jueves, julio 27, 2017

Estamos de fiesta con los precios..


Un abrazo fuerte a todos mis amigos y extraordinarias lectores en Hispanoamerica.
Les quiero informar que todos mis libros estarán en version digital, con un precio super solidario a partir de mañana viernes 28 de julio hasta el día miercles 3 de agosto en Amazon-Kindle.

 Su precio solidario para todas será de $1.00 dólar USA.  Lo pueden comprar con su tarjeta débito, la Visa, la Master card, y la american Express y leer muy felices en el Ipod, la tableta, smartphone, el movil, y la computadora.

Este detalle es un agradecimiento a todos aquellos que han comprado las versiones impresas en Amazon.

Un abrazo fuerte a todoas y todos mis queridos amigos y familia en la Argentina y nos vemos pronto a las orillas del Paraná en Entrerios.







Todos estos cuatro libros estarán en versión digital desde mañana viernes 28 de julio del 2017 hasta el día miercoles 3 de agosto por el precio de $1.00 dólar para le beneficio de todos mis lectores y amigas en hispanoamerica.
Carlos Echeverry Ramírez
Cadiz,  Julio 27 del 2017

jueves, julio 20, 2017

Crónicas de New York-- 2017





©2009-2017 Carlos  Echeverry  Ramírez (Colombia)
Reservados todos los derechos de Autor y la Propiedad intelectual ante CIPO y WIPO, para todos los países del  mundo.
Charrúa Editores y Catonet Comunicaciones Grupo
fitofeliz@hotmail.com            
A ellas dos, como cada día y a la orilla del río…
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Crónicas de New York
Al regresar de Argentina, a finales del mes de mayo del año 2008 empezaron a suceder hechos que eran desconocidos para todos los residentes en el edificio donde vivo.
Primero fueron los llantos desgarradores  y con frecuencia,  no determinada,  de una mujer al amanecer.
Llantos imparables qué en estos momentos pienso ¿si yo era el único que los escuchaba en él edificio? o si los otros vecinos también.
Ese llanto me aterraba. Y no me dejaba dormir.  Y cuando lograba conciliar el sueño del llanto de la desesperada mujer en las noches, en otros días y horas diferentes del amanecer; eran otros los llantos de una bebé. Y llantos estos  qué  me hacían sentir la fragilidad del ser humano y de la soledad de las personas o de la impotencia ante ciertas circunstancias y en las cuales vivimos todos.
Lo peor para mí en esas noches y amaneceres y lo más angustiante de todo, era la imposibilidad de poder ubicar, de donde venían, o provenían los llantos de esa Mujer y esa Bebé,  para poder ir y tratar de calmar ese dolor o ese sufrimiento de las dos.
Así continuaron los meses y los llantos se fueron distanciando en la medida del tiempo.
Sin embargo…  una noche cerca de las 23 horas  escuché en la puerta de mi vecino del frente unos golpes muy violentos que me hicieron pensar que la noche traía algo inesperado y no conocido en el edificio donde vivo. ¿Carajo qué está pasando? recuerdo que me pregunté asustado.
Y sin nervios  caminé hasta la entrada de mi apartamento,  abrí la puerta y encontré una mujer cercana a los cuarenta años.
Extremadamente bella, alta y cabello negro tirando a rojizo, muy delgada, ---quizás demasiado-- con unos ojos azules y una característica ya conocida y muy definida en ellos. Y en ese tipo de mirada, que conocí en otro ser humano y en años  ya muy lejanos de mi vida…
Es decir una mirada fría sin expresión alguna en ella.
Al abrir mi puerta y encontrarla en el corredor frente a la puerta del vecino desconocido, la miré cauto sorprendiéndome con  la  belleza de esta Mujer y su  extraña mirada.
Ella me observó en ese instante unos breves segundos con mirada inexpresiva…ojos vidriosos. Nos miramos a los ojos los suficiente para reconocernos el uno al otro.
No cruce palabra con ella. La miré toda, y me entré de nuevo a mi apartamento.
La extraña mujer suspendió los fuertes golpes a la puerta con sus pies…
Ya dentro de mi apartamento y después de los hechos narrados, puse la música del “todas las mañanas del mundo” del film de Cirano de Bergerac (Gerard Depardue) traté de dormir –no pude-- y al cabo de unas dos horas y sorprendido de la violencia de esta chica hacia la puerta, medité unos momentos sobre su acto irracional y decidí volver a mirar al exterior de mi apartamento y la puerta del vecino para saber ¿Qué había pasado con la mujer, en la puerta del vecino y que solo vi unas dos veces en mi vida?.---ya que solo unos meses antes se había cambiado a este lugar--. Mi susto y sorpresa fue sin límites al encontrar en el piso del corredor a la Mujer durmiendo allí,  y usando como almohada su pequeño morral y sus pertenencias a pesar de las bajas temperaturas de la noche.
