusé y fui a la cocina y cuando regresé con el café preparado Catalina, mi esposa, que ya había salido de la habitación al escuchar la algarabía de los perros, a esas horas no esperadas, estaba conversando respetuosamente con la anciana. <br /><br />Con curiosidad y mientras ponía el azúcar en su café le pregunté:<br />-Señora, ¿en qué podemos ayudarla?<br /><br />La anciana, ahora con orgullo y mirando fijamente, me respondió:<br />Quiero que conozca Señor Cato, que yo soy la mamá de María… La mujer que sufrió un accidente con usted.<br /><br />Vengo a decirle lo siguiente: <br />El dinero que esos hombres armados le robaron <br />¡Jamás tuvo mi consentimiento! <br />Yo nunca supe de ello, ni María tampoco. <br />Nosotras dos, ¡No somos así! <br />Las únicas mujeres de la casa, ¡No hubiéramos aceptado ese chantaje!<br />¡Porque un accidente es un accidente!<br />Y usted no tuvo la culpa de lo que pasó ese día.<br /><br />Esas son cosas que trae la vida y hay que tomarlas y aceptarlas así.<br /><br />La anciana respirando profundo tomó otro sorbo de café, despacio y con la mirada penetrante recorrió lentamente toda la casa, sus rincones y sus plantas epífitas, mientras yo intrigado la observaba.<br /><br />Finalmente suspirando y con una larga exclamación dijo:<br />¡Ah… Señor Cato!, para ese tipo de accidentes los ricos nunca pierden. Para eso tienen sus compañías de seguros.<br /><br />-Perdón señora, yo no soy un hombre rico, ni creo que algún día llegue a serlo, no me interesa.<br /><br />La señora de forma extraña empezó a decir unas frases incoherentes que me dejaron aterrado.<br /><br />-Y que midiosito santo no me castigue por maldecir. <br /><br />Yo nunca he querido ni he aceptado "la moral" de ese demonio Maldito llamado en estos tiempos modernos ¡El Dólar! <br /><br />Ese Dólar Maldito que tanto daño ha causado a Nuestros Pueblos con esa Cultura de Satanás. <br /><br />Dólar del Diablo, Dólar Maldito, Maldito Sea.<br /><br />Yo sólo venía a pedirle algo muy especial y sencillo a ustedes dos.<br /><br />Y no sé si usted pueda y quiera.<br /><br />Pero... como nosotros, ¡no tenemos una máquina de coser! <br /><br />Pensamos María y yo que usted, entre sus amigos ricos y conocidos, quizás me puedan ayudar a conseguir una maquinita de coser a un precio cómodo.<br />Señor Cato, y ¿por qué no?, y ¡mejor!<br />¡Que me la vendan para pagarla a placitos! ¡Así no le debo favores a nadie!<br />-Yo me quedé aterrado y estupefacto con lo escuchado y sugerido por la digna anciana de ojos grises. <br /><br />Mientras salía de la grave perturbación de revivir todo lo pasado en esa amarga y dolorosa experiencia del accidente y el terror que sentí cada segundo que estuve recogiendo a María en el lugar del accidente y luego en el hospital y después con los hombres armados listos para asesinarme respiré profundo dos veces, me fui al baño para orinar y después al regresar me serví un trago de whisky doble. <br /><br />Así, impávido, y todavía sin creer lo escuchado, le pregunté a la señora anciana -dígame señora, ¿María cómo está?<br /><br />Después de un contagioso y largo silencio, mientras la anciana se concentraba mirando todo a su alrededor, las niñas de sus ojos se le escapaban entusiasmadas, contentas y llenas de alegre vida otra vez y, tal vez, como en los años felices de su remota infancia en un pueblo de esos del oriente de la Antioquia grande. <br />La digna anciana con sus huesudas manos se arreglaba, de nuevo, el largo de la falda, para respondernos pausadamente y muy serena, dando fabulosos brincos entusiasmados en la expresión de sus ojos, ahora, de niña pura.<br /><br />-María está muy feliz. <br />-¡Es todo lo que les puedo decir!