lunes, diciembre 18, 2006

ASESíNOS...ASESINOS...ASESINOS... COLOMBIA...


El último Viaje

ISBN:0-9683701-0-1

Autor:

Carlos Echeverry Ramírez(1955Colombia-Canada)

Miembro de la Unión de Escritores de Canada
Ginebra, Nov. 18, 1996


Recordado Cato,

Recibimos tu postal. Nos llenó de risa y alegría, nos trajiste recuerdos maravillosos del día llamado ya, Fiesta de los Inocentes.

Esperamos que estés bien de salud, que tu dolor en la espalda, causado por el golpe con el fusil en la estación del tren, haya desaparecido sin rencor alguno contra el hombre que lo causó.

Te escribo primero que todo para desearte una próxima ¡Feliz Navidad! en unión de tu esposa; también queremos mi esposa y yo que la ilusión de vuestro primer hijo se haga pronto una realidad.

Nosotros tres estamos bien, ya terminó mi trabajo en la prisión, pero continúo trabajando en mi tesis; mi esposa tiene un trabajo de medio tiempo, ella enseña francés a los pocos exiliados políticos que acepta este país.

Nuestro hijo, Daniel, hasta el presente no presenta problemas de ninguna índole en su desarrollo, esto nos llena de alegría y tranquilidad.

Te escribo porque considero un deber moral comunicarte los hechos que recientemente conmocionaron a la sociedad Suiza y que a mí, en lo particular, me perturbaron.

Hace unas semanas solamente, fue encontrado al lado de un contenedor donde se deposita la basura de los edificios, el cadáver de un hombre.

Este muerto, como todos los anteriores cristianos, que van a la vida eterna, era un caso más, un hecho normal y esperado en la rutina de esta ciudad, hasta el momento en que entró en el fúnebre anfiteatro municipal. Su cara y cuerpo, huellas dactilares y palma del pie, mostraron identificación exacta a la de los archivos municipales. El Doctor Fontanelle, director del anfiteatro y del equipo médico, que hace las autopsias dijo en rueda de prensa, el nombre y apellido de este cadáver: Ives Du bois.

Para la gran sorpresa de todos, este muerto tenía en su cara, una expresión extremadamente ingenua que reflejaba una profunda paz. Su rostro y últimos rictus mortales no decían mayor cosa de sus finales momentos.

Los estudiantes de la universidad, incluyéndome a mi, para la práctica de la materia forense de antropología, y antes de practicar la autopsia correspondiente, veíamos este cuerpo ya dormido en la paz eterna con una curiosidad creciente al notar que tenía la particularidad de no parecer muerto, sino un cristiano arrepentido en estado cataléptico. Después de larga búsqueda, encontramos un espejo pequeño y lo colocamos milimétricamente sobre sus amplias fosas nasales para estar seguros de que no respiraba.
Al mismo tiempo y, un poco más tranquilos, los otros galenos presentes y estudiantes en práctica, después de discutir y especular sobre la extraña apariencia del acostado cubierto con un sudario blanco, llegaron a la simpática conclusión de que este muerto parecía mas bien que estuviera haciendo una larga siesta, aquel dichoso sueño que ustedes los latinoamericanos hacen en las hamacas por varias y largas horas, después del mediodía.

Lo más desconcertante de este suceso que alteró totalmente y en forma dramática la paz de esta pequeña ciudad de Ginebra fue, los comentarios de la frescura de su cuerpo; llegamos a pensar todos los presentes, junto con el inspector J. Genet, que este cristiano no quería ser molestado o despertado de su siesta eterna.

Estando nosotros en la sala presenciando todo esto como testigos oculares de la autopsia, veíamos cómo el bisturí se deslizaba, por el pecho y abdomen, para sacar sus vísceras. Luego, vimos sacar cuidadosamente el estómago; intrigados los seres en este recinto, observamos cómo estaba lleno a reventar de un líquido oscuro.
Al abrir con el bisturí para sacar este elemento y hacer un examen químico, salió inmediatamente el delicioso aroma del Café de Colombia, que envolvió el amplio anfiteatro, oficinas, casa vecinas y los barrios contiguos, causando con su agradable aroma un placentero bienestar en los ciudadanos.