No supe que hacer. Sin conocerla y habiendo escuchado la violencia sobre la puerta del apartamento del vecino y para evitar problemas volví a entrar en mi lugar.
Recuerdo que me fue imposible de dormir esa noche pensando en la mujer durmiendo en ese piso frio y sin una manta ni nada. Mientras la noche pasaba me preguntaba esa noche si el chico ¿ no estaba? o ¿qué problema existiría entre ellos para que no abriera la puerta a esa chica? y otra cantidad de cosas vinieron a mí mente en esos momentos y en esas me pasé toda la noche.
A la mañana siguiente cuando salí para la biblioteca de la universidad a una conferencia que tenía que dictar sobre algunos temas de la violencia contra la Mujer en Colombia y Latinoamerica de mi primer libro titulado “el último viaje”, La mujer ya no estaba acostada en el helado piso y  frio corredor del edificio. Caminando con dirección al metro me hice varias preguntas. ¿Qué habrá pasado con ella? ¿Entró al apartamento? ¿Se fue? ¿Se perdonarían sus errores de meses pasados? Y así en esas preguntas que me hacía, me fui a la conferencia.
Los meses fueron pasando y la vida siguió con sus rutinas habituales y era siempre la misma historia cada dos o tres semanas…
Los llantos de la mujer al anochecer y los llantos del bebé al amanecer. Y las respectivas visitas de la bella mujer de ojos azules, extremadamente delgada con patadas y puños a la puerta para entrar en el apartamento del vecino desconocido…
Nunca más volví a mirar o abrir la puerta para observar la mujer bella y violenta…pero una mañana hace unos días y como cosa no extraña, me llegó de la Argentina un regalo, --un sobre muy grande-- por el correo.
Lo reconocí de inmediato y me reí recordando momentos felices y recordé todo lo vivido en tiempos pasados y felices en la tierra de Gardel ….allá en el  litoral santafesino y con la inolvidable última noche en Buenos Aires.
Cerré la casilla del correo y subí al apartamento y observando detenidamente el regalo tan inesperado y lindo. Alguien tocó la puerta. Precisamente ese día en que me llegó el regalo  de la Argentina.
Abrí la puerta del apartamento y era la ¡Policía!.
Muy amables y profesionales  en Canadá. Salude al agente y escuché su pregunta.
¿Escuchó algo raro anoche en el corredor? Aquí donde su vecino al frente. Preguntó.
Mientras me señalaba la puerta diagonal a la mía…
Yo le respondí : Si anoche al llegar a las 23 horas aproximadamente estaba una mujer durmiendo a veces sentada o acostada en el piso,  frente a la puerta de ese apartamento y como era ya habitual algunas noches los últimos meses por parte de ella..
Esa era una mujer muy bella que siempre que venía agarraba la puerta a patadas y golpes y luego a veces entraba y otras veces no y dormía en el corredor.
Nunca cruce palabra alguna con ella desde mi regreso hace unos meses de Argentina le dije al oficial de la policía.. Fue todo lo que hablé.
 ¿No escucho nada raro? Si cerca de las dos de la mañana escuche a lo lejos que una pareja discutía en forma muy agresiva pero no puedo ubicar de que apartamento eran los gritos ni la discusión o sobre que discutían..
¿Por qué? ¿Que pasó? Pregunté asustado.
La mujer amaneció muerta hoy en la mañana dentro del apartamento de su vecino..
Fue la respuesta del agente. Me quedé frío …
Puse el regalo  que me había llegado esa misma mañana de la Argentina y me puse a pensar en la fragilidad de todo.
Al pasar los días se conocieron las causas de su muerte por los médicos forenses.
La mujer había muerto por: Sobredosis de Heroína...
Y como cosa extraña en el corredor esa mañana del levantamiento del cadáver quedó al exterior una silla. Y hoy me pregunto ¿si en ella se sentaba a tomar café esa bella mujer? Si se sentó en ella a reír, escribir, a pensar, y si:  ¿Ella también escuchó las muchas veces el llanto de aquella mujer y de esa Bebé que yo también escuché tantas noches en meses pasados?
En Toronto febrero 10 del 2009
©2009-2017 Carlos  Echeverry  Ramírez (Colombia)
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jueves, julio 06, 2017

La Concha de Oro. La novela de la erotica del Poder..En venta hoy


 #LaConchadeOro  enlace directo para la compra de la Novela en Amazon.es

Queridos amigos, familia y lectores en la Argentina y otros lugares de Hispanoamerica. Hoy  les doy un abrazo fuerte lleno de alegria y solidaridad a todas y todos.
Les entrego un fragmento de la Concha de oro.
Espero les guste y lo compartan con sus amigos y familia.

Un abrazo fuerte a todos.