<br />Y se quedó de nuevo unos interminables segundos en silencio esta vez mirando al Tao, mi perro favorito. <br /><br />-¡Sí, Sí, María está ¡muy feliz! ¡Muy feliz!<br /><br />Sorpresivamente dijo: -Señor Cato y usted señora Catalina, me duele mucho lo que les tengo que contar, pero... Si supieran cómo recuerdo aquella noche...<br />Y la señora se quedó en silencio ensimismada otra vez y yo más sorprendido cada instante que pasaba con esta anciana extraña. Por lo mismo y sin pena alguna y al escuchar lo narrado, le pregunte:<br />-¿Cuál noche? Haber Señora por favor... cuéntenos.<br /><br />-Esa noche aquella, larga e inolvidable noche, en que mi querida hijita perdió su bebé.<br /><br />Era una noche bella de luna llena, y qué bien que la recuerdo. <br /><br />Era una noche muy extraña también, porque ese día las cigarras cantaron como locas y en todas las horas de la tarde.<br /><br />Ese día y como cosa extraña me sentía muy sola. La noche y los vientos de ese amanecer eran tibios y húmedos, normalmente son fríos y secos, también había bello trinar de pájaros y en la aurora la atmósfera olía a mango dulce y recuerdo muy bien, como si fuera hoy, cuando María me despertó.<br /><br />-¡Mamá, Mamá!, esas palabras y lamentos de un llamado de hija a la media noche y como si esas voces angustiadas y lamentos que parecían eternos en esos instantes fueran nacidos de esa misma oscuridad, y como la brisa que me acariciaba me causaron una angustia enorme y un pánico y miedo que nunca había sentido.<br /><br />La anciana para de hablar. Catalina y yo la mirábamos con el Alfredo, todos aterrados con el relato, ella miraba de vez en cuando las azucenas y orquídeas que cuelgan del techo de la sala.<br /><br />Hace una pausa, nos mira y luego continúa el relato.<br /><br />-Sí, a las tres de la mañana, más o menos, escuché:<br />¡Mamá! ¡mamá, por amor a Dios, por favor ayúdeme!<br /><br />Asustada corrí donde ella, llegué donde estaba, y la vi entre las sombras y en la penumbra de la noche con la tenue luz de la luna que entraba por la ventanita del cuarto.<br /><br />Allí la encontré tratando de levantarse de la cama y apretándose desesperada el vientre con las dos manos.<br /><br />Yo con mi experiencia de todos estos años vividos y con siete hijos muy bien paridos pensé...<br /><br />¡Ay! ¡Mi pobre hija va a perder el bebé! Y más corrí hacia ella.<br /><br />Después, apoyándose en mi brazo y con Juan sosteniéndola por el otro, logramos salir del rancho caminando a través del patio para llevarla a la letrina. Teníamos a la luna iluminándonos y quizás como único testigo. <br /><br />-Mi vida, mi amor, tranquila aguanta, ya todo pasará. Le decía yo cariñosamente. Cuando de un momento a otro...<br />¡Ay Dios mío! ¡Dios mío!, se le vino el fetico en medio de una gran hemorragia, ella, muy valiente, valiente y no sé cómo hizo, lo alcanzó a agarrar antes que cayera al piso.<br /><br />La anciana levantándose de la silla camina un poco y nos explica todo lo sucedido esa noche por medio de gestos con las manos y angustiosos cambios de expresiones en la cara.<br />-Ella, María, mi hija, mi primera hija, lo alcanzó a coger entre sus piernas con sus delicadas manos y segundos más tarde, llorando a gritos al infinito en medio del dolor que sentía me dijo con sus palabras entrecortadas y convertidas en la dulce brisa de aquella apacible noche:<br />-¡Mamita! ¡Mamita!, tráeme ya y rápido el trapito de satín blanco y la toallita tricolor que tengo en el nochero.