Muy raro. Algo sorprendente.

Yo, que por rutina estoy acostumbrado a estas cosas, es la primera vez que presenciaba este extraño fenómeno. Minutos después del examen en el laboratorio, supimos que este hombre, ahora cadáver, se había envenenado con el elemento químico para exterminar las ratas, aquél que venden en cualquier lujoso supermercado o en la tienda más humilde de cualquier rincón de la tierra; y que para camuflar su sabor, lo había mezclado con un litro y medio del aromático y exquisito Café de la Colombie.

Para tu sorpresa Cato; este cadáver, con una inverosímil cara de inocente, fue el hombre bruto y salvaje que en la estación del tren, en acto de odio y racismo irracional, descargó el fusil en tus espaldas, delante de centenares de personas y niños presenciando este penoso e inaceptable hecho.

Las autoridades y sus gentes, tomaron esta muerte como un doloroso suicidio. La ciudad entró en profunda tristeza al conocer este episodio dramático y volvieron los latentes recuerdos sobre lo que pasó en la estación y el tribunal.

Al entierro, fuera de su esposa y su pequeño hijo de siete años, sólo asistieron sus padres, y, por fuerza mayor, algunos militares y unos pocos funcionarios del gobierno.

Las gentes conmovidas, poco a poco volvieron a sus rutinas habituales; los fríos vientos de otoño anunciaban que estaba cerca la llegada del esperado Papá Noel con sus barbas blancas.

No había pasado muchos días cuando, otra vez, en el apartamento de un pequeño edificio y ante un miedo total en la vecindad, por la visita suicida de la muerte en nuestra pequeña y apacible comunidad, las autoridades desconcertadas encontraron el cadáver de una mujer que se acababa de suicidar.

Cato, esto nos parecía imposible de aceptar. ¿Qué destino fatal de suicidios venía a nosotros?

Ese día, las mujeres de Suiza, las mujeres europeas, las asiáticas y las norteamericanas, utilizando los medios del Internet para comunicarse, tomaron este suicidio de una abnegada, y joven mujer, como un símbolo, como un hecho de protesta contra la violencia irracional que existe en el mundo en todas sus formas. Repudiaron a través de internet, la historia del hombre, del macho, del fuerte; cuestionando en lo que finalmente se convirtió el hombre moderno, un irracional ser que sólo vive con el único objetivo en su vida de conseguir el dinero, no importándole qué tipo de acción o trabajo mezquino ejecute para lograrlo.

Cato, excusa mi larga carta, pero debo escribirte y contarte todo. Es muy importante que conozcas la verdad, después de esa vergonzante situación que sufriste en mi país.

Esa joven mujer de Ginebra que se suicidó y mujer habitante de todo el universo; dicen sus vecinos que la conocieron, estaba desolada, frustrada y cansada de vivir la vida al sufrir el continuo e infame maltrato físico y emocional de su esposo; y que, en las últimas semanas, según sus vecinos, había perdido la razón hasta enloquecer al darse cuenta que su hijo, una criatura inocente del mundo y que en su cuerpo con todo el amor engendró y a quien durante nueve meses con su sangre formó y durante muchos meses con su pecho alimentó; el Ser que en los últimos años se había convertido en su única razón de vivir, era el hijo de un monstruo; era el hijo de un verdadero ...


ASESINO, ASESINO, ASESINO, ASESINO...

Dicen que eran las últimas palabras de la mujer que se suicidó, cuando perdida y con su dolor a cuestas caminaba en las noches oscuras llevando de la mano desconsolada a su pequeño hijo por las calles de Ginebra.

Cato, esa mujer era la esposa del hombre que te golpeó con su fusil en la estación del tren; cuando arrodillado con tus manos en alto pedías clemencia.

ASESINO, ASESINO, ASESINO, ASESINO...