Carlos Echeverry Ramirez


©Carlos  Echeverry  Ramírez - Colombia
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Fragmento 2 de la Concha de Oro
_ ¿“A ver, cuéntame. Qué ha sido  de tu vida?” Ella se sonrojó un poco y le miró fijamente. Luego se miró de arriba abajo el cuerpo que para su edad no estaba mal. Todavía conservaba la misma voluptuosidad y sensualidad de aquel entonces a pesar de algunos kilos de más.  Tranquilamente respondió: _“Soy feliz. Tengo dos hijos maravillosos. Trabajo como profesora en un colegio de bachillerato y en mis ratos libres colaboro en la biblioteca pública de mi ciudad. Cuando puedo viajo a la India para hacer un retiro espiritual durante seis semanas”. _ Y tu marido? Le espetó directamente. “A mi ex marido, querrás decir, no le conoces. No fue de nuestra época.  Es un ingeniero brillante que trabaja para la Siemens en Múnich. Nos  conocimos en Viena en un fin de semana loco y me enamoré. Al poco tiempo dimos el paso y nos casamos, pero como todo en la vida tiene un principio y un final… aquí estoy. Sola pero feliz”.
Nuevamente le interrumpió: _ ¿“Qué hombre es capaz de perder a una mujer como tú? No lo entiendo. Eso ya me demuestra que no es tan brillante como lo pintas…Quieres hablar de ello?”. _ “Ay mi querido Darío, las apariencias nos engañan más de una vez en la vida. La percepción que tenemos de las cosas muchas veces está condicionada por nuestra educación, las experiencias pasadas y el estado de ánimo. Y lo peor de todo es que nadie nos enseña a afrontar los duros golpes que recibimos.  Para nosotras las mujeres, la identidad de género a veces pesa sobre los hombros por el simple hecho de vivir la experiencia de ser madres y crear  vida.  Ustedes los hombres nunca podrán entender  los motivos por los que tomamos determinadas decisiones o actuamos de cierta manera. Willy  es un hombre muy brillante a pesar de todo, eso no lo dudes. Muy estructurado y bastante psicorígido en muchos aspectos, pero una gran persona. No olvides que es el padre de mis hijos”. _“¿Pero entonces qué pasó?”. _¿“De verdad quieres que te cuente? No hemos venido para hablar de mi vida sino para compartir con nuestros compañeros…” _“No importa, habrá tiempo para todos, tú no te preocupes, cuéntame”
_“Te va a sorprender mucho la historia pues ha sido un trance muy duro. Afortunadamente ya todo está superado, pero resumiendo bastante te diré que después del nacimiento de nuestro segundo niño las cosas empezaron a cambiar. Con el paso del tiempo y el deterioro normal de la convivencia y las fricciones familiares, nos fuimos alejando el uno del otro y nos convertimos en dos extraños. Cada uno se volcó en sus obligaciones y escasamente compartíamos momentos íntimos.
Un día nuestro hijo mayor me dijo que últimamente notaba a su padre muy nervioso. Que en las tardes cuando regresaba de sus clases de equitación lo veía caminar de un lado para otro frente al espejo de pie que había en nuestra habitación. En un principio no le di importancia al comentario hasta que me percaté que poco a poco  faltaba ropa interior de mi armario. Semanas después, noté que el elástico de mis tangas había cedido bastante, cosa que me extrañó pues llevaba mucho tiempo sin usarlas… Así, poco a poco empecé a observar detalladamente lo que sucedía a mi entorno. Fatídico día el que tuve un esguince de tobillo y me tuvieron que trasladar a casa en ambulancia. Cuando el enfermero que empujaba mi silla de ruedas abrió la puerta nos encontramos de frente a mi ex marido ataviado con mi ropa interior, una peluca morena y maquillado los ojos bailando en el salón de la casa. ¿Te imaginas la cara que se nos quedó ante semejante espectáculo? El enfermero y yo no salíamos de nuestro asombro, mi ex marido se quedó estupefacto mirándonos y ninguno de los tres atinábamos a pronunciar palabra alguna. El mundo se me vino encima. Cerré los ojos y a gritos tuve que pedirle a Willy que le bajara el volumen a la música que estaba altísimo. De repente entran mis padres con los niños, suena el teléfono y en segundos siento que mi vida es un caos y se desmorona. Meto mi cara entre mis manos y le pido al enfermero que se marche…
Continua…©Carlos Echeverry Ramírez--Colombia
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lunes, mayo 22, 2017