<br /><br />Yo, una anciana ya... <br />¡Míreme! mírenme todos, Señor Cato y Señora Catalina, me llené de ¡dolor, sí de dolor, de dolor!, y llorando, llorando con un dolor de madre desconocido para mí hasta ese día y hasta ese entonces de todos mis largos días de esta amarga vida, y sintiendo el dolor infinito de mi hija, regresé corriendo rapidito con la luz de la luna al rancho. <br /><br />Adentro prendí la única vela que nos quedaba.<br /><br />Y sacando el trapito de satín blanco y la toallita y con ellos en mis manos, estas manos, que usted puede mirar bien, ya cansadas de dar ejemplo de trabajo a todo el mundo, regresé a la carrera otra vez, donde mi hija María estaba y llevaba también en la totuma un poco de agua fresca con azúcar.<br /><br />Al llegar me senté junto a ella y se recostó junto a mí, luego se lo di a beber con mis propias manos.<br /><br />Llorando desconsolada mi pobre hija tomó el trapito blanco y la toallita, luego despacito, muy despacito, envolvió con toda su ternura y amor infinito el fetico ensangrentado con ellos.<br /><br />Lo abrazó largos segundos junto a su pecho mientras lloraba desconsolada y miraba desafiante hacia la luna. <br /><br />-La señora nos clava la mirada de sus ojos grises, y me dice:<br />No sé, de dónde, Señor Cato, hoy en día todavía me pregunto:<br />¿De dónde?, y con esa hemorragia que tenía y que mostraba la sangre en la batola de dormir mi hija. <br /><br />Yo me pregunto a mis años de ¿dónde sacó la fuerza? ¿De dónde sacó esas fuerzas increíbles para caminar como una leona herida toda esa distancia, que hay desde el rancho… hasta el Jardín Comunitario? <br /><br />Allá en ese lugar apacible del Jardín Comunitario, con sus propias manos y las uñas llenas de sangre, cavó con una de ellas un hueco en la tierra de unos veinte centímetros de profundidad; mientras sostenía en la otra, su fetico ensangrentado envuelto en el trapito blanco y la toallita tricolor.<br /><br />Ella, mi hija, esa leona herida, con movimientos llenos de ternura y dolor sin límites, fue llevando lentamente el feto a su pecho por última vez en su vida.<br /><br />Allí, en su pecho, con los pezones bellos, crecidos y tristes; esperándolo inútilmente para siempre, y observándolo todo, como testigos mudos e impotentes de su dolor ante el mundo. Allá, en el Jardín Comunitario, ella, mi María, lo abrazó largos instantes con todas sus fuerzas, y luego dando un envolvente e interminable grito celestial a todo este mundo invadido por la Maldita Violencia lo empezó a depositar muy despacito, muy despacito en la muy negra y siempre fértil tierra de estas majestuosas montañas y valles de la cruel y triste Colombia, mientras gritaba enfurecida a la luna y al universo su desgracia y su dolor.<br /><br />Con el fetico ya puesto en la tierra lo empezó a tapar lentamente con sus manos mientras lo observaba y lo guardaba para siempre en su alma, mientras poco a poco la imagen desaparecía de este mundo por la tierra que ella iba poniendo encima.<br />De esta forma lo cubrió poco a poco con la negra noche y siempre grata tierra. Mientras seguía llorando desconsolada y mirando ahora como mujer y más desafiante que nunca, a su alrededor, a la luna y al triste mundo.<br /><br />Yo la dejé por unos minutos y cuando regresé con más agua con azúcar en la mismita totuma me decía en medio de imparables sollozos -que me hicieron pensar que mi María se me había vuelto loca-. <br /><br />-¡Mamá!, ¡Mamá! <br /><br />¡Ya veraz cuando crezca! <br /><br />¡Será un hombre bueno y siempre útil a la comunidad! <br /><br />¡Será un hombre que ayude a todo el mundo!, ¡sin egoísmos!