Eran sus últimas palabras. Fue todo lo que los habitantes de Ginebra y sus vecinos la escuchaban decir, cuando en llanto y la sola compañía de su hijo único, tomó la determinación de envenenarse igual que su esposo.

ASESINO, ASESINO, ASESINO, ASESINO, que mata sin piedad a sus congéneres, con crueldad y sevicia no conocida en fiera alguna; que los asesina lentamente y con premeditación, diseñando en reuniones secretas donde sólo entran los hombres, algunas veces con uniformes y otras en trajes de civil, sistemas políticos y económicos que no permiten a los otros hombres de paz y mujeres y niños inocentes, desarrollarse integralmente como seres humanos, siendo condenados a vivir perpetuamente en la maldita miseria y en una cruel esclavitud salvaje sin, jamás, poder aspirar a llevar una vida digna de un verdadero ser humano.

ASESINO, ASESINO, ASESINO, ASESINO...

Eran sus últimas palabras cuando caminaba llorando, perdida con su pequeño niño; ASESINO que sin compasión alguna mata inmisericorde a los otros hombres, mujeres y niños con sus fusiles y bombas y con sus nuevas armas químicas y experimentales con virus, bacterias y microbios, que han desparramado, sin consideración y misericordia, en las nuevas guerras ya conocidas por nosotros en Oriente medio, Irak, toda África e incluso en algunos países de Latinoamérica y Colombia.

Ser cansado, Mujer agobiada por el maltrato irracional y sometimiento cruel ejercido por su hombre, que no era así cuando amorosamente le entregó su vida.

Mujer extenuada que miraba con angustia y sin voz, cómo a su hombre, siguiendo las órdenes e instrucciones de sus jefes, hombres cegados por la ambición y el poder, lo convirtieron en una bestia irracional y en el ser más cruel y despiadado.

Esa Mujer murió; se suicidó, apenada ante Dios y la humanidad.

Cato, espero y quiero que entiendas y analices punto por punto mi carta.

Tengo hoy que aceptar y reconocer que tenías toda la razón, cuando en nuestros diálogos en la celda, cuando estuviste preso en Ginebra, me reclamaste fuertemente al yo decir que; -afortunados ustedes en Latinoamérica que tenían hombres corajudos que agarraban las armas para cambiar el sistema-.

Con sinceridad te pido disculpas.

Estaba muy equivocado. Todos estos últimos acontecimientos me hicieron reflexionar y concluir que el único camino para vivir en paz y armonía es:

Entregar el control de la política y los gobiernos a la Mujer.

Tu lo dijiste! -Y te creí loco.

Cato, hoy veo la necesidad urgente y radical de que la mujer tome ya, e imperativamente, el control directo sobre los arsenales de guerra y los elementos químicos como el Uranio y Plutonio; con que se construyen las bombas atómicas y con los cuales el hombre bruto, en la dirección que va, terminará por completo todo vestigio de vida en el triste planeta llamado Tierra.

Es hora, que tú, yo, nosotros y todos, pensemos y analicemos la muerte de la mujer que ha levantado y formado una toma de conciencia en el mundo.
Ella lo dijo, lo expresó con su muerte: El hombre, el macho bruto, como lo defines tu, va a destruir completamente la vida en nuestra bella tierra.

Tú, yo, nosotros, ¡todos! Seamos conscientes de que se necesita un cambio radical; que la mujer debe tomar el control de todos los elementos que el hombre Bestia sólo utiliza para destruir y acabar con la vida de otros hombres, mujeres, niños y pueblos inocentes, con la única y estúpida razón de acumular más dinero y oro.

¡Qué avaricia! ¡Dios Mío!, ayúdanos!, es algo incomprensible, imposible de aceptar a estas alturas de la civilización.
Cato tu comprendes lo anterior mejor que yo, porque me abriste el camino para pensar en ello.

Por último, te contaré lo que más me tiene conmovido y aún no encuentro una explicación:

Al entrar en un café encontré, por casualidad del destino, a una pareja de ancianos. Eran abuelos y estaban acompañados de un niño muy lindo de ojos azules. Al mirarlo, lo noté un poco ausente e hiperactivo; saludé respetuosamente a los ancianos y busqué en el lugar, una mesa para mi esposa y yo.