Crónicas y anticrónicas de barcelona 2017






Crónicas y anticrónicas de Barcelona
ISBN: 978-0-9683701-2-4
©Carlos  Echeverry  Ramírez  --  Colombia
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Fragmento 1
A ellas dos, a la orilla del rio.
 CJD  y  Martina
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Cuentan que a la mañana siguiente Isabelina se levantó para hacer agua de panela, cocinar unos plátanos y freír el pescado, como era su costumbre. Se encomendó a Dios por su vida, besó con fervor el escapulario y la medallita de san Benito que le había regalado el cura Óscar.  Prendió el fogón en la parte trasera de su rancho. Atizaba los maderos y avivaba la llama tarareando una melodía, y entre bostezos miraba también entretenida el río, como todos los días. Entonces creyó por un instante que estaba alucinando al ver un extraño brillo en el río, a unos cincuenta metros de distancia, dentro de las anchas y apacibles aguas. ‘Muy extraño’, pensó alejándose del fogón. Más rara se sintió cuando vio que eso que brillaba como un espejo parecía llamarla desde el playón. Caminó nerviosa hacia la orilla del río, sacó de entre sus caídos y arrugados senos un escapulario con la imagen de José Gregorio Hernández, la virgen de Guadalupe y la medallita de oro con la cara de Simón Bolívar, y los besó otra vez sintiéndose invencible en su fe, deseando que las serpientes se alejaran de su camino y no estuvieran por esos lados, porque con la crecida del río y la luna llena de la noche anterior era el momento indicado para que anduvieran por el lugar. Llegando asustada a la orilla del río y dándose la bendición otra vez para mirar mejor lo que la extrañaba, solo atinó a exclamar: -‘¡Dios mío!, ¿qué es eso?’-. Luego avanzó un poco más a un pequeño alto en la orilla para poder apreciar con mayor claridad lo que había visto desconcertada desde su rancho y en el corto trayecto recorrido. Se puso como pudo las  gafas con un solo vidrio de su difunto marido, y logró distinguir en la distancia a un hombre muy dormido en paz eterna, entre el brillo de las mansas aguas y las blancas piedras del río, muy quieto, allá en las titilantes arenas del playón.
“Sorprendidos nos quedamos cuando fuimos a rescatar el cadáver al playón del río. El cuerpo estaba en una posición extraña, como si él mismo se hubiera recostado lentamente y acomodado sobre  un montículo de arena. Este cadáver estaba bien vestido, recién bañado y afeitado. Mientras fumábamos y amarrábamos la lancha, observamos que el difunto apretaba en su mano izquierda una antigua cruz de plata que llevaba inscrita la palabra “Toht”. El semblante del hombre reflejaba mucha paz. Su expresión daba a entender que había muerto tranquilo. Mostraba una sonrisa santificada y plena que lo hacía parecer un iluminado, un escogido entre todos los hombres de esta tierra. Todos creíamos con certeza en ese instante que quizás estaba predestinado a reencarnarse en pocos días en un ser especial, en un ángel. Parecía un Cristo negro.”
 “Todavía un poco espantados y sin saber muy bien qué hacer ante aquel cuerpo, encendimos otro cigarrillo. Nunca habíamos visto la muerte de esa manera. También discutimos  los del grupo de rescate y coincidimos, que aquel iluminado parecía estar despidiéndose muy feliz, despidiéndose de la ingratitud, la violencia y la avaricia de tantos hombres blancos en toda la historia del universo.
En horas de la tarde, ya muy cansados y con hambre, llegamos al muelle de Guapi. Nos sorprendió ver la  romería de personas que nos esperaban, nunca se había reunido tanta gente para ver un muerto en el pueblo. Aunque éste era muy diferente. No entendimos el porqué de tanta espera si horas antes en el caserío nadie sabía de su llegada. A su entierro fueron muchos que no lo conocieron en vida. Asistieron todos sus familiares y amigos, hasta los perros de los otros caseríos también estuvieron y aullaron a la luna llena dos noches seguidas. En el río, los peces brincaban fuera del agua como nunca antes. Lo más extraño era que todo el mundo quería estar cerca del difunto, conocerlo o tocar su cuerpo para así sacar de él, y también guardar en ellos, un poco de la paz y del sosiego que aquel cristo negro trasmitía a toda la gente de Guapi.”
“El entierro fue el más grande que se hubiera visto en la vida del pueblo. No hubo fiesta, como ocurre en los funerales de los negros. Cuando un niño negro nace todo el mundo llora, pues viene a sufrir injusticias en la tierra. Cuando muere, todos cantan todo es alegría porque por fin dejó el mundo del hombre blanco. En el entierro de este hombre hubo silencio durante tres días. Era Semana Santa cuando arribamos con los restos. Se escucharon en eco las plegarias y el repique interminable de los tambores elevados al cielo. Al domingo siguiente del entierro aún lo lloraban quienes lo conocieron; los que no, preguntaban a cada instante quién era ese hombre.”
Continua…
©2004-2017     Carlos  Echeverry  Ramírez  --  Colombia
Reservados todos los derechos de Autor y propiedad  intelectual ante CIPO y WIPO para todos los países del mundo.

jueves, mayo 04, 2017

Facebook censura la Concha de Oro y prohibe su promoción...