<br /><br />¡Será un HOMBRE DE PAZ! <br /><br />Abrazándola muy duro, y con todas mis fuerzas y sin encontrar la ternura y el amor suficientes en este infeliz y desgraciado mundo para calmar su dolor logré sacar de la inmensa rabia, frustración y odio que sentía en esos instantes para escasamente también decirle en medio de mi llanto y llena de nuevo coraje:<br /><br />-¡Mija, mi vida!, tus lágrimas ya humedecieron para siempre la tierra que el Hombre Nuevo en Colombia, Argentina y Latinoamérica necesita para crecer.<br /><br />-¡Vamos, vida mía!, ¡vamos a dormir!<br /><br />-Te lo suplico, María ¡ven mi vida!<br /><br />No me respondía, era sólo sollozos.<br /><br />La levantamos, y a rastras la llevamos a través del patio hasta el rancho y la pusimos lentamente en la cama.<br /><br />Estando acostadas las dos y abrazándola con todas mis fuerzas volvió a tomar un poco más de agua con azúcar en la vieja totuma y en pocos segundos estando abrazadas y cogidas de la mano, mientras Juan nos observaba asustado, se quedó dormida. <br /><br />No puedo contar o describir qué sentía en esos momentos. <br /><br />Minutos más tarde, después de haberme acostado y en la soledad de mi cuartucho, pensaba en lo duro que es la vejez para las mujeres cuando estamos ya viejas, con artritis en las manos, muecas, llenas de arrugas y feas. <br />Y peor aún, cuando somos pobres y creemos que no hemos hecho nada de valor en este mundo. <br /><br />Cuando sobramos en todas partes, cuando estorbamos en todos los lugares y rincones que ni toser nos dejan o podemos. Y que sentimos que ya no somos útiles o nos hacen sentir inútiles para todo, que ya ancianas somos un fracaso al final de nuestras vidas, que ni para pagar un entierro de segunda y en cementerio de pobres tenemos. <br /><br />Por todo eso anterior, me entró un no sé qué. Un desespero, un acelere, una sensación extraña, una angustia desconocida y sin pensarlo dos veces me fui directo a la cocina del rancho. <br /><br />No me importaba la oscuridad de ese momento, nada me importaba, y allí con la poca luz que entraba por la ventanita del cuarto encontré por fin el cabito de la vela que aún nos quedaba.<br /><br />Estaba desesperada porque los cerillos se habían humedecido. Trataba y trataba de prender uno, ya llegando al final de la caja, ¡por fin un cerillo prendió!<br />Y luego con la luz del cabito de la vela me puse a buscar, a ver..., sí, a ver... si la suerte me acompañaba y -midiosito santo-, si al menos encontrara uno. <br />Después de algunos minutos de buscar entre todos los tarros ya vacíos por falta de granos, encontré uno. <br />Un frijolito.<br /><br />El único que nos quedaba. <br /><br />¡Bendito sea mi Dios! <br /><br />Cuidadosamente lo puse en mis cansadas manos y apretándolo duro para que no se me fuera a perder salí corriendo llena de entusiasmo al Jardín Comunitario.<br /><br />En el jardín miré a la luna e increpándola por lo sucedido a María, y llena de extraña amargura y sentimiento que no sé qué era, hice un hueco en la tierra.<br /><br />Creo que lo hice quizás con odio y no sé por qué, pero me sentí también llena de fe y de firme esperanza en el porvenir sembrando el frijolito en la mismita tierra, al lado donde María, ¡mi hija!, ¡mi vida!, mi leona herida enterró su fetico bien humedecido con el llanto.<br /><br />En la fértil tierra del Jardín Comunitario para que el frijolito creciera para siempre acompañado del dolor infinito que ella sintió esa noche.<br /><br />Señor Cato y Señora Catalina, sólo vine esta noche a decirles, que siento una emoción que no sentía desde hace ¡muchos y muchos años! <br /><br />María está en embarazo otra vez y hoy, seis meses después que sembré esa planta de fríjol en aquel jardín, ¡esa planta es gigantesca y divina!<br /><br />Todos los compañeros, vecinos, los ancianos, mujeres, hombres y todos los niños del Jardín Comunitario cogemos nuestros frijoles de ella.