Al sentarnos contentos, pedimos dos capuchinos con brandy, poco después, volví a la mesa de los ancianos y el niño; ellos eran viejos conocidos del barrio y de mis padres. Era una pareja sin tacha alguna en su pasado de ciudadanos; estaban tristes y el niño feliz comía su helado en la copa; los saludé y me puse a conversar unos minutos con ellos. Llevaba varios días sin verlos, comentábamos, sobre los nuevos grupos de hombres y mujeres organizándose para detener la violencia armada en el mundo, Latinoamérica y en especial en Colombia, Si en Colombia, Mexico y Argentina.

Al ver a tan lindo infante recordé al mío, dirigí la mirada y palabra al niño y le pregunté si había ido de camping, me respondió animadamente y muy contento, luego me contó alegre todo su viaje organizado por la escuela en los tres días que estuvieron en la montaña practicando este deporte. Esto me lo narraba mientras comía el delicioso helado; sin saber porqué, le pregunté: ¿qué quieres hacer el próximo verano? y el niño en silencio se levantó de la mesa, me miró y empezó a saltar en un pie y en el otro, como si estuviera saltando de cuadro en cuadro en un avión imaginario o jugando Rayuela, en el pequeño espacio que quedaba entre las mesas y ante la mirada llena de expectativa de la gente sorprendida que lo reconocían igual que a sus abuelos y padres. Volví, y, le pregunté mientras brincaba: ¿Qué quieres hacer el próximo verano?
Dejó de brincar, paró, me miró e ingenuamente se metió, muy despacio y sin dudar, las dos manitas en los bolsillos del pantalón buscando algo conocido en ellos; al no encontrar nada, miró a través de la ventana del café, a lo lejos, y se quedó unos segundos así, mirando muy ensimismado, buscando el Sol, ya muy lejano en esta época del año.

Muy despacio, me miró y luego, observó en forma detenida a la gente del café. De pronto, de sus bolsillos sacó las dos pequeñas manitas, las miró con atención, lentamente, las colocó frente a su pecho y las empezó a juntar por las yemas de sus deditos; yo pensé en mi silencio y por un instante que iba a decir una plegaria.

El niño, mirando sus manos, como si en ellas guardara y protegiera con ternura infinita un colibrí herido, se quedó otra vez unos largos instantes en esa posición, luego, repentinamente las tiró hacia mí, las abrió despacio con un gesto conmovedor, y me soltó unas palabras que salieron con máxima alegría, del centro de su corazón: ¡¡Quiero conocer los chigüiros y la tierra de la banderita tricolor, del amarillo, azul y rojo!!

Yo, sin comprender estos gestos simbólicos, conmovido, igual que todos en el café, sólo pude agacharme y, tomando sus tiernas manos entre las mías, le dije todo emocionado: Yo te ayudaré. ¡Sí, yo te ayudare!, El próximo verano, te prometo que conocerás los “chigüiros” y la tierra de la banderita tricolor. Si te ayudaré!.

Cato, me despedí y salí muy conmovido, tomé a mi esposa de la mano y fuimos a casa. Allí, en el café quedó Federico, el pobre niño huérfano de esa pareja Suiza que se suicidó hace unas semanas.

En estos días, terminando mi tesis del doctorado en Antropología, me pregunto con imaginación, qué quiso decir el niño Federico con sus gestos o ¿dónde?, ¿cómo?, ¿cuándo? y ¿de quién? fue que escuchó hablar de los “chigüiros” y de esa tierra con banderita tricolor del amarillo, azul y rojo que yo le prometí ayudarle a conocer el próximo verano.
Cato, todos mis abrazos y toda mi alegría en unión de mi esposa e hijo.

Pierre Charbonell.
Toronto
Diciembre 28 del1996 "Dia de los inocentes"
para Catico y la MUJER de la mirada: con un Mundo lleno de Ternura y Amor....
Carlos Echeverry Ramírez
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