                                                                      


La Concha de Oro
Fragmento 1

©2008-2017 Carlos Echeverry Ramírez---Colombia
Reservados todos los Derechos de Autor ante CIPO y WIPO

Para ellas dos, a la orilla del rio…

Desde antes de nacer, ya estaba predestinada a ser una desgraciada en este mundo.
En mi ciudad natal, un pueblo grande a orillas del Paraná en el litoral Argentino, se celebraba la boda del año. Era el día más importante para mis padres, familiares y sus amigos que se encontraban presenciando un hecho histórico en la iglesia catedral. Pero antes de ser un acontecimiento de alegría y festejo, se convirtió en un terrorífico recuerdo que se quedó grabado en la memoria colectiva de todos los que allí estaban presentes.
Las  comadres desocupadas y chismosas del pueblo todavía hoy, cuarenta años después,   recuerdan segundo a segundo cómo sucedió todo aquello. Siguen a cada momento del  día creando y recreando rumores y especulando las razones por las cuales pasó lo que tenía que pasar.
Mi abuela Herta, la madre de mi padre, llegó a la iglesia enfurecida y con el diablo dentro. Para sorpresa y asombro de todos los presentes, rastrillaba por el suelo  los machetes que llevaba en cada mano sacando chispas que iluminaban sus pasos acelerados. Entre murmullos, blasfemias y chirridos, caminaba desde la puerta principal de la iglesia hasta el atrio profiriendo insultos y amenazas si se llevaba a cabo el enlace matrimonial entre mi padre y mi madre. 
Todos corrían aterrorizados y despavoridos al ver pasar a mi abuela por su lado. Ella iba llena de celos porque mi madre se casaba con su  único hijo varón entre dos mujeres que tuvo en vida la desdichada. Estaba hecha un manojo de nervios y, con los ojos inyectados de sangre por la ira que la consumía, amenazó al obispo, al cura y al sacristán que ayudaban en la ceremonia. 
La iglesia catedral quedó vacía en unos instantes que parecieron eternos.  Solo quedaron mi padre, Evaristo, su mejor amigo de infancia y padrino de boda,  y mi abuela Herta. Todos los invitados y curiosos  habían salido  corriendo  mientras llegaba la policía para llevarse a mi abuela presa. Días después fue ingresada en el manicomio municipal y al cabo de los años, excomulgada por la iglesia local obedeciendo las órdenes del Santo Papa y el Vaticano.
Estos hechos fueron el escándalo del año. Sin embargo, el amor entre mis padres pudo más que los celos de mi abuela y estos terminaron casándose en la más absoluta intimidad un día cualquiera a las seis y treinta de la mañana ante el párroco del pueblo vecino, donde Evaristo y su mujer Sacristana actuaron de padrinos. Después desayunaron juntos y brindaron con tazas de café por la felicidad y el amor eterno. A los pocos meses mi padre embaraza a mi madre y fruto de ese amor nació la mujer que hoy les narra estos hechos. Quiero que conozcan una historia cargada de contradicciones que ha marcado el devenir de mi incierto destino. No dejo de pensar que esa impronta del pasado caló profundamente en la familia y que la desgracia recayó sobre mí desde el momento en que mi abuela maldijo el enlace.

De todos los hombres que he conocido hasta hoy, en mi madurez, ninguno  me ha hecho feliz. De todos me he ido desilusionado al comienzo o al final, pero mis relaciones nunca han sido estables y mucho menos duraderas. Ni el dinero ni el estatus socio-económico, ni mucho menos la sexualidad o el erotismo han logrado atarme. Mis relaciones, puedo decir,  han sido un grandísimo fracaso y hoy me tienen al borde de no saber qué hacer o esperar de la vida. Pienso y repienso cada paso que doy. Me angustia mi futuro. Me horroriza la vejez cuando me pregunto  por qué a mis cuarenta y cinco años aún no tengo  en quién confiar a parte de un par de amigas que sienten más envidia que admiración por mí.
Debo comentarles que soy rubia, alta, (175 cmt) voluptuosa y sensual, culta e inteligente. Los hombres me miran, admiran y persiguen  donde quiera que vaya.
Desde los más jóvenes hasta los más viejos han sentido un magnetismo hacia mi presencia y para ninguno he pasado desapercibida. Es más, ninguno me había dicho NO hasta que conocí ese maldito  hombre que cambio  mi vida.  Yo, creyendo que me las sabía todas cuando le dije en broma dos o tres veces: “a mi ningún hombre me ha rechazado” él se quedaba callado  y apenas sonreía. La última vez que le dije esa frase y que sonrió le pregunté:
-Darío: ¿Por qué te ríes siempre que digo esto?
 Él me contestó lleno de ternura: -“¿Ningún hombre te ha  dicho que no en la vida? Amor, espera con calma que muy pronto te va a llegar ese hombre”.- Y se quedó en silencio una vez más. Cambiamos de tema y nunca más volvimos  a hablar de esas palabras y su significado.   
Hoy, recordando la relación con Darío, pienso que lo más extraño en ella era la coincidencia de edades entre mi padre y él.  Me llevaba  la misma edad que mi padre llevaba a mi madre y, en la forma de ser, se parecían mucho: callados, observadores, racionales, de una aproximación científica al analizar los hechos cotidianos y de una ternura y una alegría sin límites que me descontrolaba.  Eran tan parecidos…
Nos conocimos por internet a través de los chats de contactos. Ese día me encontraba muy aburrida y, justo cuando iba a cerrar el chat, entró un chico aparentemente divertido que vivía en Norteamérica. Allí, en ese país donde existe el dinero pero no la solidaridad ni la risa.
Como especialista que soy en el estudio del hombre, quedé fascinada con su espontaneidad y coherencia de discurso. Me gustó escucharlo y sobre todo me gustó la forma en cómo me hacía reír con las historias que contaba.
Poco a poco, lo que empezó siendo un entretenimiento de un rato en un día y una noche, se convirtió en un ritual cotidiano cuando terminaba mis labores en el centro de investigación donde trabajaba. Lo mejor de todo era que estaba descubriendo que me gustaba cada día más charlar con él y verlo a través de la cámara con esa naturalidad que le caracterizaba; dueño de una seguridad en él mismo que nunca había encontrado en otro hombre.
Así, sin darme  cuenta me  fui involucrando en su vida y fui perdiendo el control de mi parte emocional. Me dejé llevar por su mundo, sus ilusiones, sus sueños y grandes proyectos de vida. Pero al mismo tiempo y con mucho sigilo para que él no lo descubriese, seguía manteniendo conversaciones y diálogos con otros hombres a través del chat. Intentaba descubrir qué era lo que yo realmente quería pues todos los hombres me ofrecían prácticamente lo mismo. Es decir,  un proyecto de vida para formar una familia.  Pero yo, viniendo de una familia un tanto particular y sobre todo disfuncional, no me animaba tampoco por las dolorosas experiencias vividas.
Al año de esas conversaciones por internet  con mi querido Darío, un día  me dijo: -“Quiero  conocerte personalmente, quiero que esto sea una realidad. Que algún día conozcas mi familia, mi ambiente y mi mundo. Quiero compartir muchas cosas contigo”.
Eso me tomo por sorpresa y no podía creerle, pero  me lo dijo tan seguro de sí  que me dejé llevar por la curiosidad y un par de semanas después me mandó los tiquetes de avión y me tiré a la aventura con los únicos veinte dólares que tenía en la cartera.
Creí en ese hombre porque en aquel momento, y todavía hoy, tenía la certeza que no me fallaría nunca. Estaba segura que me esperaría en el aeropuerto…