<br /><br />Y… lo más extraño… ¡parece un milagro! Y aunque muchos no lo crean por siglos, ¡es que esa planta! ¡siempre!, ¡siempre tiene frijoles! <br /><br /><br />¡Y siempre tendrá para todas aquellas familias que tengan hambre! <br /><br />Barcelona – España<br />Octubre 7 de 1998 <br />©Carlos Echeverry Ramírez (Colombia)<br /><br />Para Catico como siempre. HOY 20 0ctubre 2006.Palabras y Silencios...http://www.blogger.com/profile/13479569076997318252noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-36194545.post-1161521481699208212006-10-22T05:13:00.003-07:002006-10-22T05:51:21.713-07:00Juntos los dos---Carlos Echeverry Ramirez--ISBN 0-9683701-0-1Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO Y WIPO<br /><br />Para: Catico y la Pampa argentina con su mirada diafana y transparente...<br /><br />Juntos los dos <br /><br />-Jóvenes, usted señor Cato, les quiero comentar lo siguiente: <br /><br /><br /> “Hoy mi cansancio es mayor que en muchos años anteriores y muchísimo más que cuando estuve en la guerra”.<br /><br /> Anoche estando acostado tranquilo, quizás como siempre, después que mi esposa Charlotte se fue a acompañar a Martina y su fiel perro, a la caminata habitual, hora en que el can hace sus necesidades y Martina recoge en bolsa plástica la mierda, yo me quedé leyendo tranquilo, acompañado de un Cherry semiseco y las melodías del violonchelo de Pablo Casals. <br /><br />Cansado, por el duro trabajo del día anterior, dejé el libro sobre la mesa, fui a mi habitación y al entrar en ella puse el termostato en dieciocho grados, desnudo me metí debajo de las cobijas; allí en la comodidad de la cama y después de poner mi postiza dentadura en su medio adecuado y colocar mis anteojos encima de la pequeña mesa de noche, apagué la luz de la lámpara de leer y dormí sin problema.<br /><br />No sé cuantas horas habían pasado, cuando en el silencio y oscuridad de la noche, escuché ruidos muy extraños al exterior de la alcoba, exactamente en las escaleras; eran unas risas escandalosas y palabras desconocidas por mí. Yo, un hombre que habla el latín, me asusté y sorprendido me senté a esperar el fin de lo que escuchaba, sin tratar de hacer juicio alguno.<br /><br />Consciente estaba de que Charlotte, mi querida esposa no había llegado, ya que varias veces toqué el lado de la cama donde duerme y no la encontré, lo cual me causó mucha angustia; así, lentamente, los sonidos terminaron de subir las escaleras y finalmente entraron en la habitación...<br /><br />Observé, cauto y desconfiado, entrar una sombra amorfa, un bulto grande moviéndose con dificultad; con mis cansados ojos de anciano no podía tampoco distinguir qué era, sólo escuchaba las risotadas escandalosas, las palabras enredadas y un fuerte y marcado olor a alcohol.<br /><br />Nervioso, dudé de mis actos y pensamientos, creí momentáneamente que era una mujer de vida alegre y numerosos clientes que se había equivocado de casa y aposento; como pude, a tientas de ciego y en la negrura de la noche busqué mis gafas, para poder prender la pequeña lámpara. Después de hacerlo y para mi gran sorpresa encontré a ¡Charlotte!<br /><br />Sin creerlo ni aceptar, la encontré tirada al extremo de la cama, ¡Mon Dieu! ¡mi esposa! ¡¡La bióloga!!, la directora por treinta años del famoso coro de música sacra en la conocida iglesia luterana de Ginebra, la mujer maravillosa, ¡Quelle horror! , la madre de mis cuatro hijos estaba ahí, tirada al extremo de la cama, ¡¡completamente borracha!! hablando en un idioma incomprensible, riéndose y actuando, como nunca antes en nuestra apacible vida y después de cuarenta años de casados, a estas horas de nuestro matrimonio y en el cenit de nuestras vidas.