Recordando los dramáticos hechos acontecidos en la iglesia catedral  por mi abuela Herta el día del matrimonio de mis padres, debo comentar que mi abuela fue una mujer muy difícil, amargada y conflictiva. Decía ser de origen alemán, aunque yo a veces lo pongo en duda, porque muchos rusos emigraron tras la segunda guerra mundial estableciéndose en diferentes  zonas de Sur América para no ser identificados de comunistas o ateos.
Herta nunca habló de su pasado, y mucho menos de su  infancia.  Era una mujer hermética, extremadamente católica, estricta y celosa de su vida personal y familiar. Según se supo, había nacido en la Alsacia. Parece que desde niña siempre mostró mucho recelo hacia lo diferente. Rechazaba a los indios y negros  y a todo aquel que no fuera de ojos azules y rubios como ella.

Mi abuelo paterno Dieter, el esposo de mi loca abuela Herta, había nacido en Francia en la región de Bretaña. Era corpulento y bien parecido de enormes ojos color marrón, tan expresivos que reflejaban la bondad de su carácter.  Venía de una familia de campesinos afortunados que tenían grandes tierras en la Bretaña y se dedicaban a la crianza de animales vacunos y la producción de leche y quesos. Cuando terminó la guerra,  viendo la desolación y sintiendo el terror de sus devastadores efectos, decidió emigrar a la Argentina con su título de ingeniero agrónomo y unos cuantos francos que tenía ahorrados por aquel entonces. Se estableció en el litoral del Paraná y alcanzó a comprar  unos terrenos para trabajarlos duramente. Cerca de ahí vivía ella, mi abuela,  y un día de tantos que trae la vida, se conocieron y meses más tarde terminaron casándose.

Mi madre era hija de una india Mapuche –que vivía  entre los límites de Chile y Argentina- y de un italiano de la región de Friuly al norte de Italia,  que llegó también después de la segunda guerra mundial con muy pocas mudas de ropa.  Una mano  delante y otra atrás y deseos de emprender una nueva vida. Tocaba el violín magistralmente desde niño y tenía estudios terciarios de música.  Su conocimiento musical  le facilitó una rápida integración en la nueva comunidad y pueblo de mi abuela. Trabajaba duro dando  clases en el conservatorio de la ciudad y clases particulares a los hijos de los ricos, comerciantes y empresarios. Así  logró formar parte de las principales orquestas de cámara y de la sinfónica del litoral, y de cuando en cuando, daba algún que otro concierto.

Mis abuelos Inés y Pietro, se conocieron cuando mi abuela apenas contaba con dieciocho  años de edad. Ella acudía por primera vez a un concierto de música clásica y los nervios la delataban. Por casualidad, se cruzó por los pasillos del teatro con mi abuelo y tropezaron. Las partituras cayeron lenta y desordenadamente  al suelo. Mi abuelo, que sostenía su preciado violín no dejaba de mirar perplejo la exuberancia y belleza de esa mujer indígena mientras recogía con parsimonia y franca sonrisa todos sus portafolios revueltos.
Entre conciertos de música y bambalinas, él era el  primer violín que acompañado de su voz  aterciopelada de tenor, llenaba armoniosamente los espacios de las salas  donde se presentaban los conciertos. A partir de ese primer encuentro, mi abuela no faltó un solo día a las siguientes actuaciones de mi abuelo. Fue un amor a primera vista. Pocos meses después de las amables caminatas por la costanera de la Setúbal hasta el final de los puentes, por fin juntos  los dos, decidieron casarse y construir  la casa donde siempre vivieron.

En esa casa  nació mi madre a quien mi abuelo siempre llamaba con ternura y amor infinito “Mi Princesa Mapuche”. Ella siempre se lo creyó y creció sintiéndose  una  verdadera princesa orgullosa como nadie de sus orígenes indígenas y de ilimitada belleza exótica, mezcla de Mapuche e italiano. Mis abuelos se preocuparon al máximo de su educación y lograron hacer de ella una de las primeras mujeres mapuches que saliera graduada de la universidad del litoral como bióloga. Lo mismo fue con mi querido tío Constantino reconocido médico en el país.

La historia de cómo se conocieron mi padre y mi madre,  fue en uno de esos calurosos veranos del pueblo mientras mi abuelo Pietro tocaba el violín. Todos se  encontraban en casa y cada uno en sus aposentos. Mi abuelo estaba en el salón principal dando musicalidad al silencio, y mi madre se encontraba en la habitación bordando. De cuando en cuando levantaba la vista para observar por la ventana el vuelo sostenido de un colibrí. Absorta en sus pensamientos y con el deleite musical de fondo, notó  sorpresivamente la presencia de alguien en la vereda que se asomó a la misma ventana  para escuchar las melodías que salían desde la casa.   Extrañada y un poco turbada por el atrevimiento del desconocido,  corrió a asomarse, no sin antes pensar que podría tratarse de un ladrón. Así y todo, insistió en querer averiguar qué quería aquel hombre. Apoyada en el quicio de su ventana y haciendo un esfuerzo para apartar la enredadera que cubría parte del enrejado, advirtió a un hombre aproximadamente veinte años mayor que ella. De buena presencia, facciones finas, no muy alto con  pelo y ojos negros. Amplia sonrisa y dentadura perfecta que con melodiosa voz  y acento casi extranjero le dijo:
_“Señorita, perdone la intromisión y si en algún momento la he asustado, pero no pude resistirme a escuchar la música que sale desde su ventana, podría usted decirme quién toca  esa maravillosa pieza de  Paganini?”
Ella como siempre desconfiada le respondió -  ¿Y usted cómo sabe que esa música es de Paganini?
Él, esbozando una tímida sonrisa respondió  – “Es que me encanta. Yo también toco esa melodía desde niño”.  Y aprovechando la ocasión se dirigió nuevamente a ella y le espetó:
 _“Señorita, con el máximo respeto que usted y los suyos merecen, me gustaría preguntarle si cabe la posibilidad de pasar a su casa para escuchar con deleite tan preciada obra. Es la primera vez que la escucho tan bien interpretada en muchos años.”
Aquel hombre, ahora más extraño y enigmático que nunca, empezó a interesarle por reconocer al compositor de la melodía que tocaba su padre. Se puso nerviosa, pero sorprendida respondió:
_”Espere un momento, por favor”.
Salió caminando de prisa sin mirar atrás, cruzó la puerta  y se dirigió hacia la izquierda. Ya en el salón frente a su padre, interrumpe diciendo: “Papá; fuera en la vereda, sobre la avenida, hay un hombre preguntando  a través de la ventana si puede entrar a  escucharte tocar el violín”.
El abuelo Pietro preguntó: _¿Pero quién es?  ¿Qué desea? Aléjate de la ventana, ya voy yo.

Al entrar mi padre se disculpó por la interrupción tan abrupta e inesperada.  Se presentó muy discretamente haciendo una reverencia y entregando sombrero, paraguas y gabán a la mucama; _“Sebastián Ducreut es mi nombre, señor”. Se sentó con calma y seriamente se dispuso a conversar con mi abuelo acerca de la música. Le felicitó y al mismo tiempo le comentó que él también tocaba el violín. Mi abuelo, fascinado con el caballero que impertinentemente supo romper su momento mágico de ensayo, y deleitarle con la conversación decidió  ofrecerle amablemente el violín, su bien más preciado, para que le demostrara su capacidad. Cuenta mi madre que mi padre se levantó de un salto del sillón y que con sumo respeto rechazó la oferta que le hacía mi abuelo.
_“Señor, no puedo aceptar su invitación. No me creo merecedor de tanta confianza. Un violín es sagrado para un verdadero violinista. Nadie puede tocarlo”. Al parecer, mi abuelo siguió insistiendo y mi padre se vio casi obligado a darle gusto. Cuidadosamente lo fue poniendo a tono afinando cada cuerda. Le pasó la cera al arco y empezó a tocar unas melodías de Bach.
Mi abuelo Pietro, fascinado, miraba extrañado al hombre que  tocaba el violín mejor que él. Segundos más tarde, cuando terminó  de interpretar las sonatas mi abuelo se levantó y le dio la mano. Inmediatamente se dirigió a mi madre y le ordenó ofrecerle un café con tortitas al invitado. Ese día charlaron por horas y horas. Al final se quedó a cenar con ellos  y así fue como aquel hombre entró en casa de mis abuelos maternos y se quedó para siempre. Habitó todos sus espacios y conquistó el amor de mi madre.