<br /><br />Traté de encontrar la causa de este inusual estado en ella, después de tantos años compartidos, desde aquellos en los que yo iba o ella venía al pequeño jardín al frente de la facultad a esperar que terminaran nuestras labores académicas en la universidad. No supe que pensar.<br /><br /> Estimados señores y usted señor Cato, no sé que decirles o como expresar lo que sentí en ese momento.<br /><br />Recuerdo que tuve un inmenso vacío, una ahogadora tristeza, solté una irónica risa, un débil entusiasmo y una rabia pasajera, y también todo aquello que puede un hombre de mis conocimientos y jerarquía experimentar, en esos segundos al ver a su querida esposa en esas lamentables, terribles e inaceptables condiciones. <br /><br />Horrorizado de ver a mi Charlotte en esa situación, con voz angustiada, sintiendo una punzada fortísima en mi débil corazón y dolor en mi brazo izquierdo, le pregunté:<br /> <br />-Charlotte, mon amour, mon Dieu, ¿Qué te han hecho?<br /><br />Atónito y horrorizado, la observaba.<br /><br /> Ella poco a poco, organizó sus desvariados pensamientos en medio de risas desconocidas, con ternura abrasadora y en una voz jamás escuchada en todos nuestros largos años de nuestra feliz relación, me dijo:<br /> -”Freddy, mi amor, ¡mi tesoro!, ¿Recuerdas anoche cuando vino Martina con su perro a que la acompañara a caminar?... Muy bien, las dos nos fuimos conversando, mientras el can buscaba un lugar verde donde hacer sus necesidades. Conversábamos de muchas cosas, de ti, de Teodoro; charlábamos acerca de nuestros hijos, de sus alegrías y frustraciones, de las duras dificultades que enfrentan aún con todos sus títulos académicos para encontrar un trabajo estable y bien remunerado; dialogábamos de nuestras cosas de mujeres y que muchas veces o casi siempre son muy diferentes a las que los hombres hablan entre ellos; analizábamos también con impaciencia lo poco que podemos hacer o que se nos permite por ustedes para mejorar el mundo; tristemente comprendíamos lo mínimo que es aceptado y con escasa alegría recibido por los hombres para hacer más solidario el bien común. <br /><br />Caminando las dos solas, apartábamos con nuestros bastones las hojas caídas, que anuncian el fin del verano, acompañadas mentalmente, por aquello que hemos creado, es decir nuestros hijos. Martina iba muy preocupada y yo, meditabunda, llevaba en mí algo que no te he dicho en los últimos años: sentía una creciente ansiedad de ver lo trágico que sucede en el mundo fuera de nuestros vecinos, en otros países y regiones. Llevaba tristeza y frustración, de ver lo poco que puedo hacer para cambiar lo que escucho en todos los lugares que tú, como hombre, no frecuentas, no escuchas, no entiendes, no quieres aceptar ni escuchar y que quizás jamás comprenderás.<br /> <br />Martina y yo sorpresivamente, escuchamos a lo lejos, en el Parque de la Esperanza, unos rumores de tambores como africanos, unas guitarras, unas trompetas, flautas, lutes de Persia, bandoneones, maracas de Sur América, acordeones, trompetas, tiples, guitarrones y unos violines gitanos de Hungría y Rumania. Nosotras, como bien tú sabes, somos curiosas y dueñas de una intuición, que ustedes no tienen; ansiosas apresuramos el paso y fuimos a ver qué era esa música tan bella, esas melodías con una sensualidad envolvente que ahora escuchábamos en el mismo parque al cual íbamos tú y yo, cuando éramos jóvenes y nos sentábamos a conversar del futuro, de nuestros sueños e ilusiones. ¿Recuerdas mi amor, mi tesoro?<br /> <br /> ¡Freddy, escúchame! ¡Escúchame_!<br /> <br />Al llegar al parque, Freddy, mi amor, encontramos unas mujeres y hombres extranjeros de pelo azabache con ropas llenas de colores, con todos sus niños ca