.. Desde ese día mi madre, la princesa mapuche, no tuvo más ojos,  aliento y vida que para ese hombre que, meses más tarde, sería mi padre Sebastián.  Pareciera como si hubieran estado  predestinados a estar juntos para siempre. Nunca más se separaron. Todo era alegría y amor, algarabía y disfrute. No tuvieron problemas. Todo se trataba de común acuerdo entre ellos. Mi madre tomaba la iniciativa de las cosas, hablaba y proponía que debía hacerse. Él solo escuchaba y al final, decidía o insinuaba que era lo más adecuado en el momento y de acuerdo a la circunstancia.
Él tenía una visión micro y macro de las cosas, de los hechos y de la vida. Ella lo escuchaba con atención, respeto y admiración porque  muy pocas veces se equivocaba. A ninguno de los dos le importó la diferencia de edad.
Mi abuelo pensaba y deseaba de corazón, que el hombre que se casara con “su princesa mapuche” tenía que ser un hombre muy sabio que lo hubiera vivido todo y que la tratara no como una princesa  sino como a una reina. Afortunadamente así vivió mi madre siempre hasta el día de la temprana desaparición de mi padre. A partir de ahí, nuestra vida se volvió un caos. En casa ya no había un orden establecido y las normas se flexibilizaron demasiado. Mi madre se volcó en su trabajo  de bióloga para disimular la tristeza y todo cambió.

Después de la  muerte de mi padre a mis catorce años, todavía hoy, no he dejado de sufrir una soledad y un vacío inmenso que no tengo cómo describir. Pasé la adolescencia en pequeños grupos de amigos y logré entrar a la universidad.
En la soledad del mundo académico  empecé a  conocer la realidad de la vida y a darme cuenta  como son las cosas en este desgraciado mundo aceptando que solo viene a sufrir desde que murió mi padre.
De departamento en departamento, de cama en cama, de hotel en hotel  con diferentes hombres que no han hecho sino mentirme y engañarme. De desengaño en desengaño he ido descubriendo que todos ellos sólo han sido proyecciones y sombras de unos sueños inalcanzables. Hombres que no sabían y nunca sabrán para donde van ni que es lo que quieren con sus vidas y menos con las de los otros.
……

Ahora mirando con retrospectiva, no me explico cómo he logrado sobreponerme a todos estos años. Al entrar en la Universidad del Litoral creía ingenuamente, que mi vida sería más fácil, que todo cambiaría.  Que lograría entablar amistades con mis compañeros y profesores, y que poco a poco se iría mitigando esa sensación de soledad y tristeza  que invadía mí día a día. Pero lo único que encontré por aquel entonces, fue adulación  y admiración por parte de los hombres.  Un respaldo ficticio que me hacía sentir la mujer más deseada por unos pero al mismo tiempo más odiada por  otras. Mi figura de mujer sensual, de cuerpo casi perfecto y con una mente privilegiada, era lo que unos y otras deseaban de alguna manera.
Notaba el malestar que producía mi presencia entre mis compañeras cuando me acercaba por los pasillos en dirección al aula. Sus murmullos, codazos y miradas denotaban la envidia que les producía verme caminar con aparente seguridad. Ya dentro del aula las cosas eran diferentes. Los hombres se giraban y me daban un vistazo de arriba abajo, me sonreían y solícitos saludaban preguntando dónde me quería sentar aquella mañana, si en las filas de delante, el centro o atrás. Ellas, mantenían el tipo para no delatarse delante de los compañeros y procuraban ser un poco agradables. Entre nosotras sabíamos que yo podía ser una amenaza.  Fue así  como aprendí a derrochar simpatía para ganarme el cariño y la amistad de los chicos.  Empecé a tomar consciencia que mi belleza iba a ser un obstáculo para mi desarrollo personal  pero no quería renunciar a lo que estaba descubriendo: la Erótica del Poder.  Sí, ese poder que lo consigue todo, que no se amedrenta ante nada y que una vez lo utilizas ya no hay vuelta atrás. Mi cuerpo se convirtió en un  templo de placer y dolor. Placer para quienes profanaban en las grietas de mis heridas, y dolor para mí que sollozaba en silencio cada vez que pactaba con el diablo.
Continua…
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